Las mañanas soleadas están organizadas para que las lagartijas se echen, panza arriba, a contar las nubes que se les parecen y así poder guardar el testimonio.
En las islas las lagartijas mistifican las horas para inquietarse de continuo. Van a los pedregones de las playas y lanzan al mar sus mudas de piel.
Las lagartijas escogen morar en los troncos decrépitos. Allí trabajan las artes de las uñas; allí componen los esmaltes de las olvidadas estaciones.
Se distraen las lagartijas descendiendo por los acantilados hasta el nivel donde baten las olas. Tragan algo de la espuma y emprenden veloz ascenso en dirección a sus madrigueras. Esa rutina es su juego menos riesgoso.
(En libros antiguos se habla de lagartijas del color del asbesto. Yo más bien creo que se refieren a las salamandras, las cuales, después de arder, la epidermis se les transforma en papel.)
Una lagartija ve que otra viene hacia ella y emprende una carrera para abrazarse en medio del descampado. Tal temeridad no pasa desapercibida para el halcón.
Cuando las raíces se cansan del peso de las lagartijas, se voltean y les hacen comer el polvo. Vale la pena mirar el insólito incidente, pues el enfado de las lagartijas las trastorna hasta tal punto que enceguecen.
La utilidad de las lagartijas se mide por los atributos que poseen en el exterminio de las orugas del pasado.
Soplan los vientos helados del invierno y las lagartijas bostezan. Se recogen todas las vecinas en un mismo agujero, cierran los corazones y comienzan a hollar los posibles sueños.
Durante las evasiones las lagartijas cambian de semblante. Se postran en los senderos a la espera de caminantes desprevenidos. Saltan de improviso y se ganan un pisotón. Se sospecha que siendo ellas de materia tan blanda no salgan ilesas, pero resulta que eso es un ejercicio de robustecimiento.
Las lagartijas penetran agachadas a las casas habitadas. Se sirven de las sombras afines para moverse en el interior. Las más lúcidas de ellas se instalan en las bibliotecas. Se alimentan de los parásitos de los libros y, poco a poco, adquieren una erudición que pasma. Las más tontas pronto perecen ahogadas en los retretes o en los bacines llenos.
La generalidad de la gente considera peligrosas y nefastas a las lagartijas. La emprenden a fuego y hierro contra ellas. No obstante, mientras más matan más se reproducen, porque en la muerte está su sobrevivencia.
Aun cuando las lagartijas no han evolucionado por milenios, sus cabezas se han adaptado a las nuevas modas y a los nuevos lustres. De ninguna manera están de espaldas al adelanto.
Son pacientes las lagartijas, especialmente con los perros, los gatos y los médicos. Sacan las lenguas y no se dejan atemorizar. Un humo maligno se les desprende por la garganta y en este caso mejor es correr.
Es costumbre ancestral de las lagartijas domésticas dormir pegadas a los techos. A veces se descuidan y caen sobre el piso. Rebotan y se alejan gimiendo. Pero cuando caen encima del rostro aletargado del dueño del hogar, la cosa resulta grave. Después del manotazo, el susto los despierta a ambos, aunque demasiado tarde para lamentaciones. La sangre aplastada queda ahí.
Sin temor, las lagartijas avanzan en la dirección correcta. Muerden lo que sea menester morder; defecan y chorrean las paredes y ni siquiera los cuadros se salvan del estropicio que sus intestinos acostumbran ordenar.