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Engranajes

Textos y fotografía: Wilfredo Carrizales

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Engranajes

Mis dientes entre tus dientes, rechinando, crujiendo, disfrutando con gran gusto del chirrido que produce nuestro frotamiento. Las ruedas engranan y a falta de grasa el deseo ayuda en la rotación. El movimiento de las dentaduras descubre el límpido sabor que apremia y azuza. Acoplamos los filos cortantes y de las encías corre un aliento embutido en la sangre. Los piñones se arman para que en los vientres se entrecrucen los jirones de los espasmos.

De dientes adentro la molienda se nutre con la saliva y las mucosidades. De dientes afuera una áspera oscuridad anhela una cremallera. Diente contra diente mastican el embrujo, muerden la viva carne de los labios. En el interior de los alvéolos una herrumbre trata de escapar de la morosidad y castañetea hasta que la ronca maquinaria se colma de infidelidad. Las últimas dentelladas quiebran la limosidad del vacío en su silencio.

 

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En el prolegómeno las piezas engranan al margen de la apariencia de la falacia de las ranuras. Las muelas marcan con incisiva constancia el derrotero de las lenguas. Sólo sentimos el aceramiento de la fricción que anticipa la rojez en los susurros. Se alinean los dientes en el feroz límite donde se debaten las ansias del vampirismo. La suciedad se colma ceñida al arrebato de la función decidua.

Tenaces hendiduras para los mordiscos. Círculos que truecan frialdades en calenturas. Más acá de lo visible se intuyen unas prolongaciones, unos rozamientos que levantan ronchas para una improbable eternidad. En el fondo, nada repugna más que la separación de los dientes para dedicarlos a mordisquear los recuerdos. Como intermediaria del frenesí la dentadura logró un fulgor que puso a vibrar el conjunto de las piezas en su trabajo de persistencia.

 

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Y, siempre, en el exacto lugar, se agrupan los elementos que se relacionan para obtener la mayor coherencia. Se coordinan e infieren el sentido de los sonidos de la boca cuando los dientes se devoran entre carrasqueos. Los trajines descorren las laxitudes y labran aposentos cálidos para los besos y los choques de las mandíbulas. Sin duda se profanan las orillas de las fundiciones. Un reguero de escorias se cierra al aire que intenta volverlo inaudito e inaprensible.

Existimos con las chispas de incesantes días y el sol hunde sus presagios en nuestras grietas. Ni qué comentar acerca de los merodeadores o curiosos que planean apropiarse de la carga de excitaciones y resuellos. Nunca a tientas el empuje del batir de la mugre entreteje el piso con concesiones que se tumban para trepidar. Como si rebasaran las expectativas las mordeduras dejan marcas en los púrpuras sobre sus andamiajes.

 

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Se desengranan las ansias, los abrasamientos. El reflejo de los aceros trae a la memoria el desenvolvimiento errante de la anatomía. A través de las penetraciones se consigue atraer el retroceso de la fuga. Decimos que no cualquier resplandor es asunto de mecánica de fauna o mutilación en el ámbito corporal de los sentidos. Las junturas en embestida incendian las pupilas en las tardes que se vuelven avaras.

No hay alucinaciones que valgan ni extrañezas frente a las chispas que roen. Todo se envuelve en el estallido de los dientes y en la desmesura de sus reclamos. Que nadie hable de persistencia en la invisibilidad. La carne se hace tangible por medio de los rompientes de la ortodoncia y la comunión de la salivación se planta en las copas que los labios ajustan.

La rotunda lucidez de los engranajes se incrusta en la armazón donde la más extraña geometría adquiere enajenación y extravío. Dentelladas para el prolongado reposo.