Otra intromisión de textos

Textos e ilustraciones: Wilfredo Carrizales

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Otra intromisión de textos

En medio de la composición del crepúsculo un área de gris agitación se entromete y pretende ser más sabia que la noche que se intuye. Lo grisáceo trae una amplia ejecución de danzas que se feminizan, con ciertas precisas figuras delineadas en los contornos.

Se supone que un rastro de estrellas producirá un larguísimo ojo proclive a ser trastornado por la música de los quásares. Las notas musicales estarán ligadas al núcleo del cosmos y devendrán en los significados de las intersecciones espaciales.

Es de temer que en los bordes de las estrellas aparezcan espigas de acuerdo a una antigua prescripción y comiencen a impulsar las esferas hacia distantes puntos de fusión.

 

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Otra intromisión de textos

El campo ambiguo del gallo fluye con sus cantos que le chorrean por las venas. En la escarpada vereda que lo conduce al cielo, él se relaciona con el poder de la creación al no más abrir el pico.

En medio de su edad, el gallo alarga su figura y gratamente las laderas simpatizan con su plumaje de sigilo y metaloides.

Dos brillantes espuelas clarean antes del yermo de la madrugada y el ave torna su hálito hacia la izquierda tácita del este.

Dicen algunos entendidos que la cabeza del gallo se balancea cuando duerme sobre su percha. Yo le he visto con la cabeza hundida dentro del pecho, en profunda conversación con su alma.

Aunque parezca increíble hubo gallos nocturnales, de hábitos sonámbulos. Quienes se topaban con ellos quedaban deslumbrados de por vida y un tintineo de soles resonaba en lontananza.

 

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Otra intromisión de textos

Lo maravilloso no era tanto la ingravidez de las pesas, sino su capacidad de escapar fácilmente de las manos que pretendían atraparlas al menor descuido.

Aquellos gemelos querían concluir cuanto antes la temeraria acción que habían emprendido al no más despertar. Las pesas gravitaban en el dormitorio, a medio camino entre el techo y la cama. Los gemelos casi abrieron los ojos al mismo tiempo y, de inmediato, elevaron sus manos hacia las pesas con la egoísta intención de capturarlas. Ni siquiera se habían detenido a meditar por qué las pesas flotaban allí.

Las pesas comenzaron a girar vertiginosamente sobre su eje. Los gemelos se vieron arrastrados a un apresuramiento circular sin haber podido ponerles las manos encima a las pesas.

El dormitorio agotó su luz y se sumió en penumbras. Unas constelaciones mínimas se conectaron a los círculos y los gemelos permanecieron suspendidos a perpetuidad en un agujero negro.

 

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Otra intromisión de textos

Los similares impulsos se pinchan unos a otros. Pasado el entusiasmo afean las huellas. Luego, cavan hasta encontrar inspiraciones que no estaban destinados a ellos. Verdad y gesto de la materia.

Se incrementan factores de innegable importancia, mientras los trabajos ganan devotos para el acertijo.

Nuevas artimañas, subsecuentemente, agrandarán la energía desplegada en líneas vacilantes. Los triángulos trizarán las probables series de problemas que serpentean y que huyen de las fáciles soluciones.

(En el interludio se desarrolla la dirección de la sensibilidad y se matiza la resquebrajadura en porciones no concebidas del cielo).

La sorpresa al notar la caída de fragmentos de noche motiva escalas audaces de emoción o deliquio. El timbre de los sonidos se concentra en la punta de un anzuelo, imprevistamente colgado de un alero de una nube.

Todo se experimenta hacia el interior de los espacios otrora sagrados y ahora libérrimos.

 

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Otra intromisión de textos

El extraño venado piensa en castaño y vagamente su cuerpo huele a chocolate. Su distorsionada cabeza elucubra formas exactas y volátiles. Por ejemplo, un avión de una línea aérea que haga la ruta diaria entre la estepa donde él vive y la orilla del lago donde abreva.

También el venado se rompe los cascos y descabeza la idea de un ave abstracta. El nido se le pierde en los cuernos y cuando trata de hallarlo un par de pichones se le interpone en la búsqueda.

Es una criatura de membranas infinitas nuestro ejemplar de venado. Su técnica de moverse por el prado merece una investigación a fondo: sus patas delanteras se curvan, mientras las traseras se tornan rígidas como muletas.

Sobre el verde pasto el venado tuerce el rumbo del hambre y en el punto donde su cuello se dobla una mancha señala el anticipado fogonazo.

 

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Otra intromisión de textos

Las ollas y otros cacharros de cocina pertenecen a las configuradas condensaciones de los fierros. La transparencia de sus orígenes tilda al hollín de entrometido e inextricable. (Aun los golpes casuales o las abolladuras resultan difíciles de discernir).

Acontece que en la cocina el fogón parece dispuesto a centrar la atención en el galope de las llamas y en el hervor de los caldos. Las ollas se vomitan intermitentemente y los pegotes ultiman sus imperfectas facetas.

Dentro de las ollas nacen cucharas y cucharones todas las noches y ellas aprenden el arte coquinario por deducción. Al guiso lo deshollinan y al picadillo lo esfuman. Rayan la sartén y asesinan al tocino.

En un contrapunto, la batería de cocina salva al filete de la quemazón y con la mano de almirez hace acariciable el hambre del dueño del hogar.

 

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Otra intromisión de textos

El falso arlequín impresiona por su depurada técnica. La totalidad de los elementos que posee es disparatada. Coloca su figura como modelo para los demás. (Siempre tiene tras de sí una vela encendida de la cual toma luz y vigor).

A él le gusta deambular por la playa donde reposan los caracoles. Los patea y luego se los cuelga de la cintura. Por momentos, parece que ha abandonado su ímpetu e imprevistamente comienza a agitarse según ha visto hacer a las tortugas decapitadas.

Acaso el arlequín se sienta inclinado a la soledad y a la sedición. Machaca su mente con elucubraciones surrealistas que sólo le producen náuseas y desarraigo.

Reconoce el arlequín falso en la civilización su cuerno de la abundancia, pero chilla, prepotente, cuando descubre su estatua en alguna plaza. Así, se retira con su cara sedimentada y aguarda la salida de la luna para masturbarse con ella.

 

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Otra intromisión de textos

Por las estrechas cornisas cruza una convulsión. La pausada premura la caracteriza. Ella se inscribe entre los reptiles ilustres. Es la salamandra de los antiguos libros y avanza enfatizando los círculos incompletos que describe, las líneas que dejan sus patas, los dobleces que gana su cola.

La salamandra persigue a los pinceles y básicamente enrojece, amarillea o brutaliza y reverdece. Sus periodos de convergencia son míticos. Siempre imitan a la más temprana de las eras y en ese entonces no había rocas.

En la percepción de la salamandra se confunden las composiciones y las suspensiones. Su activa mente contiene evidencias de un saber clásico y rotundo. Ella se inventa a voluntad.

Con firmeza, ella llega a formar parte de los temas que obnubilan a los filósofos. La humanidad le debe mucho a la salamandra: sin ella la Historia no se habría escrito.

 

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Otra intromisión de textos

Muy variadas técnicas utiliza el aprendiz de futbolista para patear al balón que pende de un hilo. Él se entrena a conciencia; su meta es llegar lo antes posible a un campeonato mundial.

El aprendiz patea al balón de noche y de día. Su madre le trae las comidas al campo donde realiza tan duro entrenamiento. Mientras come, ella lo contempla orgullosa y piensa en que pronto su casa albergará a un campeón. Bien vale la pena todos los sacrificios. ¡Viva San Pelé!

Entre el balón y el aprendiz media una fuerza descomunal parecida a la ambición. El balón en su ascenso describe el sueño del aprendiz y por eso gana cada vez mayor altura.

Sin embargo, luego de las extenuantes jornadas, el aprendiz se pregunta si no será ya tiempo de patear al balón en el suelo. De una vez se decide y corta el hilo. El balón cae y rebota y continúa rebotando mientras se escapa y penetra en territorio enemigo y nadie ni nada puede detenerlo y toma impulso y ¡gol!, ¡gol!, ¡gooollll!

 

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Otra intromisión de textos

Aquel pez quería, a todo trance, ser espermatozoide, mas temía penetrar a la honda y amplia cavidad donde se generaba la vida. Por momentos, el pez creía que había desaparecido su miedo y nadaba audaz hasta la entrada de la oquedad. Allí se detenía y aunque se obligaba a entrar, no lo lograba. Frustrado, daba marcha atrás y se escondía entre las algas.

La necesidad de convertirse en espermatozoide lo acuciaba y no le daba reposo. Estaba adelgazando de una manera nunca vista. Pidió consejo a una ballena y ésta lo alejó con una maniobra de su cola. Sólo una medusa residente le aconsejó nadar a gran velocidad, enfilar hacia la abierta ranura y cerrar los ojos. Lo demás ya sucedería en el interior.

De pronto, el pez sintió que había perdido la cabeza o se le había desprendido y que, enmascarado, era succionado y vapuleado por una sustancia amarilla y gelatinosa. Apenas había empezado a entender lo que le acontecía cuando amaneció cigoto.