¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo
¡Todos a leer!
V Feria Internacional del Libro de Panamá

César Vallejo

Vallejo

No seas triste, poesía,
Vallejo ha muerto,
doloroso sangrante pulmón
de una orquesta huérfana.
Las rodillas no mueren por humillación
no se ahogan de tristeza los bostezos,
ni se asfixian las palabras,
se descomponen en sílabas, tal vez
y no todas las letras
son vocales abyectas.
Sólo deja que la poesía
haga su trabajo.

V Feria Internacional de PanamáQué buena frase para una fiesta del libro y de la palabra: ¡Todos a leer! Imperativa, es un llamado sin exclusión. Una convocatoria de escuela a sus estudiantes. Volver al A, B, C, al tacto del monje medieval sobre la página única e irrepetible, a la memoria tipográfica, al puente real de lo impreso. Palabra sobre palabra, el libro suma la historia, la aventura y los sueños.

Por la atmósfera que crean los libros, esta V Feria Internacional de Panamá, que se realizará del 19 al 23 de agosto próximo, se convierte en un espacio único, especial para la reflexión y retomar la lectura, el contacto físico con el libro y algunos autores.

Perú, tierra de grandes poetas y novelistas, es el país invitado de honor y el eje temático de la presentación de la tierra inca es, de acuerdo con información de los organizadores del evento, 400 años de publicación de la obra Comentarios reales de los incas, del escritor e historiador hispano peruano Inca Garcilaso de La Vega. Fue autor de una obra importante rechazada por la corona española por subversiva.

Renée Ávila, presidente de la Cámara del Libro de Panamá, adelantó que a la fecha hay cinco escritores peruanos invitados: Alonso Cueto, Antonio Cisneros, Cecilia Podestá, José Carlos Yrigoyen y Álvaro Linares Clarke. La recién laureada cineasta peruana con el Oso de Oro del Festival Internacional de Cine de Berlín 2009, Claudia Llosa, por su filme La teta asustada, ya confirmó su participación al igual que el novelista Alonso Cueto, informó la relacionista pública de la Feria, Cibeles de Freitas. Cueto, quien obtuvo el Premio Herralde 2005 con su novela La hora azul, presentará en Panamá su colección de ensayos sobre libros y autores Sueños reales (Seix Barral, 2008).

Antonio Cisneros es un poeta reconocido en América Latina, Premio Nacional del Perú y Premio Casa de las Américas en 1968, con Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Poeta urbano, narrativo, marino, viajero, eminentemente originario del Perú y de la tribu.

He buscado inútilmente en mi accidentada biblioteca, depurada por los viajes apurados, traslados obligados, por el tiempo que todo agita y mueve, un libro que tenía de Cisneros, el Canto ceremonial, pero se ha esfumado y me quedó en la memoria la amistad de Cisneros con Lihn, sus viajes a Chile, un parentesco en las diferencias, porque las raíces peruanas parecieran tirar de las piernas. Comentarios reales es otro libro interesante de Antonio Cisneros y allí escribe unos versos memorables. “Mal negocio hiciste, Almagro. / Pues a ninguna piedra / de Atacama podías pedir pan, / ni oro a sus arenas. / Y el sol con su abrelatas / destapó a tus soldados / bajo el hambre / de una nube de buitres”. Todos sabemos y conocemos de la riqueza peruana y de la pobreza de la pobre Capitanía de Chile.

Cisneros es uno de esos mohicanos de los sesenta y veremos qué trae en su equipaje.

Panamá, el istmo émbolo de las Américas, paso obligado, punto de encuentros, tiene una honda vinculación histórica con el Perú, el Sur, porque desde aquí partieron los españoles a conquistar el imperio Inca. Francisco Pizarro y Diego Almagro, quien descubriría posteriormente Chile, dos analfabetos aventureros, partieron de Panamá en una expedición de conquista con 180 hombres. Tras el asesinato de Atahualpa y de la elite inca, se establecieron en el Virreinato del Perú. Los españoles nombraron como sucesor de Atahualpa a Manco Cápac y asesinaron al inca rebelde, Túpac Amaru. Luego de descubrir la estrategia española, Manco Cápac se refugió en la montana para proteger la historia, identidad, cultura de su pueblo. Los españoles nunca descubrieron el sitio de Machu Picchu, una de las grandes maravillas de la humanidad y expresión de la visión y de la grandeza inca.

Panamá era una plaza española importante, donde el reino había construido la primera ciudad en tierra firme en el Pacífico americano —Panamá La Vieja— y además desarrollaba las famosas Ferias de Portobelo, en el Atlántico. Desde allí, España comerciaba, hace casi 470 años, con sus colonias. A ese puerto del Atlántico panameño, llegaba el oro de Perú y Ecuador y otras riquezas, para ser embarcadas a la metrópolis española.

V Feria Internacional de PanamáCasi cinco siglos después, la Feria del Libro Internacional de Panamá, en su 5ª versión, vuelve a encontrar a dos pueblos unidos por la historia a pesar de sus distancias geográficas.

El libro no puede ser un barco a la deriva, no es papel ni letra de naufragio, y tiene un objetivo: conquistar el corazón del lector, hacer vivir la imaginación, ser aventura, sueño y secretamente, no tiene límites, porque su materia prima es la más valiosa: el conocimiento.

Perú, con alrededor de 28 millones de habitantes, cuenta con una extraordinaria tradición literaria en narrativa, ensayo y poesía. Nombres hay muchos a lo largo de la historia del país inca y rescataremos algunos que nos vienen a la memoria, siempre arbitraria y servida a sus propios gustos, al placer de las lecturas. César Vallejo, que pareciera ser la “piedra más honda, universal y auténtica del Perú”, Ciro Alegría, José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Manuel Scorza, César Moro, Carlos Germán Belli, José Carlos Mariátegui, Luis Alberto Sánchez, Antonio Cisneros, César Calvo, etc. Y los que vienen, jóvenes, y están y aún no conocemos. Las listas son apenas señales, indicios, una orilla de la geografía profunda de la literatura de un país.

Pero es César Vallejo quien nos habla siempre desde su hondura, dolor, con su verbo lúcido, inaugural, permanente, conmovedor, de tigre herido. Hay que volver a leer a Vallejo para entender por qué nació un día en que Dios estuvo enfermo. Masticaba en París, “y no saben por qué en mi verso chirrían, oscuro sinsabor de féretro...”, Los heraldos negros, en 1918, su primer libro nos anuncia, en el poema que abre el poemario, lo que trae en el corazón, en el alma, en los huesos, la metafísica de Vallejo... “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!”. Así se presenta y en adelante todo lo demás será poesía, absolutamente poesía.

Vallejo muere joven, en París, un jueves, tal y como lo anunció, tenía el recuerdo, se va atravesado de humanidad: “Murió mi eternidad y estoy velándola”. Vallejo se biografiaba, en sus últimos días, de adentro hacia afuera, y tal vez más en su tiempo final, aunque siempre lo hizo. “Y no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor”. Se sustancia a sí mismo en Poemas humanos, un documento visceral de sus días, desde la médula, Vallejo vallejea su existencia, el paso, lo que queda transita... “Me viene, hay días, una gana ubérrima, política, / de querer, de besar al cariño en sus dos rostros / y me viene de lejos en querer / demostrativo otro querer amar...”. Son los días de la sagrada escritura, el cholo quiere escribir, “pero me sale espuma”, dice, y no es un decir, porque “quiero decir muchísimo y me atollo”. Resume en estos versos sus adentros, los límites, las pausas, la gota del dolor de la poesía y que horada la roca desintegrada de sus días.

La muerte rondó la atmósfera que respiraba desde joven y su primer libro son Los heraldos de la muerte, no por negros ni oscuros, sino porque hasta la muerte ha estado alegre, dice el poeta. Durante 13 largos años dejó de escribir en París hasta que la tuberculosis lo empujó finalmente a volar su vuelo de cóndor herido mortalmente, con sus húmeros a la mala. Su poema “Intensidad y altura” es un mensaje a su futuro, a su realidad presente, a sus días finales: “¡Vámonos!, ¡vámonos! Estoy herido; / vámonos a beber lo ya bebido, / vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva”.

Entre las pérdidas y los recobros —los libros son como los amores— van y vienen, unas veces se esfuman en el humo de su propio espacio, historia y tiempo. Entre los recuperados recientemente de mi biblioteca chilena, está la novela de José María Arguedas: El zorro de arriba y el zorro de abajo. Son las últimas palabras del autor de Los ríos profundos, “Si no escribo y publico, me mato”, repite y transcribe en esta obra Arguedas, como un feroz testimonio de vida y muerte. La última y única muerte que le quedaba.

“El zorro de arriba y el zorro de abajo”, de José María ArguedasEn El zorro de arriba y el zorro de abajo, Arguedas comienza explicando su último itinerario de vida. “En abril de 1966, hace ya algo más de dos años, intenté suicidarme”. Así abre el primer diario de su novela y lo fecha en Santiago de Chile, un 10 de mayo de 1968. Por esas casualidades de la vida, yo lo conocí en casa de un compañero de curso en 1965, cuando terminaba la secundaria. Él es el escritor José María Arguedas, me dijo, cuando me lo presentó a la hora de almuerzo. Atando cabos, después supe que le atendía una psiquiatra chilena, además de que estaba casado con la hermosa Sybila Arredondo, ex mujer de Jorge Teillier. En esta última novela, Arguedas deja testimonios sobre escritores amigos y conocidos, Nicanor Parra, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Joao Guimarães Rosa; Gabriel García Márquez, José Lezama Lima, Carlos Fuentes, de quien dice: “Es muchos artificios, como sus ademanes”.

“Yo vivo para escribir, y creo que hay que vivir desincondicionalmente para interpretar el caos y el orden”, testimonio, y revela su actitud frente a la escritura, Arguedas. Y va respirando, rumiando tal vez, su desazón... “Y desde ayer, desde que empecé a escribir las primeras líneas de ayer, la nuca me oprime hasta desequilibrarme”. En El zorro de arriba y el zorro de abajo, un lector casual se da cuenta de que su autor se había dejado atrapar por los aires oscuros, somnolientos de la muerte. Dialogaba consigo mismo de su “audacia” por hablar y decir lo que decía de sus pares, incluida la polémica con Julio Cortázar y algunos alfilerazos a los “escritores profesionales”. “Y no porque suponga que estas hojas se publicarán sólo después de que me haya ahorcado o me haya destapado el cráneo de un tiro, cosas que, sinceramente creo aún que tendré que hacer”. Sin embargo, Arguedas tenía alguna esperanza cuando revelaba: “Puede también que me cure aquí en Santiago, como en 1962, de un mal de la misma laya y origen, aunque menos grave y en edad todavía de merecer. Y si me curo y algún amigo a quien respeto me dice que la publicación de estas hojas serviría de algo, las publico. Porque yo si no escribo y publico...”. Y terminó pegándose un tiro.

Le había atrapado el pecho el guayco, perdiéndole del camino, como dice en su epílogo en carta al editor Gonzalo Losada. Se le había venido la avalancha de agua, piedra, árboles. Reconoce que su última escritura ha sido una lucha contra la muerte, que tácitamente según sus palabras y la motivación testimonial de la misiva, daba cuenta de que la muerte había ganado esa pelea. En 1968, y cerramos el círculo de esta nota, recibió el premio Inca Garcilaso de la Vega y lo agradeció con un discurso que intituló: “No soy un aculturado”.

Arguedas habla allí, denuncia que el pueblo que realizó hazañas por las que la historia lo consideró un gran pueblo, ahora vivía oprimido por el desprecio social, la dominación política y la explotación económica. Dijo que ese pueblo se había convertido en una nación acorralada, aislada para ser mejor y más fácilmente administrada.

Se sabía hijo de dos naciones en pugna, etnólogo de profesión, hablaba y cantaba en quechua, pensaba y escribía en peruano.

“Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico y parece ser, según consenso general, que lo he conseguido. Por eso recibo el premio Inca Garcilaso de la Vega con regocijo”.

En 1969, se suicidaría en la Universidad Agraria, donde daba clases.