Sin precedente inflijo un castigo al pordiosero que se tumba en la acera a mi paso. Lo golpeo con una manopla, pero parece no resentir el golpe. Entonces le abarco la cabeza con ambas manos y le estampo un beso en la sucia frente. Sonríe y muestra su garbo. Al final deposito algunas monedas en su tazón y el mendigo grita que intento sobornarle. Lo amenazo con la manopla y ahora me enseña los dientes. Opto por retirarme, no sin antes haberle disparado un certero dardo verbal. Alza los ojos al cielo e impetra sonoramente y me acusa de impío y de falto de humanidad.
2
En el lapso de una semana me han lanzado en la calle una serie de objetos de laca. Los he recogido todos y los he donado a la asociación de legañosos. En legión han venido a mi casa a darme las gracias, pero no les he abierto la puerta alegando padecer una enfermedad infecciosa.
Ahora para salir de nuevo a la calle me maquillo profusamente y me pongo unos bigotes postizos. La diferencia se nota a leguas. Me detengo un rato frente a la marquesina de un bar y metalizo mi cuerpo para resguardarlo de imprevistas agresiones. Nada sucede y sin agitación camino calle abajo hasta que la oscilación de la tarde me empuja a vagar sin rumbo.
3
Aquilatado, al estilo de la arandela, con un hueco para ver el futuro y ponerle la mano a la vela que quema. En el billar encuentra el dinero y de la carambola al retruque se ubica en la bilocación. Su biografía cambia a medida que ruedan las bolas sobre la mesa. Danza en medio de la humareda y su navaja se le abulta en la chaqueta. Ocasionalmente escupe hacia los lados, sin miedo de salpicar a alguien. Su feroz mirada paraliza a quien se atreviera a reclamar. De pelo en pecho es insensible al empleo de palabras redundantes. Rapaz como el que más no deja apuesta sin desafío y, a paso ligero, la captura en el aire y la voltea.
4
Reiteradamente vomita sobre la rejilla. La escena es una variante de un insólito juego de ajedrez o un cuadro de una película que echa al olvido alguna ofensa. En el estómago ya no le queda nada. Todo el whisky que bebió está ahora irremediablemente mezclado con las aguas sucias de las cloacas. ¡Qué manera de desperdiciar esas botellas de doce años!
De pronto, la alarma se prende en su mente. Detrás de él advierte unas sombras que se acercan lentamente. Casi al borde de la calle hay unas amplias manchas de grasa. Sobre ellas se refleja la luz de la bombilla del poste del alumbrado público. Las sombras lo rodean y cuando va a gritar una sucesión de cuchilladas lo perforan.
5
El nadador hunde la cara en el agua, sacándola sólo para ver cuánta distancia le queda aún para llegar a la orilla. Sus pies y sus manos se mueven acompasadamente. Su respiración es briosa y casi que emite bufidos.
El río se muestra ancho y tumultuoso, del color del cromo. Al nadador lo atormenta de vez en cuando un temblor en el pecho. Se propuso cronometrar el cruce del río en un tiempo mucho menor que el de su rival del día anterior. Pero el temblor se le agudiza y no encuentra cómo aminorarlo. La ribera hace poco se le presentó cercana, mas ahora la observa alejarse y el temblor lo va arrastrando aguas abajo.
6
Huelga afirmar que lo que le causa tristeza es no poder inmiscuirse en vidas ajenas. Todo tuvo su arranque al promediar sus años mozos. Se aficionó a entrometerse en los asuntos de los demás. Por más que lo insultasen, siempre encontraba la manera de intervenir en cuestiones privadas. Aunque salía en cada ocasión bien escaldado, no cejaba en su empeño interventor, el cual ya se había convertido en una manía, obsesión o quizá una forma de la locura.
Ahora holgazanea encima de su silla de ruedas. Sólo pasa los ratos estirando el cuello porque no puede ni hablar y de su boca únicamente salen como unos pitidos de tren que se desvencija tenaz.
7
Agachado, huyó con el cuchillo en una mano y la borrasca sobre su cabeza. Detrás quedó un cuerpo ensangrentado, delimitado por un dolor en aumento, imposibilitado de pedir ayuda.
El que cometió el delito de sangre parecía un apache o un vulnerario. En todo caso, despreciaba la vida y no le perturbaba la conciencia. Mientras corría, besaba una imagen de un santo que colgaba de su cuello. Además se iba diciendo: “Lo hice. Le clavé el cuchillo en medio de la espalda. No se esperaba un ataque así. El maldito siempre se creyó invulnerable y mírenlo ahora, tendido allí, pudriéndose en pocos instantes, porque esta arma estaba infectada con mierda y le entró hasta el mero centro de su viva pústula”.
8
No se siente amodorrado, a pesar de las apariencias. Sus ideas las percibe limpias, serenas, espabiladas. No pierde la compostura tan fácilmente. Si alguien lo observa le deja una incógnita para que se devane por un tiempo el cerebro.
Se marcha intempestivamente de un sitio si comprueba que en el mismo hay más personas imbéciles que preclaras. ¿Cómo lo sabe? Pura intuición.
Hace milagros con su escaso sueldo. Es muy hábil para comprar ropa y calzado baratos y luego los muestra como importados. Descansa gran parte del día y a nadie le cuenta sus penas, pero guía sus pasos de modo que no tropiecen con calamidades.
9
Navegaba sin dirección fija. Conducía a su yate hacia aguas marinas poco surcadas por otras embarcaciones. Avituallaba su navío con productos secos y abundantes cajas de vino. Al salir del puerto nunca sabía cuándo iba a retornar. Eso no le preocupaba en absoluto.
Desde que se retiró del mundo del espectáculo, donde había cantado por más de veinte años, había adquirido un yate usado. Se separó de su mujer y decidió hacer de la navegación su razón indisoluble de ser.
El yate partía las aguas de los mares con una quilla que saboreaba lo salado. De noche tiraba el ancla en alguna solitaria caleta y a la luz de un fanal componía melodías que nunca jamás interpretaría.
10
Las iluminaciones repentinas en el camino lo pasmaban. Su imaginación se desbordaba en esos momentos y retornaban a su memoria viejos recuerdos de fantasmas vistos durante su niñez.
Era un hombre a quien lo ganaba fácilmente la pasión de ánimo, pero también a quien le abrasaba la injusticia. A ratos pensaba: “Hace tres días se abrieron las zafras y no faltarán peleas y hechos sangrientos. Si la situación se torna difícil me muevo hacia otra comarca”.
Montado en su caballo solía recorrer enormes distancias, sobre todo en plena oscuridad. Se asombraba por los fenómenos celestiales e incitaba a su montura para que detectara a las estrellas fugaces.
11
La mujer acaso salió de su casa al clarear el día. Quizá se vistió de prisa, abrió con sumo cuidado la puerta de calle para que no fuera a chirriar y rezó para que no hubiese ningún perro en la acera que ladrase y la pusiera en evidencia. Tal vez cruzó el puente con agitados pasos, mientras daba ojeadas a diestra y siniestra con temor de encontrar a algún vecino. Acaso sintió cierta aprensión al comprobar que la niebla aún no se había disipado y que la humedad del ambiente le calaba los huesos. Quizás anheló el contacto con su cálida almohada. No debió soñarlo todo. Algo debió realmente suceder. Esas hojas secas entre su cabellera...
12
A aquel hombre ya lo había visto en otra parte. De la mujer que lo acompañaba se podría decir que era su hija, pero nunca su madre. El individuo era regordete, nada cortés. Por cosas baladíes armaba unas broncas descomunales.
La mujer se destacaba por su hermosura. Con poquísimo maquillaje su rostro refulgía en la penumbra. El hombre se acercaba a la condición de supremo tonto, pues a la más ínfima insinuación respondía con palabras soeces.
Sin embargo, la mujer y él caminaban contentos, certísimos de concitar la curiosidad de los circunstantes; yo, entre ellos.
13
Cualquiera llegaba a la una y media de la madrugada. La postrera campanada del reloj hacía rato que había sonado. Tales circunstancias me inquietaban: los ladrones ya habían visitado el hotel en otras ocasiones.
No podía continuar leyendo el libro que había comprado por la tarde. ¿Dónde estarían ahora los hermanos de la historia que me había obligado a interrumpir? Ellos, fulano y zutano, usaban bastón y vivían en una casa adornada. Le debían dinero a todo el mundo y aunque vendieron sus alhajas aún sus deudas persistían. Ahora en este hotel estoy imposibilitado de hacerles ni siquiera un guiño.