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Las llaves secretas de la Mistral

Gabriela Mistral

¿Gabriela Mistral se reservó el derecho de que la admiraran o respetaran más después de su muerte? ¿O se reservó el derecho de volver a nacer? A 120 años de su nacimiento, la Mistral sigue más viva que nunca y tal vez esa no fue su intención, porque Chile paga con rupias, maravedíes, a sus escritores. Un mito que no termina de conformarse y se confirma cada día. Del polvo nacen las estrellas y ella quiso que la dejaran como el polvo en el camino en su valle amado, donde el cielo es más claro que cualquier cristal.

Su poesía y vida nunca fueron un libro abierto. Publicó con avaricia, corregía sus libros ya impresos cuando los obsequiaba. Nunca estuvo satisfecha y su potente caligrafía da cuenta de ello. ¿Se mistraleaba en el poema? La poesía es vida, repito hasta la saciedad lo ya dicho, y la Gabriela no escapaba de sus muertos más próximos, geografía, cordillera, sus ríos profundos dentro de sus venas, con las ramificaciones que le trazaron los vaivenes de su tiempo.

A 120 años de su nacimiento, natalicio dicen los biógrafos tenaces, sigue viva como el valle que la acunó durante toda su vida, ese que la rodeó con sus cerros en la infancia. Nunca salió definitivamente de allí y volvía en sueños típicamente mistralianos, con su memoria de vieja bíblica.

Arrastraba como un gran Buda femenino sus afectos y desafectos, contradicciones, humores, desencanto, luchas, enfundada en sus trajes sastres cerrados de maestra sin tiempo ni gloria, y la atravesaba la América india, que puede resultar un lugar común, pero a ella no sólo le calzaba como anillo al dedo, sino que era una postura natural, ética, social, cultural, propia de una humanista visionaria, adelantada a su tiempo. Más allá de las rondas infantiles, de su vocación por la niñez, maternidad universal sin hijos propios, otra Mistral luchaba en el corazón de América y dentro de su propia visión poética marcada por la austeridad, rigor, su hermético y complejo universo de cáliz y espadas.

Con sólo cuatro libritos conquistó el Premio Nobel en 1945, amén de una trayectoria diplomática, filosa prosa social, conferencias y viajes por la geografía de nuestra América, la otra América y Europa.

Siguió siendo admirada, humillada, olvidada, la pieza oscura de la poesía chilena. Lihn, autor de ese libro, dijo en un verso sublime: Dirán que está en la gloria. Fue bautizada con tan malos títulos, de Gabriela pública y privada; Una mujer nada de tonta; etc., y no valen porque no reflejan ni un centímetro de la clara oscuridad de su lenguaje. Fue autora en verdad de un solo libro inconcluso, como su vida, que partía de un nacimiento interminable y se hacía y rehacía por el mundo. No entendieron sus detractores ni el más leve vuelo a ras de tierra de esta discípula de la palabra, mujer de compromisos, dura y tierna como describiera su poesía Paul Valéry.

Han pasado 120 años y su poesía late más viva que nunca. Gabriela nos hace un guiño para que comprendamos su presencia americana, profundamente chilena, universal, sin duda, carente de falsas fronteras, vital en sus raíces. La vitalidad de su palabra sorprende a moros y cristianos. En vida incomodó a toda suerte de oficialismos y a la seudocrítica que la fustigó permanente y ácidamente. Nunca la entendieron ni descifraron sus Sonetos a la muerte, y menos su original, enigmática, trascendente obra.

Todos, al menos mi generación, somos algo mistralianos en Chile, educados con los Piececitos de Niño, la visión tutelar de la Cordillera de los Andes, las Reinas de Lucila, la visión de la maestra errante que partió de Chile dejando su sombra en medio de la crítica pueril que cocina todo en un mismo sartén.

Mujer de profunda espiritualidad, la llevó a buscar un “Dios terreno”, y de paso superó esa religiosidad que se le atribuye constantemente, porque maneja una suerte de religión alternativa. Mujer de ideas, más que de cabellos largos, pionera, adelantada, polémica, una Gabriela sin pelos en la lengua, es lo que vimos entre líneas, las que podíamos reconocer en las lecturas de sus múltiples mensajes. Poesía de profundo pozo. Seguramente ella veía en el reflejo de la oscuridad, su rostro más allá del poema y aguardaba la llama encendida temblar.

Dice en su libro Lagar: “La bailarina ahora está danzando / la danza del perder cuanto tenía. / Deja caer todo lo que ella había / padres y hermanos, huertos y campiñas. / el rumor de su río, los caminos / el cuento de su hogar / su propio rostro / y su nombre, los juegos de la infancia / como quien deja todo lo que tuvo / caer de cuello, de seno y de alma”.

Es ella sin nada, quien amó las cosas que nunca tuvo, con aquellas que ya no tengo.