Yo leía uno de mis libros favoritos sentado una tarde bajo el árbol de almendrón de la casa de mi abuela. Estaba posado en el suelo y recostado a la pared pintada con cal. Con seguridad mi camisa se había manchado, pero eso para mí no era importante en aquel momento. Veinte mil leguas de viaje submarino me tenía atrapado desde que lo descubrí en un cajón secreto de mi abuelo. Ya lo había leído unas tres veces y siempre quería volver a su lectura y formar parte de la tripulación del Capitán Nemo y del Nautilus. Estaba arrobado con la lectura aquella tarde y casi no me percaté de que alguien me estaba lanzando terrones y semillas de mamón para perturbar mi lectura o simplemente para fastidiarme y hacerme enojar. Al principio no le hice caso a la reiterada agresión, pero los proyectiles comenzaron a llegar con más constancia y buena puntería y algunos me daban sobre las piernas. Aun así me reafirmé en la lectura y me hundí en los océanos. Como mis ocultos agresores se dieron cuenta de que no podían sacarme de mi trance lector, salieron detrás de la puerta donde se mantenían escondidos, y pude reconocerlos al no más levantar la vista: el cuasienano Felipe, el más famoso buscapleitos de la cuadra, acompañado de su cómplice eventual Ricardito Burro de Plomo, alias Barriga de Plomo, aunque no sé por qué motivo mi hermana Jazmín lo llamaba “Ricardito, al que le sacaron las tripas”. Moví mi mano izquierda con sigilo, pero rápidamente, hacia un costado, y reuní unos cuantos trozos apropiados de bloques que se encontraban por allí desparramados. Sin darles tiempo a mis agresores de advertir mis intenciones me levanté de improviso y comencé a lanzarles con inaudita furia los pedazos compactos, al tiempo que los insultaba y les recordaba que sus respectivas madres los habían parido por cuotas. Felipe salió huyendo, sorprendido y asustado, mas Ricardito cometió la torpeza de volverse a esconder detrás de la puerta. Agarré con odio otro puñado de trozos de bloques y corrí hasta la puerta, la abrí de un empujón y allí estaba Ricardito, al que le sacaron las tripas, medio agazapado y temeroso. Había sido recién afeitado casi al rape y eso me incitó aun más. Le estrellé todos los trozos en su cabezota, con furia vengativa, y en pocos segundos su testa se llenó de sangre y el líquido púrpura y viscoso se deslizó por su cara. En ese momento fue que sintió el dolor y se puso a gritar y a llamar a su progenitora: “¡Mamá, me acaban de matar!”. Allí lo dejé chillando y me escapé para mi propia casa y no di la cara por el vecindario donde vivía Ricardito, al que le sacaron las tripas, hasta enterarme que todavía seguía con vida y el asunto parecía haberse olvidado.
Dos meses después estaba yo bajo las sombras de los grandes árboles del patio de la casa de mi abuela. Había abierto muchas carreteras y autopistas con sus respectivas estaciones de gasolina, construido algunos puentes y levantado puestos de control y peaje. Numerosos camiones, grúas y automóviles circulaban en todas las direcciones y yo era el conductor de cada unidad y el fiscal de tránsito al mismo tiempo. Cuando acudía a un taller mecánico para arreglar una avería de mi ocho cilindros favorito vi a Ricardito, al que le sacaron las tripas, caminando hacia el conglomerado vial. Venía descalzo y sólo vestido con pantalones cortos. Me puse alerta, pero no levanté los ojos del motor del Jaguar. No quería mirarle la cabeza a Ricardito. Desde donde me encontraba le grité a Ricardito que tuviera cuidado al cruzar las carreteras, pues algún conductor desprevenido podía atropellarlo y yo sería inevitablemente el responsable. Él se detuvo frente al entramado de vías y vehículos y embelesado me preguntó si no necesitaba yo un ayudante. Observé que en su mano traía un pesado dardo de hierro y le dije que si me prestaba su juguete le permitiría dirigir el tráfico por unos minutos. Aceptó gustoso y me dio el dardo. De inmediato él se agachó y comenzó a manipular el parque automotor de un lado para otro. Se movía, de rodillas, como un experto, y pronto se olvidó de mí. Yo me dediqué a lanzar el dardo hacia el tronco de un árbol de jobo cercano. El dardo describía una sencilla parábola en el aire y su punta poderosa se clavaba sin ruido en la rugosa corteza. Era una delicia sentir el peso del dardo en la mano y luego percibir la sensación de ligereza y vitalidad cuando salía expelido en busca del blanco. Repetí varias veces la experiencia hasta que Ricardito, en cuclillas, giró su cuerpo y quedó de espaldas a mí. No sé por qué razón sus talones brillaban o al menos eso me pareció. Me les quedé mirando fijo como si emitieran señales secretas para mí. Como si trataran de seducirme y llamaran al dardo. Levanté un poco la mano y mis ojos deben haber tenido un brillo especial. Arrojé sin premura la pequeña arma hacia uno de los talones y esta vez la parábola fue perfecta. La aguda punta penetró hasta la mitad en el talón derecho de Ricardito, al que le sacaron las tripas, quien cayó de bruces sobre el polvo. Se llevó las manos al talón perforado y comenzó a gritar y a llorar, adolorido: “¡Mamá me volvieron a matar!”. Salí bruscamente de mi encantamiento y sin ningún remordimiento de culpa huí en busca de refugio seguro.
En la mañana del día de Navidad me dedicaba junto con mi hermana Jazmín a probar el rifle de aire que me había traído el Niño Jesús. Taponábamos el cañón con barro y luego le disparábamos a las lagartijas que se movían por un extremo del tejado. Las más tontas recibían el “disparo” de lleno y quedaban aplastadas y moviendo las paticas en un tragicómico estertor final. La cola salía expulsada hacia un flanco y luego resbalaba hasta el piso donde se agitaba y retorcía durante largos minutos. Mi hermana agregaba una raya vertical trazada con un pedazo de teja al conjunto ya numeroso de diminutos reptiles cazados. Así hubiéramos proseguido la cacería de no ser por la aparición de Ricardito, al que le sacaron las tripas. Mi hermana lo descubrió primero y me advirtió: “Mira quién viene ahí”. Puse mala cara y guardé silencio. Ricardito llegó luciendo su ropa y sus zapatos recién estrenados. Se acababa de bañar, olía a jabón perfumado barato y se había dejado crecer el pelo, tal vez para tapar mejor la cicatriz de mi autoría. Le sonrió melosamente a mi hermana y metió una mano en el bolsillo del pantalón. Extrajo unos caramelos y se los ofreció a ella con exagerada cortesía. Jazmín sólo aceptó uno y Ricardito se creyó con el derecho de darle un beso en la mejilla. Menos mal que el rifle ya estaba embutido con barro y arena. Sin previo aviso acerqué el cañón del rifle hasta sus labios salivosos y sonrientes y le disparé a bocajarro. El hocico le quedó surcado de estrías por donde la sangre fluía con alborozo. Ricardito abrió los ojos desmesuradamente y berreó: “¡Mamá, me mataron otra vez!”. Mi hermana se escabulló con diligencia y yo escapé trepando la pared del fondo del corral.
Llegaron las lluvias y con ellas un viejo triciclo rojo que me trajo un primo que se mudó a otra ciudad. A pesar de estar bastante usado el triciclo se desplazaba raudo por entre el barrizal. Yo no me sentaba sobre el asiento, sino que prefería impulsarlo con un pie que chapoteaba tenaz en el lodazal, mientras que con el otro me apoyaba sobre el estribo. Me creía uno de aquellos conductores de carros de dos ruedas que competían en los circos romanos. Por supuesto siempre salía invicto y me hacía acreedor a la ramita de olivo que esperaba por mí en el estrado. El patio quedaba convertido en una maraña de huellas profundas e indescifrables para los no iniciados. Desde un principio reparé en que Ricardito, al que le sacaron las tripas, me observaba con envidia, acuclillado en la acera de su casa. Al terminar la carrera yo guardaba presuroso el triciclo bajo el tinglado donde estaba un feroz perro encadenado.
Llovió imprevista, torrencial y rápidamente al inicio de una tarde caliginosa. Me escapé del aula de clases cercana y a toda carrera llegué al patio empantanado para protagonizar la que sería mi mejor carrera. Mayúscula sorpresa: Ricardito, al que le sacaron las tripas, estaba pedaleando frenético sobre el triciclo rojo y daba vueltas y vueltas alrededor del retrete. El perro ladraba sin cesar y cuando quise preguntarle a Ricardito quién le había dado permiso para usar mi vehículo privado, mi abuela salió de la cocina y me dijo que había sido ella porque Ricardito la había ayudado a trasladar no sé qué trastos y él se merecía divertirse un rato. No dije nada y me fui al tinglado a calmar al perro, a acariciarlo y a hablarle en el oído. Mi abuela retornó a sus labores culinarias y entonces aproveché la ocasión para quitarle el candado a la cadena del perro y azuzar a la bestia contra Ricardito, quien dio un respingo sobre el triciclo y al intentar salir en estampida los colmillos del animal se clavaron en una de sus nalgas. “¡Mamá, me mataron una vez más!”, bramó Ricardito y casi se desgañitó en su desbandada, mientras yo halaba por la cadena al perro y lo obligaba a regresar al tinglado.
Después me cansé de matar a Ricardito, al que le sacaron las tripas, aunque debo reconocer que me faltaron algunas formas de muerte muy ingeniosas. Sin embargo, me enteraría posteriormente que a Ricardito le había comenzado a gustar que lo mataran niños mucho mayores que él al proponerle que se pusiera de rodillas y con los pantalones abajo y que en esas ocasiones gritaba muy quedo: “¡Mamaíta, me están matando de verdad!”.