Después que se desvencijaron las nubes mayores, las nubes primigenias se sumieron en la ausencia sobre los grandes troncos que semejaban unos rieles. (Alguien habló de cabelleras aéreas que debían ser peinadas con rémoras desprovistas de memoria). Un fragor de líneas se acostó encima de los tiempos. Hubo un fuego que propagó la mañana y que bajo un auxilio gris delante de un siglo fasto, comió el haber de la fortuna. Un sitio de grasa y de obligada licencia ensayó sus prematuras ideas aparejadas con el silencio.
2
La tarde surgió entera en una isla que nutría, recostada a un alto sombrero de plumas. Vestigios de anteriores almas cargadas portaban tridentes que ofrecían a insectos luminosos empeñados en sus excesos de crujidos y excelencias. Era difícil olvidar las pecas de las liebres. Cualquier cosa se movía sola y sobrevivía, pero la memoria se sentía acosada por la incertidumbre y por recitados aberrantes. Una parte del espíritu abandonaba las insignias y se tornaba ignorante.
3
Nula resultó toda sorpresa. Nulo se manifestó el conocimiento. Frente a una inconmensurable piedra afloró la hora del sollozo, el nefasto aturdimiento de la fragilidad de los títulos. Así, un frío mereció una tempestad de cilios. En las revueltas del bronce y adosado a los enlaces de los cromos veraniegos, surgió una emulsión de absurda porcelana penalizada por un metal casi blanco que no causaba sorpresa ni ternura.
4
Se supo del nacimiento de un surco que transigía con el misterio anublado. Se dijeron maravillas. Se lanzaron hacia la muerte autoritarias plumas del desconsuelo. Las fábulas se apropiaron de los espíritus sufrientes que se incorporaban a las dolencias blancas. Todas las costas prodigaban tenues escenarios de fiestas amenazantes. Más al sur se enmendaban las terrazas donde la arquitectura había dejado de ser un ojo de envanecimiento.
5
Yo llegaría a decir que un peine empalidecía con su nacimiento y luego prolongaba los aullidos sordos de las bestias en su afán de hacer de los hombres incuestionables cecinas. El mundo se asomaba a su miseria conduciendo decrépitas estatuas. Las inmensas capacidades de choque de las alianzas de quienes se sentían extranjeros se volatilizaban en los más tristes cielos. Entre el hambre y los meteoros celestes sólo había agua y era fugaz y asaz pringosa. Con dignidad se recordaban los garajes esfumados en el entorno de las palmeras y en el territorio de los engendros que, laxos, fungían de guitarras.
6
También surgía el recuerdo de sirenas usadas que relevaban los giros matinales que daban ciertos gordos laicos. A mi boca acudían espátulas hinchadas de luminosidad y los trillados ámbitos siderales agregaban sus características del gremio de los zorros. Los nácares viajaban en cruces y los peregrinos debutaban en el fondo de las aguas más afines a su visión de sangre e infinitas fallebas.
7
Decenas de fuentes se acidularon con las singladuras de las espurias liturgias. Un sable imponía su orden sobre la hierba que reemplazaba la fiebre de un falso otoño de los hombres sometidos a las escoriaciones de todos los granos universales. Se temía por la buena salud de las nubes enloquecidas debido a que las jóvenes bestias emprendían, con frecuencia, una huida hacia el oeste. Sin embargo, aparecieron silos en el horizonte y unas casas que se elevaban sagradas y procreaban ilusiones apiladas. Los campos soñaban con una muerte acendrada y asentada en la superficie de la naturalidad sin responso.
8
Descubrí que se rompían los terrenos hostigados, que devenían en marismas, por donde emputecidas hordas de barbados a caballo, cuya guerra se anunciaba sin cesar, nunca acababan de encender las pólvoras de las enfermedades marchitas. ¿Acaso yo no estornudaba sobre mis trapos más congraciados? Poseía un hacha pionera que se inquietaba ante la dulzura desplegada por el ocaso. Resultaba duro reconocer la existencia de cretinas horas y naves roncas tripuladas por insomnes averías. El mundo posible mascaba sus cabos de vela con la solemnidad que se le achacaba antes al inventor de vaciedades.
9
Se asía el cronómetro a los mares que dispersaban la incógnita de las nubes con un curso de herrumbre y conmoción. De un halón crujían las cargas de los barcos hundidos y las nubosidades en su alboroto dejaban un trazo oloroso a ostras que lubricaban. Por la fuerza, las chimeneas eran obligadas a atender la desmesura de los años y sus acólitos infecundos y procaces. La crueldad se patentizaba alrededor de los bordes de los prodigios femeninos.
10
De entre todas las hembras que corrían bajo las nubes, yo me prendaba siempre de la que me parecía más alejada de Dios. Su pobre linaje me causaba gracia a mí. Me adormilaba contemplando sus piernas exentas de virtud. Ella me daba la hora como se regala un vaso de agua perdido bajo la cama. La lluvia la mojaba en mitad de la avenida y ella reía con su risa que columbraba quejidos y emociones. A mí me causaba miedo mirarla cual desecho de las nubes, mas el peso de una luz quizás inefable terminaba por subyugarme el sino.