Fotografía del autorEn Valparaíso,
un caballo se tragaba la bahía

En Valparaíso, un viernes que por azar le perteneció a octubre, un caballo fue atado a un poste del alumbrado público y comenzó a tragarse el agua de la bahía. Inmediatamente la noticia llegó a oídos de los capitanes de los barcos y en principio creyeron que era una broma de los marinos. Pero luego cundió el pánico cuando los barcos descendieron en su nivel. ¿Qué pretendía aquel caballo con su extraño comportamiento? Desde las cubiertas de los buques de carga empezaron a lanzarle al caballo todo tipo de objetos. El caballo no se daba por enterado. No se movía, sólo continuó succionando el agua sucia del puerto.

Llegaron los niños de la calle y los mendigos y rodearon al caballo. Los más viejos de los pordioseros parecían ascetas y asentían con una ligera variación de la posición de sus cabezas. Los niños se maravillaron de la enorme proporción que iba adquiriendo el vientre del caballo, mas intuían que no explotaría. Algunos se atrevieron a tocarle al caballo su panza recrecida y tensa y el caballo se rió con ellos. En una pared cercana una mano no inocente escribió: “¡No rompan líneas!”. La limpieza del trazado se destacaba notablemente de entre el sucio y descascarado muro.

Un poco más tarde se acercaron unos músicos que venían de un entierro. Hicieron sonar sus trombones de vara, sus trompetas, clarinetes y tambores. El caballo agradeció la inesperada solidaridad con un incremento de la absorbencia del líquido salado. Una botella de pisco pasó de mano en mano y el último trago se le ofreció al equino atado. Un relincho de considerables decibeles aturdió a los congregados. Los músicos se retiraron, trastabillando, al compás de una improvisada cueca.

En la bahía flotaba, ya para ese momento, una abigarrada variedad de botes, guardacostas y remolcadores. Un barullo de impresionante proporción se imponía por encima de los gritos, insultos e improperios contra el caballo. Sin embargo, nadie osaba descender de las embarcaciones para enfrentar o intentar retirar al caballo del sitio donde estaba sujeto. Era más que evidente el terror reflejado en todos los rostros. ¿Qué hacer?, fue la olvidada pregunta leninista repetida durante horas, mientras el agua de la bahía continuaba en rauda bajada.

Finalmente se sugirió llamar al director del más importante diario local para que, con argumentos irrebatibles, convenciera al caballo de lo inútil y pernicioso de su acción. El hombre arribó flanqueado por dos custodios mal trajeados. De inmediato abordó al animal.

“¡Excúseme, señor caballo! Pero, ¿sabe usted? La bahía se está secando y, creo yo, no lo tome a la ligera, se debe a su... ¿cómo expresarlo? Succión, chupada o absorbencia del agua de nuestro puerto que es imprescindible para...”. El caballo giró la cabeza, eructó y lo interrumpió. Luego continuó sorbiendo. “...Para ...aquello y esto otro y lo de más allá y allende y aquende y otro-sí-otro-no y demás asuntos que sólo conciernen a quienes hacen vida y viven del puerto y sus trajines. Señor caballo, ¿usted ha entendido todo lo que le explicado? ¿Se da cuenta usted del enorme problema que está causando? ¿Ah?”.

El caballo cerró los ojos. Levantó el belfo superior y expulsó una bocanada de agua marina. Mojado y confuso el director del periódico se retiró humillado y a cabalidad captó la respuesta del cuadrúpedo. Los niños que habían permanecido en el ínterin, un tanto alejados y recelosos, se agruparon alrededor del caballo y festejaron el desplante. El caballo duplicó la cantidad de agua que absorbía y los barcos de la bahía se bambolearon peligrosamente. Una colectiva voz estentórea y lastimera surgió de la amplitud de la bahía.

El equino pareció dudar. Los niños lo incitaban a proseguir, a llegar hasta las últimas consecuencias. El caballo dio unos pasos hacia atrás. A continuación piafó como había visto que lo hacían en las películas los corceles de los héroes. Un relincho, que las crónicas posteriores catalogaron de “extraordinariamente insólito”, brotó de un punto profundo de la bahía. Pronto se manifestó sobre la superficie del agua un hipocampo hembra, tan grande como el caballo. Los niños fueron los primeros en darse cuenta que ella era la madre del equino amarrado. Lo desataron de prisa y él se lanzó en estampida solitaria rumbo adonde lo aguardaba su madre. En cuestión de segundos ambos desaparecieron en un remolino, mientras el cielo se agitaba en crepúsculos de bajamar.

En el lugar donde estuvo atado el caballo los niños descubrieron un montón de placas que mostraron tornasoles cuando un faro flotante iluminó el espacio.