Gárgolas en ShanghaiGárgolas en Shanghai

Fotografías: W. Carrizales

Se abrió la garganta de la catedral de Xujiahui en Shanghai y emergió un potente chorro de agua que los creyentes consideraron “bendita”. Luego el chorro derivó hacia un murmullo o un gorgoteo que comenzó a alargarse en las paredes laterales de la catedral. Unas criaturas quedaron labradas sobre las cornisas. Lo grotesco era su fortaleza y su sustancia. Miraban hacia abajo y no parecían tener buenas intenciones. Alguien —un niño, una vieja, un extranjero o una demente— las llamó “gárgolas”. Ahora tenían un propósito y una fiereza establecida e inmutable.

Las gárgolas extendieron los cuellos y las venas de muchas corrientes les abultaron la piel. El temor de quedar ahogados se prendó de los crucifijos de los fieles. Nadie quería ser la víctima propiciatoria de las nuevas bestias adragonadas. Las promesas de enmienda formaron tumultos. Los residentes exigían que les entregasen un pecador para ofrecérselo como exvoto a las gárgolas. Las bestias simulaban condescender con esa demanda.

Un presbítero de pringosa sotana cruzó bajo las gárgolas. Sin mirar hacia arriba sintió que la docilidad se apoderaba, por momentos, de las criaturas de aliento de orín. Él temperó su mal carácter. Las gárgolas no montaron en cólera. Por centurias lo habían hecho en diversas ciudades (París, Chartres, Troyes, Viena, Oxfordshire) y el diluvio había traído miles de cadáveres que flotaban en las aguas turbulentas y cenagosas de ríos, canales y fosos. La pestilencia era proverbial. La Providencia naufragó tantas veces.

Las gárgolas atrajeron al tope de sus alturas elementales tempestades. Alrededor de la catedral de Xujiahui cayeron imágenes de piedra que representaban cuerpos de animales extravagantes quemados por rayos. La fecunda imaginación de los crédulos le otorgó patente de protectores a las gárgolas, sin ponerse a cavilar antes si, en el fondo, no se trataba de una farsa que operaba sobre las mentes ingenuas. Las gárgolas abrían las fauces y se reían con desparpajo casi brutal.

En cuestión de segundos las gárgolas desplegaron ante los atónitos ojos de los oferentes los vinos y los cálices y las hostias de ignotas tierras ubicadas en Egipto, Grecia e Italia. Después escupieron melenas de león, garras de águila y culos de cinocéfalo. De las ruinas de Pompeya sólo mostraron una Medusa desdentada y un Príapo que sufría de eyaculación precoz. Los reunidos en la catedral se persignaron y miraron de reojo el entorno, pero nada dijeron. Sólo la virtud de las toses, débilmente reprimidas, se evidenció.

Los menos creyentes invocaron a los grifos y a los chilin para que de una vez para siempre acabaran con toda aquella parodia grotesca. La arquitectura de la catedral se resintió. Su nave principal se desplazó un tanto hacia una más segura orilla. El oro, ni las otras joyas, tuvieron la oportunidad de caer en emprendedoras manos.

Gárgolas en ShanghaiUna pertinaz lluvia no había dejado de precipitarse entretanto. Sin interrupción las gotas agujereaban los paraguas de los ocasionales transeúntes. En la plaza ubicada frente a la catedral sólo permanecía, de pie, un adolescente con rostro compungido. Sus gafas estaban empañadas por completo, mas él no necesitaba mirar hacia ningún lado. Desde rato antes había quedado ciego. Un fuego de San Telmo le había achicharrado las córneas. Si su novia hubiera venido, la salvación suya estaría asegurada. Pero ella le temía a las gárgolas; a sus escupitajos de flama y ácido sulfuroso; a sus vahos de lascivia. ¡Es que sus lenguas no cesaban de moverse de un lado a otro de los labios salientes!

El cuerpo resucitado de Cristo se debatía en su altar de espinas y lanzas de fósiles. Pensaba en los dinosaurios nómadas cuando escuchó el entrevero de gritos, voces, alaridos, llantos, quejas... “¿Qué pasa allí afuera?”, preguntó con voz de camellero. Las gárgolas giraron todas las cabezas hacia un mismo punto y mostraron la sabiduría que habían aprendido de los protoceratops. Golpes de agua batieron la humanidad ulcerada de El Ungido y lo obligaron a sumirse en sus meditaciones paleográficas y hacer mutis por su costado otrora sangrante.

Un mayor espectáculo se escenificó en las escalinatas de la catedral cuando un grupo de seguidores de Plotino, viejos escolásticos, trajeron a remolque reliquias de gigantes, monstruos y héroes de una edad histórica imprecisa. Los viejos los impelieron a insultar a las gárgolas, llamándolas “degeneradas”, “débiles perversas” y otras expresiones similares. Las gárgolas siguieron el curso de los denuestos con una pasmosa tranquilidad. Luego soltaron risotadas y salpicaron de aguafuerte a las reliquias. Sobre el piso quedaron humeantes pergaminos con retorcidas figuras de colores.

Las gárgolas aprovecharon la oportunidad para atusarse los bigotes. Recordaron los tiempos pasados en compañía de leones de descomunal estatura. Ahora había muchas más razones para continuar existiendo; ahora ellas percibían que eran las dueñas absolutas de la catedral. Las miles de personas congregadas afuera no merecían sino desprecio por ignorar la infinita e indestructible potencia del paganismo. Sólo era digna de respeto y estima una arrugada mujer, quien saliendo de en medio de la multitud, se ubicó delante. Elevó los brazos hacia las gárgolas y cantó:

Yo soy una pobre mujer y, además, ignara;
nunca aprendí a leer.
En la catedral de mi parroquia
yo no veo labrado el Paraíso,
ni sus manzanos y serpientes.
Pero admiro con gusto
algo parecido al Infierno
en las figuras de las gárgolas
con su ardiente y dañina agua.
Me llena de gozo y felicidad
saber que las gárgolas son diosas
y que nos llevarán al fin de los tiempos
con fe y sin enfermedad, ni locura.
Bajo esta creencia quiero vivir y morir.