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Minucias o la parca enfermedad de las palabras

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

Minucias o la parca enfermedad de las palabras

Hay necesidad de obtener gotas de sudor y el jugador se ha vuelto agresivo. Sus manos estuvieron metidas dentro del vino y en la tarde lanzó su reloj pulsera a la mitad de la carretera. ¿La lluvia será la suficiente estación que resuelva todas las cosas?

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Mi boca presiona su boca y se gratifican en los besos que no permiten pronunciar el consabido “farewell”. En la primera página del periódico aparece su fotografía con la entrevista que le hicieron el día anterior. Alguna ventaja deberé sacar de tanta apología del deseo. Mientras tanto, en la acera vecina, un hombre insulta a su mujer y le reclama por difundir sus intimidades.

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Ella está tratando de colocar un dinero adicional en sus ocultos negocios. Desde la librería le recuerdo que no olvide la suma que le presté. Usualmente ella combina ensaladas de lechuga con el noticiero vespertino. Espero que su plan decaiga para que retorne al pan blando de los días de otrora.

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Las cosas fuerzan las causas y se desperdician oportunidades. En lo inmediato no obtengo resultados de mis esfuerzos o de mis habilidades. En algún lugar correcto, en el tiempo exacto, estará aguardándome la suerte con su cara de tren y juntos haremos un viaje que nos llevará a encontrar la lucha perdida bajo los escombros de un valle que semejará una pintura con irreparables defectos.

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Minucias o la parca enfermedad de las palabras

La conducta de aquel niño causaba serios daños en la miscelánea. Él poseía un macabro humor y resultaba imposible cualquier comunicación con él. Su vandalismo entristecía las noches y las ensuciaba con potenciales manchas. Su madre trataba de persuadirlo a transitar el camino de la caridad, pero el niño mandaba al carajo su autoridad y proclamaba un cambio basado en el dinero.

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Su inteligencia fluía por ósmosis. Se entretenía dándole de comer pequeños peces a una horrible ave predadora que vivía encima de una percha. Los prejuicios de aquel hombre eran ostensibles y cometía con su cuerpo las peores barbaridades para que su ave aprendiera de él y se solazara en la crueldad.

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Nadie entendió la confusión producida por el accidente del científico. Él estaba tratando de armar un rompecabezas en su laboratorio y al intentar unir algunas piezas descubrió que pertenecían a otro conjunto. Entonces, él explotó, incontrolado, y en su boca se rompió el orden y cundió el pánico entre sus atribulados compañeros.

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Antes tosía con una cierta corrección no exenta de elegancia. Desde aproximadamente una semana comenzó a esputar, a escondidas, en la cocina. Sus huéspedes lo escuchaban toser con una no liberada presión y no lograban atinar con el misterio. En pocos días sus toses se aproximaron a una debacle y aun así tuvo tiempo de esbozar sobre una pared el resumen de sus implacenteros espasmos que lo condujeron a la enunciación del rol final.

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Minucias o la parca enfermedad de las palabras

Nada suave era su carácter. Mas su naturaleza estaba inclinada hacia el mal. Su rostro se arrugaba frente a los golpes de las contingencias. Sus manos saltaban en medio de gestos mecánicos. Su piel absorbía la humedad del entorno. Le gustaba describir la manera que tenía de beber vinos fuertes. Chasqueaba los labios y daba golpecitos sobre la mesa con los nudillos de los dedos. Sentía una gran predilección por las cajas viejas de madera, aquellas que antes habían guardado tabacos, piezas antiguas o galletas venidas de ultramar. A veces los muchachos lo incordiaban y él los perseguía con un bastón hasta que sus fuerzas lo abandonaban. Se dejaba caer al piso y urgía a la lujuria a que se apoderase de él cuanto antes y le permitiera sumirse con todo confort en el estanque de las gratificaciones.

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Fumaba para alegrarse. Esto era realmente así. Inhalaba el humo del cigarro y sentía arder sus pulmones. En algún momento pensó en probar la marihuana, pero siempre sus escrúpulos se interponían. Un vacío se regularizaba en su boca y lo envolvía con su sabor que lo alejaba cada vez más del predominio sobre la humareda sempiterna.

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Y de repente, el cambio. La succión provino de abajo, del espacio que se le removió con angustias de gases, líquidos y otras sustancias de difícil escudriñamiento. Algún cilindro le había producido la sensación de vacuidad y él no logró expulsar la percepción de una presión en su abdomen. De pronto, sus manos fueron de aire, de gotas muertas, de desechos de preñadas. Sus piernas se le aflojaron y el colapso de un impacto inesperado en su cerebro no se hizo aguardar.

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Ella abrió la ventana y se quitó los sostenes y los lanzó al vacío desde la altura donde vivía. Escuchó el sonido de una ráfaga de viento y se alegró. Se acarició los pezones y recordó los dedos que los habían estrujado sobre el sofá del hotel. Consideró con orgullo su cualidad de mujer. Encendió el televisor y seleccionó el canal musical. Comenzó a disfrutar de la ópera, mientras con un cuchillo rebanaba manzanas y las ponía a temblar entre sus fantásticos senos.

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Minucias o la parca enfermedad de las palabras

El objeto lo sigue y él omite su existencia. El objeto le informa del qué, del cómo, del porqué y del cuándo. Él no le presta atención. Coloca su valija encima del escritorio. Piensa: “Los verbos eran mis objetos. Los usaba de a dos por vez. Ahora no puedo definirme y este objeto desconocido me persigue y no encuentro frases adecuadas para alejarlo, para deshacerme definitivamente de su molestia. ¿Qué le puedo proponer? ¿Por dónde comienzo?”. El objeto continuó tras él y él persistió en no reconocerle ningún status: ni de nombre, ni de adverbio y ni mucho menos de adjetivo. Al final el objeto se acomodó a su forma y desde entonces convivieron como hermanos.

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Con frecuencia las hojas estaban bajo su dominio. Su cuerpo se extralimitaba y se ponía muelle como un montón de algodón. Siempre dormía con el temor de que regresase el invierno y que le impidiese disfrutar de la luminosidad del verano y de los muslos desnudos de las ciclistas y del chirrido de las cigarras y del poder del oeste en su acto de consumir maderas.

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Lentamente se le humedeció el pantalón. Estaba sentada sobre la arena de la playa y contemplaba cómo los pequeños cangrejos enrollaban los pedazos de algas y los introducían en sus agujeros. “Tal vez así construyan sus lechos”, dedujo ella. Las paredes del tiempo la cubrían de miradas curiosas. Ella necesitaba de aquella humedad desconocida que le hacía vibrar los pliegues de las nalgas. En aquel momento hubiera querido tener noticias de su gran pincel desaparecido de su habitación y que ahora le habría servido para contornear su deseo sobre la arena, mientras las gaviotas notificaban con sus chillidos la buena acogida que ella les dispensaba.

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Mataron a la oca y lanzaron sus huevos de oro al abismo. Se fueron del territorio emasculado y afloraron en ellos estupores y comenzaron a correr en círculos hasta que la tarde los transformó en cosas que se desplazaban al margen de los pensamientos.

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El hombre insulso sonrió sin naturalidad y se le remarcó la costura de la máscara. Quería ser agradable y se condenaba. Con intensidad, una canción brutal lo golpeó y lo ubicó en el justo lugar donde las cartas se escribían para que las personas como él nunca las recibieran.

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Minucias o la parca enfermedad de las palabras

Escribe y tacha rápidamente las palabras escritas. Su caligrafía no soporta aquella tinta con olor a frutas podridas. Anhela escribir mensajes a destinatarios anónimos y dar cuenta en ellos de los hechos de su imaginación, haciéndolos pasar por sucesos reales. Llena de nuevo la pluma fuente y vuelve a emborronar el papel. Se queda mirando, por instantes, la forma que han adquirido ahora las letras trazadas y pregunta para sí misma: “¿Y si comenzase a redactar un ensayo acerca de la ceguera y yo fuera el actor principal de ese escrito y me contrajera en la escena y me disolviera en el caos del enlace de las oraciones?”. La invade un repentino temor y deja a un lado la pluma fuente y divaga que ella misma es una gran rúbrica estampada sobre un manuscrito hollado por la infamia.

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Habla en voz sumamente baja. No desea hacer ruido, pero un helicóptero pasa por encima del tejado de su vivienda y ella nota que los cristales de las ventanas tiemblan y siente miedo imprevistamente. Eleva entonces la voz, por si vuelve a pasar el aparato volador y algo extraño la inquieta y sube aun más el timbre de la voz y a los pocos minutos está gritando y clamando que derriben a ese alborotador avión de hélice giratoria descomunal en cuanto lo vean venir, porque ella estaba meditando concienzudamente y el helicóptero la sacó de su estado y la obligó a retornar a su cotidianidad de la cual había escapado y a la que no deseaba regresar.

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Las olas lanzan a la playa los restos de unas esculturas renegridas: el torso de un hombre, el busto de una mujer y la cabeza de un sátiro. Los ojos del sátiro se salieron de sus órbitas y se incrustaron entre los voluminosos senos de la mujer; ésta no les presta atención y dirige su mirada hacia los sobresalientes pectorales del torso del hombre, el cual, por carecer de cabeza y de brazos, se agita como una morsa... La escena la capta, algo abreviada, un marinero que se escurre dentro de la corriente con su red, los atrapa con ella y ya tiene una historia qué contar por la noche, cuando se reúna con sus compañeros, alrededor de una fogata, a hablar acerca del mar y sus misterios consagrados.

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La aprendiz señala con su índice hacia el horizonte y anuncia, con especializada voz, lo que se aproxima velozmente: albas calvas, cuchillos, vidas tenidas, hojas de selvas, esposas y ladrones... Algunas personas atentas la escuchan y en sus vértebras se forman lagunas con larvas y al rato todo eso les genera un estímulo para que sean genios, prospectos de jefes e irisados compases de museos.