La muerte se anuncia con su calavera metálica
Y las luces que se reflejan sobre su superficie están melladas
Y su sonrisa es un burocratismo raído.
(Resulta extraño, pero tras la calavera
Cuelga un pene con sus testigos
Y hay la noticia que anuncia:
Evidencia de espléndido duelo y mudez de lo absorto.)
La muerte llegó al salón
Al irse por las ramas secas
Que iban a alimentar hogueras y espejismos
Y al vaivén de su oscilación
Consagró su retahíla con un espasmo de eternidad.
No se divisa ninguna mortaja
Y si hubo lágrimas ahora queda sólo un fulgor
Y unas cuantas muescas encima de un cristal
Que se abandona a la invencibilidad.
Más allá puede que esté la ultratumba,
Pero la que pregona sin más
Lo mortuorio escribe sus sueños
A la manera de un responso que se ahueca
Y no hiede porque exagera el borde de la entalladura.
La muerte comenzó a gemir cantando
Y luego torció el rumbo
Y de lo sombrío extrajo una fiebre de luz
Que rindió homenaje a los beodos
En sus rincones con los cuencos prendidos.
La muerte se profanó, partida, de defunción
Dubitable y atravesó el mapa
Que le obedecía ciegamente en la otrora
Luctuosa heredad: osario sin preferencia.
Alguna vez ella —la muerte— fue pavorosa
Y tuvo que compartir su rostro
Con la ciega de los sepulcros.
Sin embargo, ahora, en estos idénticos días
Que ruedan con sus cifras pegadas en los esqueletos,
Ella señala las materias y de inmediato las muta
En cales apagadas y en corredores con relámpagos.
No habrá más funerales que pueda recobrar,
Ni flores de ataúdes, ni piedrecillas que en la gloria estén,
Ni mucho menos sudarios con guadañas por colgaduras.
La muerte se muerde y elude la culpa;
Expira y respira y se hace su voluntad;
Se obsequia y resucita y chupa la pipa no extinta.
(La muerte se quita el destino de encima
Y de la rotura hace un dislate, un muñón a ultranza;
La muerte muerde al perro y al amo le da fiebre;
La muerte semicircula y vacuna a todos a la medida;
La muerte pierde su vida y en la ortiga se aparece;
La muerte se disfraza de toro muerto
Y el énfasis se le ve maltrecho;
La muerte pierde a sus insectos y luego apuesta a que no;
La muerte se nota cansada y su hambre habitual
Va camino de volverse un fiasco;
La muerte toca su huso asiduo
Y después no sabe dar la hora entre tanta urdimbre;
La muerte se ejercita flotando boca arriba:
Así guarda los secretos con rigor;
La muerte se carga a sí misma
Y del peso excesivo se muere de risa...)
Quien entró en su RIP fue la muerte vergonzante
Y la temerosa de las armas nucleares
Y la sedienta de bestias para las músicas
De aspiradores de cenizas.
En el confuerzo no hubo desencantos,
Las nubes se vistieron de oropel,
Los vivos se encerraron en sus elogios de cristales.
Dentro de la huesa saltó un sacudimiento nupcial
Y el escozor del tanatorio pagó su venganza
Fortuita con alivios de corazones en aceite.
Acullá yace la muerte en traje de campaña,
En levita de tenaz marca de recinto,
En pijama que rabia con una lepra de hortalizas,
En traje de bufón remendado por rebeldes
Que abisman al mundo de ilusiones y artefactos.
De la oreja de la Gran Muerte
Sobreviene una abadía o una escoria que calma
Sus deudas hasta la ruina completa.
Muy de su hoyo, la muerte
Propala el bulo y el gusano que se rompe
Y propende hacia la música interfecta
Hasta que quede la marca como tela fortuita
O cual paciencia orgullosa de su polvo concomitante.
Alrededor de los nunca enterrados
Se erigen ángulos de distorsiones de golpes
Y líquidos sedientos de una nueva hermandad.
Definitivamente la muerte sepulta las morgues
Y bajo las rosas de la eutanasia
Oculta las facturas que todavía no ha cobrado.