¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

El mar Mediterráneo en la ventana

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

El mar Mediterráneo en la ventana

El Mar de Tetis inició la génesis y Europa estaba fuera de foco o en parte hundida o del otro lado de las especulaciones. En una ceremonia de atavismo nocturno llegaste a ser el Mar Medi Terraneum y el nudo de todos los sentidos de una gama de culturas se mostró como el testigo imprescindible hasta que la Historia decida lo contrario.

Eres ahora el “mar en medio de las tierras” y también Mesogeios Thalassa, Al-Bahr al-Mutawasit, Ak Deniz... Eres el Mar Mediterráneo, el “mar intermedio”, el “mar blanco” y el “gran verde”. Los griegos tomaron tu agua nueva para escribir sus crónicas viejas, pero el retoque final siempre lo pones tú. Quienes te aman perdonan tus hundimientos y tus sismos y la voracidad de tus gargantas y los infinitos naufragios.

Las pitonisas hicieron de ti el lugar ideal de residencia y esa es tu alegría y así la cuentan los narradores y la cantaron los aedas y rapsodas. ¿Podrías decir por dónde andan a estas horas Jasón y los argonautas? Acaso tras un vellocino de oro aun más opulento y tú no desconoces las fundaciones que hicieron sobre la arena y tus aves interrogan de continuo con sus chillidos.

Grandes maniobras debían hacer los pueblos del mar para capear las lluvias y huir de las tormentas y los monstruos. Muchas veces el desenlace fue el silencio y el desplome en un laberinto. Tus animales marinos rezaban y los catecismos no eran obstáculos en las profundas escenas de caza.

El emperador Trajano anduvo en tres tiempos y ganaste el título de Mare Nostrum y aunque el nombre en la actualidad es menos que una reliquia, detrás de todas las puertas de tus bahías todavía resuena como una cantata que incendia las pupilas.

Te reconozco en la carta náutica de Mateo Prunes y al pie de la letra van tus mareas leves, con suavidad de escamas, en un balanceo de cunas piscícolas. Por mucho que nos duela, te nos estás muriendo y si bien yo no nací en tus orillas, el tono azulado de tus aguas forma para siempre parte de mi viaje y parte de un día, rara materia, con la mirada navegando sobre las accesibles olas que acudían a elogiar a Sant Martí d’Empúries.

(En la variación del tiempo, Ramsés II, en la opuesta orilla, en el revés de su trama, sin velo y sin atavíos, en plena ceremonia de admisión de los peligros armados que recorrían tus ondas, confesó: “(Son) Shardanas del mar, los del corazón rebelde”. Con la niebla que surgía de las embarcaciones enemigas fueron objetos al acecho constante de la imaginación vertiginosa).

 

2

No hay puertas. Sólo una ventana y es suficiente. Corre sobre el cristal la luz que respira con calidez desde el inexistente invierno de octubre. El parasol anudado llegó con la caída de un talismán de arena que rebotó contra el espejo de la vecindad. Entre el mar garzo y mi mirada, el erecto parasol presta la víspera de su prodigio para señalar el nacimiento de un faro y, por ende, de un parentesco solar para que se repita de noche sobre la almohada.

Lejos, como retrato de una audacia presente, un velero ronda la cornisa del cielo y detrás lo siguen unas flores de espuma para que la travesía permanezca a prudente distancia de las sombras que son esbozadas.

Mientras crece la dicha, el mar se hace más instantáneo y se introduce en nuestros corazones y se agita con su ardentía y entonces nos muta en pequeños seres que nos movemos entre los peñascos y la solicitud de los arrecifes.

 

3

El mar Mediterráneo en la ventana

El pintor ermitaño se levanta, impetuoso, de su silla. Tiene el don de escuchar el llamado del Mare Nostrum. Eleva las manos y las coloca abiertas contra el cristal de la ventana. Ahora son veinte dedos los que se abren en busca de la rosa de los vientos. El parasol se duplica y acata la ley del encantamiento.

Los ojos del pintor se cierran y eclosiona la mirada intensa del agua del mar y penetra por la ventana. Viste de añil al viejo colorista. Ya no hay otro brillo que no sea el mar, ni otra frontera, ni otra permanencia.

Conmovido, el pintor llora con propensión inagotable. El mar se ha incrustado en su herida estética y desde allí le infunde un soplo en el litoral de su edad. Su cuerpo oscila en medio de esplendores nada fugaces y no cesa de anunciar imposibles adioses. El mar atraviesa su boca y la sal le arranca vocablos para sus próximas pinturas: albufera, ráfaga de gaviotas, escarceos del ocaso, playa, escollos tras las caricias... Cuando sus ojos vuelven a mirar de nuevo se divisan en el mar afuera, contagiados de eternidad y sumidos en el alimento tatuado de las ostras pasajeras.

 

4

(Joan Manuel Serrat desciende de un esquife y se sienta con las piernas cruzadas en la arena. El rasgueo del oleaje lo saca de su ensoñación y de inmediato se pone a cantar: “Quizá porque mi niñez / sigue jugando en tu playa / y escondido tras las cañas / duerme mi primer amor, / llevo tu luz y tu olor / por dondequiera que vaya, / y amontonado en tu arena / tengo amor, juegos y penas... / ...Qué le voy a hacer, si yo / nací en el Mediterráneo...”).