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La Casa de América Latina

Exilio mexicano

Somos países de exilio, de dentro y fuera, en América Latina. Lugares donde a veces el viento borra la memoria y la nieve es la suma de los silencios posibles. El sol también nace en Nuestra América, afortunadamente, cálido, enrojecido por los atardeceres y vertical cae desde el amanecer. Esta nueva Casa de América Latina, bajo el auspicio de México, que se pondrá en marcha el 2010, forma parte de la tradición de asilo de la nación azteca y de los principios humanistas, solidarios, con quienes buscan refugio y amparo. Detrás de este proyecto, bajo la figura de un patronato, figuran los escritores Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Eloy Martínez, Nadine Gordimer y el funcionario internacional Enrique Iglesias.

Es la Casa Refugio Citlaltépetl, como se le denominará (el volcán más alto de México); se proyecta la creación de la “Cátedra Ciudad de México. Ciudad solidaria. Capital de asilos”, que va a cobijar diversos proyectos internacionales vinculados con el tema del amparo a refugiados. Es una cátedra para la vida. La fiesta ya comenzó en el marco de la celebración de los 80 años de Carlos Fuentes, nacido en Panamá y autor de La región más transparente, quien estuvo flanqueado en el Castillo de Chapultepec, por su esposa Silvia, dos premios Nobel de literatura, dos ex presidentes y el mandatario de México, entre cientos de invitados. En los jardines del Chapultepec estaban también los ausentes, los que México invitó a vivir y a compartir el águila y el sol, caras de una misma moneda. No sólo hicieron su historia personal, sino la de México.

México ha sido tradicionalmente un país de asilo de destacados escritores de España, Argentina, Chile, Guatemala, Colombia, Rusia, etc. No sólo México ha recibido a los perseguidos, sino a artistas que han visto en el país el sitio ideal para hacer y proyectar sus obras, profundizar en la vida, alcanzar la libertad posible. José Stalin, Francisco Franco, Augusto Pinochet, las juntas militares de Argentina y Uruguay, produjeron un gran oleaje de inmigrantes, exiliados, políticos que encontraron su patria en México. Hasta 1973, Chile disputaba ese honor: “O el asilo contra la opresión”. Las dictaduras de Guatemala le abrieron un gran hueco al alma de la nación centroamericana y aún siguen saliendo hombres y mujeres de ese país hacia México. Toda América es un trasvasije de gente hacia uno y otro lado, es cierto, por las feroces dictaduras de Somoza, Trujillo, Duvalier, Stroessner, los 50 años de guerra en Colombia, el medio siglo que cumplirá la Revolución cubana. Los demonios empujaban hacia otros destinos para salvar el pellejo, hacer la vida en otras geografías. El Cono Sur llegó a ser tierra de nadie. El último apaga la luz, fue la metáfora de esa época.

El viejo y poderoso imán, la vocación de México, su política de puertas abiertas para recibir a los perseguidos, a la cultura, es su mejor carta de presentación y un sello imborrable en la memoria de escritores y viajeros.

En 1875, José Martí, el Apóstol cubano, visita por primera vez México, presenta una obra de teatro, escribe en periódicos, sale de México rumbo a La Habana, vuelve, se casa y viaja a Guatemala. Y regresa a México por última vez en 1894 para volver a su patria cubana y morir en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895. León Trotsky, el legendario formador del Ejército Rojo, autor de Literatura y Revolución, Historia de la Revolución rusa, La revolución permanente, entre numerosas obras, sería recibido por Frida Kahlo en 1938 en el puerto de Tampico. En agosto de 1940, un enviado de Stalin asesinaría a Trotsky en el escritorio de su casa en el DF. Ramón Mercader, agente de la policía secreta estalinista (GPU), bajo la falsa identidad de Jacson Mornard, se hizo pasar por hijo de un diplomático belga. Ya Mercader se había convertido en amante de Sylvia Agelof, militante trotskista norteamericana, quien fungía como secretaria de Trotsky.

León Felipe, el farmacéutico y poeta español, llegaría a México en 1922. Pero la rica y pujante inmigración española, impulsada por la Guerra Civil, transformaría y enriquecería la vida intelectual mexicana y también la futura economía. Tina Modotti, la sensual y revolucionaria fotógrafa italiana, llega en 1922 a México, donde haría historia. Trabajó su obra fotográfica, artística y social, con la piel de México. La bella Tina perdió a su amante, el revolucionario Julio Antonio Mella, acribillado, cuando paseaba con él una de esas noches mexicanas. Los mortales de su tiempo la condenarían por amar tanto la libertad. Por intrigas fue expulsada de México en 1930 y regresó asilada en 1939 bajo un nombre falso. Pero Lázaro Cárdenas anuló su expulsión y trabajó libremente hasta su muerte, en 1942.

En 1944 el escritor guatemalteco, Augusto Monterroso (nacido en Tegucigalpa), autor del cuento más corto del mundo, se asiló en México. Pero como México es un país de oportunidades, se volvió a asilar en 1956. La suerte de México de tener la puerta abierta, es que América Latina es un volcán de inestabilidades durante el siglo XX. El segundo exilio de Monterroso había sido Santiago de Chile. Entre otra de las curiosidades de Monterroso, escritor indiscutido, es que no terminó la primaria.

La catalana Alaíde Foppa, una feminista irreductible y pionera en el género en México, llegó en 1954 al DF, con su esposo Alfonso Solórzano, colaborador del régimen democrático guatemalteco de Jacobo Arbenz Guzmán. Ejerció como catedrática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde impartió la materia Sociología de la Mujer.

Alaíde Foppa fundó en 1975 la revista Fem, primera publicación feminista en México. Dirigió y condujo el Foro de la Mujer en Radio Universidad. “Foppa fue secuestrada el 19 de diciembre de 1980 en la ciudad de Guatemala por presuntos miembros de la inteligencia militar conocida como G-2, al lado de su chofer Actúm Chiroy. Desde ese día nadie volvió a saber del paradero de ambos”. Había regresado de su exilio mexicano, esta poeta hija de guatemalteca y padre argentino.

El narrador colombiano, autor de la soledad de América, copista de la gran realidad macondiana, testimoniador incurable de la humillación de nuestros pueblos avasallados por las miserias, el poder transnacional y la corrupción de gobiernos y políticos inescrupulosos con esa moral amarilla de ratas de cloacas, cronista per se, periodista por vocación, Gabriel García Márquez, se dejó caer en 1955 en México, el DF, desde Nuevo Laredo, Estados Unidos, para escribir definitivamente Cien años de soledad. Gabo, iría y vendría por el mundo, hasta hacer verano en la recién inaugurada Estación Palabra Gabriel García Márquez, allí en el Laredo fronterizo, por donde entró a México. El país azteca, generoso y agradecido con sus escritores y artistas exiliados, rinde estos homenajes en vida. No olvidemos que cuando Gabriela Mistral salió humillada de Chile por la crítica pacata y provinciana de la época, México la invitó a organizar la educación y la recibió en el Zócalo en un acto multitudinario. Después le erigiría estatuas en vida. El sol de México brilla de distintas maneras y conserva sus rayos con el tiempo y las épocas, afortunadamente.

En estos días se han reunido dos iconos del boom, 40 años después de esos tiempos de oro para la literatura latinoamericana: Fuentes y García Márquez, y curiosamente se habló en los pasillos del éxito de Roberto Bolaño en Estados Unidos, otro parroquiano del exilio mexicano. Águilas de un mismo México que no pierde sus alas. Pero la historia es un pequeño detalle en la memoria de este relato.

Y nada más parecido que un volcán agotado en sí mismo, México, Cuernavaca, acogió al inglés Malcom Lowry, quien acuñó la extraña frase que retrataría su pasión por México: “No me gustaría vivir en México, pero no me importaría morir en México”. Lowry era un exiliado de sus propios fantasmas, de sí mismo. México es su vida y muerte y allí escribiría Bajo el volcán, una de las más grandes novelas del siglo XX. Él la presentaba así: en una carta a su editor, Lowry afirmó con soltura que su novela “podía tomarse como una sinfonía, una ópera o también como un poema, una canción, una tragedia, una comedia, una farsa; era una obra superficial, profunda, entretenida y aburrida, una profecía, un panfleto político, un criptograma, un filme de peripecias, una advertencia en la pared; también podría ser vista como una máquina”.

En México encontró sus fantasmas y conversó con ellos. El infierno no le pisaba los pies, él lo llevaba en sus propios zapatos. Quería estar en un lugar que le llenara todas sus contradicciones, que no eran pocas. M.L. se fundiría con México hasta las últimas consecuencias, porque él buscaba a México con desesperación para escribir su obra, vivir su vida, deambular con sus fantasmas. Lowry, finalmente, se suicidó, ya había jugado.

Álvaro Mutis, poeta y narrador colombiano, llega a México en 1954 por otras razones: en búsqueda de trabajo. A los tres meses es detenido por la Interpol y pasa 15 meses en la cárcel. Leyó y escribió en la cárcel. Es una de las voces de la serie clásica Los intocables. Autor de numerosos libros, primer lector de los borradores de García Márquez y de ese personaje llamado Maqroll el Gaviero. Nunca fue exiliado, pero se quedó en México, aunque profesa profunda simpatía por los reyes del mundo como poder.

Roberto Bolaño se instaló en la marginalidad de México, donde las palabras sudan en el seco desierto de la orfandad, se autoexilió como la Mistral, pero en plena adolescencia, a los 13 años, y regresó a Chile para apoyar al gobierno de Salvador Allende, que sería pisoteado pocos días después por la bota militar pinochetista. Detenido durante ocho días, sale en libertad. Meses después vuelve al DF. En el Café La Habana de Calle Bucarelli con su amigo poeta, Mario Santiago Papasquiaro, y algunos allegados, comienzan a disparar contra el establecimiento literario llamado Octavio Paz, y con un Manifiesto infrarrealista, como en los viejos tiempos de los surrealistas y Huidobro, se promueven como poetas de vanguardia. Bolaño quiso hacer tronar la literatura de su tiempo, hacer bang bang al boom... bung, bung, y a su manera lo logró. Ciertamente amó la literatura como a una doncella solitaria, a la intemperie, a capela, como fue su vida. La última palabra que dijo fue México, esta frase también es buena para otro epitafio. Quizás podría tener uno en México y otro en el mar, para cubrir Barcelona y Chile.

Los infrarrealistas fueron un movimiento tan subterráneo como el silencio y se abrieron paso a través de performances sin dios ni ley, no estaban dispuestos a dejar títere con cabeza, pero en verdad no influyeron a nadie, y si lo hicieron, no nos dimos cuenta. Los infrarrealistas patearon la ciudad de México con todas sus vísceras. Bolaño dejó el DF y dejó la poesía como arma de lucha, como presentación editorial. Sus cuentos, Los detectives salvajes, sobre todo, y 2666, su posición crítica frente a los escritores de su generación actual y coetáneos, los premios (el Herralde y el Rómulo Gallegos), lo catapultaron hasta abrir las puertas del competido, singular, nacionalista mercado de la literatura estadounidense.

En su discurso cuando recibió el premio venezolano Rómulo Gallegos, explicitó que los narradores y la literatura latinoamericana tenía autores y no patrias. No es una afirmación quimérica. Dio algunos ejemplos, pero allí mismo se autodefinió: (Bolívar) “al que no le hubiera disgustado una América Latina unida, un gusto que comparto con el Libertador, pues a mí lo mismo me da que digan que soy chileno, aunque algunos colegas chilenos prefieran verme como mexicano, o que digan que soy mexicano, aunque algunos colegas mexicanos prefieren considerarme español, o, ya de plano, desaparecido en combate, e incluso lo mismo me da que me consideren español, aunque algunos colegas españoles pongan el grito en el cielo y a partir de ahora digan que soy venezolano, nacido en Caracas o Bogotá, cosa que tampoco me disgusta, más bien todo lo contrario. Lo cierto es que soy chileno y también soy muchas otras cosas”.

No comparto lo que algunos sostienen que Bolaño sólo es reconocido por Los detectives salvajes y 2666 y por el hecho que se ambientan en México, con sus noches anárquicas y mixturas de felicidad e infelicidad, la aventura de la inseguridad, la oscura amabilidad de los días inciertos, el oráculo o el quinto ojo que todos buscamos alguna vez. Fue Nocturno de Chile, la novelita que se iba a llamar Tormenta de mierda, la que llevó a la dulce y genial Susan Sontag a recomendarlo a los traductores norteamericanos.

Bolaño amó más a la poesía y a la literatura que a sí mismo, y a México, pero no olvidó a Chile. Ese sería mi epitafio para este anarquista.

México es el trasfondo de tantos viajeros ilustres, que caminan por las vértebras de México, con el hígado, las tripas, de México y respiran con sus pulmones reventados por el oxígeno del smog, el DF, el desierto, su mar, las tardes aniquiladas de México, como D. H. Lawrence, Graham Greene, William Burroughs, Jack Kerouac, André Breton, Antonin Artaud, Aldous Huxley, Paul Morand, Italo Calvino, Hart Crane y muchos más.

El poeta argentino Juan Gelman, acosado por la Triple A, dejó Buenos Aires con destino a Italia, donde perdió su voz literaria por el idioma, confesaría más tarde desde su exilió en el DF a partir de 1989. En diversas entrevistas ha dicho que su casa y amor están en México. Las dictaduras de Chile y Argentina habían quemado libros, en un alarde de purificación. Escritores, artistas, músicos, eran asesinados y la diáspora volaba por el aire. Muchos partieron a La Habana, París, Londres, Suecia, Australia, Canadá, Panamá, Brasil, y Moscú, entre otros países.

Siempre en el telón de fondo, México, el país del asombro, Tenochtitlán, en la memoria. Recuerdo cuando sobrevolé por primera vez el DF en 1969 y se llenó mi imaginación de la noche azteca, millones de lucecitas en un manchón inenarrable de sueños y desafíos. Fue mi primer paisaje real extranjero al alcance de mi mano e imaginación. A medida que descendía el avión al gran valle, la historia leída y estudiada en el colegio se agolpaba en mi memoria real, el mito del dios barbado de Hernán Cortés y su Noche triste, sus naves quemadas ardiendo a las puertas de una nueva historia, miles de indígenas masacrados, el visitante díscolo de Tenochtitlán convirtiendo el oro de México en lingotes transportables para la Metrópoli imperial, y Moctezuma cediendo su imperio con lágrimas en los ojos y ordenando obediencia al futuro conquistador.

Conforme a sus deseos, sus restos descansan actualmente en el Hospital de Jesús de la Ciudad de México. Me refiero a H. Cortés, desde luego.