Introitos de la nieve sublimada

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Introitos de la nieve sublimada

El frío palio que emblanquece todo ha detenido el tiempo y ha contraído el ámbito de la moción. ¿Acaso el heraldo del invierno descendió por una escala que flotaba en el aire trastornado? Las yerbas se han plegado a la exigencia de la fuerza que congela. Una rama de un arbusto se ha tumbado para adornarse con los mejores copos. Un lampo resuena en las pupilas y se queda un instante largo hasta pasmar de gozo el aliento.

El almanaque oculto no trae la noción de desnevar. La blancura que resplandece pasará de un día a otro como se transmite el sueño de un insecto hibernante a su vecino. Se enlentecen aún más las horas en los relojes con maquinaria de nieve.

Se cierra el acceso a la oscuridad y desde abajo, desde la tierra que medita en reposo, se altera el orden que nos guiaba y un diferente ritmo sucede para ceñir con amplitud los sentidos.

 

2

Introitos de la nieve sublimada

La nieve se desploma y no se hunde. La ligereza estructura sus cristales para que se asomen a ellos espigas y hojas mustias. Estrechamente se unen las texturas que resaltan más con la muerte imprevista en su suspenso. ¿Cuántos mundos externos se desdoblan con el tránsito hacia el congelamiento? ¿Quién podría segregarlos mientras descienden los copos y un lustre múltiple gira y gira?

El asombro ante lo radiante se hincha y luego hace sonar un instrumento de segmentos vegetales que carece de nombre, estacionariamente. Un silencio de magia, subyugante, predomina en el recodo que representa a todas las torceduras del termómetro aislado y tibio.

Hay un lecho que florece gravitando en la llenura alba. Mantiene su afinidad con la altura y se eleva por encima de la sustancia del abandono y destroza la idea absurdamente estática.

 

3

Introitos de la nieve sublimada

La soga renace en su rostro antiguo y la palidez de la nieve le otorga una sublime sabiduría. ¿Será por casualidad el semblante de la luna caído para proteger a la escena de los torcimientos? Parece delgada la cuerda, pero el esparto es la llave que transforma las líneas de la fantasía. Tras su movimiento en redondel lo vacío no se dispersa más.

Del azar también la nieve elucubra faces; muda sus signos contra lo efímero. Así una simple belleza remonta el valor de la hermosura que no simula.

Una alianza queda establecida entre nieve y soga. En adelante la mutua estética juntará los opuestos, hielo y fuego, y la majestuosidad de su presencia será la imagen en el terreno que no enceguece.

La cara sonríe acodada por hexagonales cristales y su alegría inspira la vuelta de un emisario que se deja caer del cielo.

 

4

Introitos de la nieve sublimada

¿De modo que las ramas han despedido a las hojas ante la proximidad de la llegada de la nieve? Lo ralo es notable en el área de las conjunciones y testimonia una pasión en un orgullo que atrás quedó virgen. (Un organillo portátil traería nuevos vientos al esplendor ahora impenetrable, pero carente de mutilaciones u otras huellas de las mudanzas).

Escasas sombras emigran en el trasfondo. No obstante, nada resulta sospechoso. Aunque no hayan nubes se siente su presencia en los matices de la blancura que se mueve con sentimientos propios.

Libres, esos brazos de delgada contextura se cruzan para atraer a los copos y entenderse con ellos en lo que respecta al aleteo, los vislumbres y los espectáculos de la luz cuando la tarde vuelca la carga de sus aleros encima de los requirientes.

 

5

Introitos de la nieve sublimada

No es presentimiento de ningún ritual. Se han corrugado las hojas para aceptar los dones pulseados de la nieve. Acatan el fulgor de la resplandecencia. Ellas demuestran que son lo que cuelga por sí mismo, a pesar del papel del frío y de la áspera borrasca que de improviso amilana. ¿Vale la pena cualquier pregunta en la hora cuando se cierran los párpados de la nevisca?

El umbral del derretimiento no se avizora. El movimiento de una transparente doncella encandila el sendero que se prolonga con su extensión de cuchillo. El formal poder de los copos calca la palidez que puede ser cercana a la muerte. Muy luego hubo su sabor de centella sobre la piel.

El reclamo de cristal atraviesa el espacio con una descarga de albura. Los ojos se asan hasta la pureza que protege la ramiza. ¿Sólo para estallar de limbos?

 

6

Introitos de la nieve sublimada

Las cabelleras foliáceas se divierten en la nieve. Lo albugíneo se desplaza en su contorno y las abraza. Unas huellas de pies restallan en un costado y el cuerpo que las produjo se torna exiguo como un jadeo que no se condensa.

La congelada materia del agua preserva las edades inmediatas y la calidez que se despeña de la bruma. Se retrae la nieve para no ser tocada. Nada se escucha en su fuero interno que no sea fulgor, destello, chispa de súbita aparición.

Un éxtasis sobre las briznas es intención con dicha y reflejo. La mirada escarba hasta el hervidero de los días blanqueados. Y después la caída del olor de la amplitud gélida en los labios que la aguardaban rozó el telón con una ráfaga y el espectro reducido fue por siempre un momento en la memoria audazmente maravillada.