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Dan y Blythe Brown¿Quién escribió El código Da Vinci?
La señora Blythe o la profeta Da Vinci, el nuevo Código

En una nota anterior esbocé la larga sombra de Blythe Brown en la escritura de El código Da Vinci. La mujer detrás del trono de las palabras. Ahora sabemos que no tiene importancia alguna que Dan Brown haya terminado de leer o no El enigma sagrado, libro que ha dado origen a la demanda de plagio por sus autores, ya que la investigación la realizó la rubia Blythe Brown, su esposa, escritora, creativa, investigadora.

El respaldo de la obra de Brown, dijo el propio Dan, son cientos de documentos y 38 libros de referencia. Sin duda se los leyó la paciente, acuciosa y determinada Blythe. La idea central y clave de la obra, el tema del probable plagio, fue sugerido por Blythe. Ella fue de la idea de introducir en la obra la descendencia de María Magdalena y Jesús. ¿Dónde andaba Dan en ese momento? ¿Quién pensaba y escribía la obra? Ella más enigmática que todos los enigmas, ahora convertida en un sagrado culto detrás del espejo de Da Vinci. Debe de estar riéndose como la Monalisa, una risa para todos y nadie, en el gesto indescifrable del inmortal Leonardo.

La señora Brown, californiana, es 12 años mayor que Dan, ella es “historiadora del arte y pintora” y lo conoció en 1991 en una academia de compositores, porque él quería ser músico. Ella era la magnífica directora. Al año siguiente se casaría con este aventajado y precoz alumno, que le depararía tantos triunfos en un futuro impensado. No hay registros del manejo de sus artes, pero Dan la presenta así, en un tácito y público reconocimiento a sus dotes y aportes a esta empresa editorial, la maquinaria de los códigos, enigmas y criptas. La sociedad estaba comenzando y después de varios intentos, curiosos algunos, vendrían las horas felices: los 85 millones de dólares recaudados por El código Da Vinci, que deben seguir multiplicándose después de esta publicidad mundial gratuita. El juicio, de perderlo, resultaría ganancioso, aunque la película se suspendería. Y lo que viene puede ser mucho más alentador para la pareja y su editora demandada, Random House. Ya deben de estar pensando en una nueva obra de estos papeles de Da Vinci en Londres. Y vendría la película por añadidura. Esa cinta que perfectamente pudo dirigir Alfred Hitchcock en su natal Londres o Federico Fellini. Ahora George Lucas tiene la palabra y bien podría montar un filme donde la señora Brown sería la gran protagonista, la verdadera Indiana Jones de El código Da Vinci.

Lo que nos ha quedado claro es que la pareja Brown ha conformado una extraordinaria maquinaria de hacer fortuna a través de la elaboración de un libro que es un relato policíaco de aventuras y que cuestiona al Vaticano, la Iglesia católica, los mitos de la religión, la cristiandad y pone en dudas lo que se daba por sentado. Todo tiene su público, y la literatura también, hoy más cerca que nunca del Arte del Negocio. Es lo que se conoce como un thriller en el cine, la intriga, el suspenso, la duda detrás de la duda y la acción donde se pasa navaja de muchos filos a los grandes mitos de la historia. La señora Brown saltó al primer plano cuando él confesó que ella dirigió la investigación para su famoso best-seller, pero que no estaba allí en la Corte para dar cuenta de su investigación, como debió ser, porque no le gustaba la publicidad. Ella es la promotora del trabajo de Brown, redactora de sus comunicados de prensa y una suerte de administradora de sus trabajos editoriales.

¿Quién puede conocer mejor a Dan Brown que su propia autora? Brown soñaba antes de El código Da Vinci con ser músico, pero Blythe supo tocar su partitura en el tono correcto. Poco antes de casarse, Dan escribió un tema para los Juegos de Atlanta 96 y editó el CD Ángeles y demonios, título de su segunda novela. Hicieron algunas cosas juntos: coescribieron la Guía de supervivencia para mujeres románticas frustradas (1995), un libro humorístico ilustrado por Blythe. Ella escribiría e ilustraría su libro: El libro de los calvos. De pronto a Brown se le encendió aparentemente el foquito, cansado tal vez de tantos fracasos y de las pequeñas cosas sin éxito alguno. Y se dijo, como en cualquier historia podría contarse; yo puedo hacer un thriller mejor que Sydney Sheldon. Confieso que no la conozco, ni ella a mí por supuesto. En Tahití la leyó y decidió cambiar su historia: fabricar un best-seller. ¿Qué le habrá contado a Blythe? O mejor, ¿qué habrá propuesto ella? Esa es la historia para los guionistas de Hollywood. Lo que se cocinó ese día en las paradisíacas playas. Probablemente los Caballeros Templarios no estaban en mente aún y menos la dinastía de Jesús. Lo cierto es que el matrimonio Brown armó un rompecabezas que les ha significado un éxito millonario.

La Corte británica nos dará a conocer en los próximos días su fallo. Vendrá de seguro una materia técnica, otra histórica con sus pruebas, y lo más probable una nueva jurisprudencia para curar en salud próximos percances de esta naturaleza. ¿Si no hubiese sido un best-seller tan exitoso, los autores de El enigma sagrado habrían demandado en la corte a la editorial Random House? Detrás de El código, muchos millones de dólares. Y Da Vinci, que nos dejó la sonrisa de la Gioconda y su colosal inventiva, qué nos diría de su Monalisa, tan manoseada por la propaganda rampante.