La refulgencia sobrepasó todas las expectativas y nadie miró si el pubis continuaba pintado. Cualquier ayuda debía venir expresa y rápidamente. La fineza en estos casos entraba la disolución del engreimiento y conlleva a mostrar una explosión de alba paternidad.
Las aristas que brillan dentro de la ganga sólo sombras dejan al paso de las nubes. También el campo visual tiene sus límites para trampear los quehaceres de las siluetas. (Alguna mujer estilizará sus tetas y provocará un grito en su himen, mientras sus pestañas ampararán una mariposa postiza).
Habrá la flauta de los aromas y su mítico meridiano y la benevolente iluminación que, extensa, sacudirá al rojo farol.
2
Nunca se había perdido título alguno hasta que la geometría acarreó desastres. Con demasiada frecuencia se quitó lo ralo de la existencia. Así derivó todo hacia un universo jamás inventado.
Pesadas y obtusas moléculas fueron ejecutadas. Tajo a tajo sucumbieron. La hoja de la espada se envolvió en un diálogo de purpúrea asonancia. Una pupila implorante clamaba desde una cima y se alienaba de posibles compasiones.
De un tridente quiere colgar una vulva, pero le falta vellosidad y carisma. Fláccidos senos caligrafían los puntos por donde se les escapa la estética.
En la atmósfera estriba la dificultad para arribar a un feliz desciframiento de los eventos.
3
Posterior al sorprendente suceso, amplios trazos de pincel se detectaron en el firmamento tenuemente tangible. La configuración de la fineza sustentó líneas próximas a lo largo del balance del dualismo.
Un astro manchado sonaba con discreto ruido. Desde una ventana que permanecía incógnita el tiempo embellecía las áreas imposibles. ¿Todas las esferas conseguirán el grumo que logre conectarlas a los botes del aire?
El sedimento será hollado por pies verificables y el círculo de sus talones agregará mucho más cortapisas a la semejanza con las conchas de mares quebradizos.
Lenguas de savia caerán, a deshora, de los astros y no habrá duelo.
4
El toro ansiaba sus perdidos granos. De ellos dependía la sutil muerte convocada. El animal ya ni descansaba y en su faz la ahuyentada armonía había dejado un rictus de agravio.
En una barquichuela viajaba el gnomon cantor. Interpretaba arias para estimular la salida de las aguas. Sus ropas colgaban de cuerdas de luz y a ellas se incorporaban fragmentos de estímulos auditivos adicionales.
El medio más idóneo para que el toro alcanzase la realidad física consistía en orinar sobre un árbol de informal mesura.
Algún aviso debió llegar a los oídos del toro, pues de pronto todo él fue abstracción, translúcido bermejón en el remolino incontenible del fluido mensual.
5
El muro de la casa se despide cantando: se acercan las nevadas y debe hibernar. Su melena adolescente se estrecha en torno a la esperanza. Canta el muro y su estilo le gana fama.
Se expresará el invierno por intermedio de sus pálidas pinturas. La casa parecerá enferma, roída por la ausencia de habitantes. Pero, ¿acaso la emoción de vivir no se agazapará bajo la protección del rincón más febril?
Cuando la nieve cubra la casa solitaria y el fuego del hogar vaya camino del exilio halado por graznidos de cuervos, una rama desnuda del árbol de la constancia se tornará en farol erguido. Dentro de él alumbrarán tres velas y una luciérnaga centinela alimentará las llamas.
La casa cantará y nadie sabrá dónde está ubicada. Su canto propugnará los frutos que en las ramas mustias se atisban.
6
Encerraron a la mascota porque asustó a los huéspedes. Ella era tan cariñosa, pero no sabía dónde poner sus trece patas ni su cabeza que tendía siempre a rodar hasta detenerse sobre las piernas de alguien.
Allá en el sótano adonde la lanzaron, la mascota no lograba entender esa actitud para con ella. Apareció en su único ojo concéntrico una necesidad de llorar, mas como nunca lo había hecho, esto aumentó su desconcierto.
Inmensamente triste recordaba los días felices cuando vivía en el acuario. Al no más verla el niño de la casa se enamoró de ella y la quiso a todo trance. Su papá sacó la billetera y la compró de inmediato. Jamás imaginó ella cuán aciago iba a ser su destino.
Por fortuna comenzó a llover a cántaros y el sótano se inundó. El nivel del agua subió hasta una claraboya y la mascota ganó la calle y se perdió entre las luces que rebotaban resfriadas sobre las aceras.
7
El monumento al prócer se quedó en mero proyecto. Su escultural conjunto fue instalado en la orilla norte —la dirección de los líderes— del nuevo dique, a la espera de la fecha patria para su pulimento, ornamentación e inauguración.
Una noche ladraron todos los perros y una avenida arrambló con el sitio donde el prócer ya se veía como un hito con sus cuencas vacías y su cara de cerdo recién cebado.
La lógica decía que el monumento pronto debía ser recuperado. Empero pasaron las semanas, transcurrieron los meses y el tiempo se transformó en interminables años. Al monumento se le fueron agregando capas y capas de suciedad: costras de barro y algas secas. El prócer se moría, lentamente, de soledad y los pájaros empezaron a cagarlo y al final las palabras laudatorias grabadas en el monolito acabaron por desleírse en la memoria de los visitantes ausentes.
8
La equilibrista preconcibe la noción de estabilidad y recurre a la esciomancia para conocer con precisión su futuro. Su profesión deriva de los movimientos no captados del espacio.
La fisonomía de la equilibrista se pierde en el intrincado laberinto de sombras que acuden a admirar su espectáculo. La equilibrista se balancea con la precisión de un pincel en el acto de crear un trazo de tinta en el aire.
La flexibilidad de la simetría de la equilibrista nace del ritmo que le imprime su inteligencia corporal. Ella observa el borde de su peligro, el expresivo valor que se le subordina y relaciona sin errores el modelo de la composición que, indudablemente, se difumina en un espejo cóncavo.
9
El gato contempla a los raudos meteoros que atraviesan su patio. Le nace de la garganta un maullido de aprobación. Este felino no es fácilmente impresionable, ya que su movilidad lo transparenta y lo hace inasequible. Él es un buen espectador y escruta al firmamento con afán.
Su misterioso lenguaje cautiva a las viudas, quienes se mean por él. Su sicología avanza por delante de sus ojos. A veces tiembla de frío. Después, en adición, rasguña las travesuras del calendario.
Nadie sabe dónde toma las siestas. Si le llaman a comer, refunfuña quedo y luego aparece por el rincón menos esperado. Por fracciones de segundos ha estado a punto de perder la vida en innúmeras ocasiones. Ya la muerte es una nube que lo llovizna sin mojarlo.
El gato se altera si se ve reproducido en pinturas. Se engrifa y los colores huyen despedazados a sus escondrijos.
Se sienta en la ventana el gato y recibe los mensajes de sus congéneres del cosmos.
10
La niña precoz se enciende las manos y la cabellera y orina mientras corre por el jardín. (Ella alega llamarse Rosana). Extinta la candela, se sienta bajo un vetusto árbol y me hace señas para que me le acerque. Me siento a su lado y se pone a mear con gran gozo. El chorro cae en el cuenco de mis manos. Ríe con estridencia y me dice que en realidad se llama Laura. Finjo creerle y le mojo el cabello con su propia orina. Se levanta y se pierde entre los arbustos.
Por la tarde, la descubro en cuclillas sobre un muro, desnuda como siempre. Recién ha vaciado su vejiga y de sus pendejos aún cuelgan algunas gotas de líquido acre. Me incita a que la seque con mi pañuelo y hace pis encima de mi rostro. (Pienso que ella no puede sino llamarse Candelilla). La tomo por la cintura y la bajo. La meo yo también y ella se da vuelta para que la micción la alcance además en las nalgas.
Dormía profundamente en mi cama. De pronto, sentí un fluido caliente que quemaba mis labios. La niña precoz me ofrecía sus aguas menores. Bebí directamente de la fuente y la escuché pronunciar una retahíla de nombres: Tito, Perico, Tiorba, Disuria, Beque, Tibor..., antes de quedarme dormido y encontrarla de nuevo en sueños.