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Falomaquia

Textos e ilustraciones: Wilfredo Carrizales

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Falomaquia

La batalla está planteada desde temprano. Las gladiadoras brotan del interior del estanque sin pelos y de inmediato los falos van a su encuentro. Ellos se acoplan en los orificios y enrojecen. Los recintos se ensalivan, se humedecen y evidencian los prematuros espasmos. La alegría se pregona con gritos y una legión de orgasmos delata que no hay marañas ni sombras. La felación no es perversa ni tampoco inocente. Está afiliada al fulgor del hechizo de los glandes que deslizan sus adminículos de fuego y consumación. El recurso del éxtasis se prolonga hasta la fusión con la ritualidad y el alcanzable punto de la ebullición salaz.

Se contagia la ceremonia por la agonía fálica y el combate se aviene entre iguales, pero nunca será monomaquia. Los besos, las manos y las caricias aumentan para cercar y tratar de derrotar a las virilidades enhiestas. Mas los falos se enfundan y con sus brasas de ardentía se internan en las cabelleras y de allí surgen invadidos por un ansia sofocante. Sin tregua devanan las posibles dudas y empapan a las vulvas de una niebla soberana que porta semillas de visiones envidiables.

Aparentemente los falos se baten en retirada, empero su corriente los impulsa de nuevo hacia arriba y palpitan con bríos exigiendo otra lucha donde ellos proyectan invadirlo todo. Se deslizan y se sacuden; se retraen y tiemblan. Paralizan por instantes a los agujeros que fermentan con sus pertenencias de gatas que palpitan en los purpurados arrebatos. Desde todas las direcciones acosan a los cipotes y les reclaman domesticidad y maneras de lámpara. La urdimbre los atrapa y les exige las dádivas o los viáticos para transportarse lejos. Los falos, astutos y sigilosos, fingen dormir exhaustos y luego se escurren y terminan por metamorfosearse en un único cuerpo lujurioso de múltiples prolongaciones.

 

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Falomaquia

Hace ya mucho tiempo que el ojo vulvar espera. Sus cilios convocan a los falos en pugna y anticipan los borbotones de fluidos que mojarán el mapa de rojos implacables. En un recinto inferior una lengua trueca su aliento por la adherencia a las papilas gustativas. Se endurece y brilla en la antesala de la contienda. (Unos testigos redondos y peludos se ciñen a la fragua y de un jirón aprietan el candelero para su propio sustento).

Y de pronto un desliz y unas manos se elevan tratando de impedir el ascenso de los falos hacia su sicalíptica alegoría. Ellos se convierten en tizones que han hurgado ya en los pozos de la quemante primavera. La sangre estalla en medio de la ranura que atisba con pupila de deseos que deliran. No hay obcecación posible, sólo un impulso por demás natural para extraer la lumbre de su sitial de caldos.

Los carajos no conocen nada parecido a los insomnios. Ellos tocan sus trompetas a cualquier hora y descifran las desnudeces que yerran de cama en cama o de abrazo en abrazo. La euforia deviene así en la lid más enajenada en los chorros que empegostan. El sexo eclosionado posee un día que se viste de brujo y no mendiga. Ninguna batalla es inútil para los falos y tremolan largamente dentro de las campanas de carne hasta que los badajos logran repiques en la alquimia que prueba su lujuria.

Jamás comprueban los falos si son mártires o verdugos. Su travesía de jolgorios y algazaras desemboca en una arena donde la pugnacidad se resuelve en la fusión de las luciérnagas con los excitados venablos. En campaña permanente los cipotes buscan las derrotas de los trozos de grimorio en los clítoris embravecidos.

 

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Falomaquia

Fiesta de colores exacerbados para la mutua transfusión de lo que rezuma con brío. El carajo mayor sonríe con su gran nariz y es su estratagema para medir las armas. Un seno se contrae y se expande ante el embate de dos glandes y se sostiene en el aire con la ingravidez del paroxismo. Se esponja y extrae de inmediato los jugos de los serafines diluviantes.

Otro falo arroja el guante y desciende con prontitud hasta la espiral erótica de un caracol que lo desafía. Se engrescan en la brega y el cipote sobrevive al estrujamiento. La sangre derramada tritura los alaridos y de allí se evidencia un prodigio en la frontera de la picardía sexual.

(Una pierna femenina se aleja de puntillas y no rompe el fragor del deleite. Su esforzada intimidad deja un rastro de esencias labiadas y hacia adelante el equilibrio le contrae las aberturas de la piel).

Los carajos festejan las victorias y los bálanos levantan la leyenda en su honor. La humedad se refugia en la corriente de un sapo que atestigua la metamorfosis de la lubricidad. En el espesor profano el anfibio chupa una pija que le reverdece la faz. La herramienta se convulsiona y luego se transparenta para que la lengua baje a los cojones y circuncide el olor infernal del encanto.

El botín de la guerra librada vuela con alas de mariposa en medio del vaho vulvar que emana del vértigo final donde se trizan los tejidos de los responsos enamorados.

 

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Falomaquia

Duelo provocado en un muelle. Al cuerpo desnudo y tendido lo ganó la menstruación. La poesía también tuvo acceso a la bermeja efusión y logró sin lucha el remedio por aislamiento de las gotas. Nada arrebató las carencias y un suspiro de vampiro en cierne alteró la eucaristía del oráculo sangriento en su dicha.

Un falo agonal decidió de improviso su destino trasverso. Cual gárgola diminuta hizo manar el flujo del almagre del mes y en su boquete se encendió el arcano de las melodías de otrora. No hubo escaramuza pues el silencio sobrevino y fue chispa que se derramó a expensas de un respingo varonil en la impensada visión de la tarde aplanada.

El carajo se confiesa y ordena sus mandamientos. Como es ciego usa gafas oscuras y no gira en redondo para evitar las zancadillas. Pero se arroja de bruces en la claridad vulvar y se despeña hasta el laberinto más profundo para que lo vean los ojos ulteriores.

Del semen atestiguado se pringan los canales en sus errancias. Se inventa un alfabeto que libere los deseos y en el largo palmo de la tiesa verga se borra el desarraigo de la bujía y su tormenta.

La tregua sigue a la colisión y a la intemperie una buena lanza se frota contra la velluda raja y le reclama su falta de tentación. El insaciable demonio hornea de nuevo su aparato y el jaleo desguarnece a la soberana roja que pierde el sentido y se sacia de urgencias.

En la pendencia el fulgor ronca y los corazones se embelesan con los estrenos. No son reliquias lo que exudan, sino los remotos y cambiantes rumores del placer inmovilizado.

 

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Falomaquia

Y un equino lúcido entró en la pelea y eligió su corteza fálica para defender el camino de los esfuerzos de las cucharas. Caballo que se cuida en extremo de quedar hecho cisco y que envuelve sus cipotes con estrías azules que no molesten en las gargantas. Cuadrúpedo que relincha cuando descubre los atajos de la entrepierna. No es a latigazos como lo ha aprendido, sino en la ráfaga compartida en las ofrendas de los matorrales.

El hombre cerúleo espía al corcel y sentencia: “Esta bestia de aventuras fogosas será mi modelo y en la encrucijada de sus ásperos combates lograré la incandescencia del eretismo”.

Caballo y hombre se propagan en el mismo espejo y saltan cualesquier trampa. Nivelan los tiempos en procura de extraer de los calzones unas nalgas femeninas y hospitalarias. Rijosos, pujan para asperjar la mejor de las estaciones. Joden a destajo sin temor a los disparos. Repiten entre asombros la emoción de los orgasmos. No enceguecen y se salvan del exterminio propugnado por el musgo de los ocultos agujeros.

En su hechizada rudeza ambos leen el arte de las putas y sacan después sus vergajos a asolearse sobre un plato. Los disfrazan de serpientes pudorosas y los envían a por mieles en las habitaciones donde las mordeduras forman una estirpe de oficio y los pubis se deslizan para fatigar y coleccionar los cansancios.

Al lado del inventario carnal, la hipomaquia se desarrolla bajo sus propios argumentos y al hombre sólo le resta fiarse de su priapismo y aupar su erección frente a las brechas róseas que añoran el divertimento de la encajadura.