“O yo no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo”, Carlos Monsiváis.
Es una gracia del mercado y de los organizadores de las ferias de libros, como de las editoriales, que se admita la poesía aún en estos eventos feriales, macros, populares, donde el show de la cultura sube al escenario sin sonrojarse, con sus pobres, maquilladas, heroicas y tenaces galas de la solemnidad oficial.
Hay de todo como en feria, dice un dicho popular, como que no falta nada y son numerosos los artículos, pero a veces suele suceder que algunos libreros quemen saldos perdidos en sus cajones, otros lleven imágenes, revistas, libros de autoayuda, algunos vendan chucherías colaterales, se presenten libros impresentables y asome el fantasma de la ausencia, carencia, del olvido e insustancial perfecto. De los discursos ni hablar, son la cara triste ferial, diluidos en el smog de las palabras. Existe también el “lector chatarra”, que lee basura, por eso los libros banales proliferan, ya que saben que tienen ojos lectores, un público ávido de no pensar, no complicarse, dicen, pasar por alto el abismo que les separa de la realidad o vivir el abismo que supera la realidad y la ficción, como si una calabaza subiera a sus hombros. Vi vagar como en los mejores tiempos, al Poeta Atómico, con unos libros bajo el sobaco que decía tenían páginas más antiguas que los baúles del alma de esas librerías que fusilan lo que ya el tiempo parecía había perdido.
La V Feria Internacional del Libro de Panamá 2009 ha tenido de todo un poco y, como telón de fondo, Perú, país invitado de honor, que ha celebrado los 400 años de la publicación de Los comentarios reales, del Inca Garcilaso de la Vega. (Y el cholo Vallejo, mirando, contemplando en cholo, / desde su mirada triste, / chola, / resguardando la poca / o mucha / o nada poesía / que le queda al mundo / en la tutelar montaña andina / escupe desde el antiguo pulmón de América / Ni un verbo nuevo se ha parido / y los perros ladran / de hambre vieja y nueva poesía ¿Vallejo, cómo se hace / para no votar espuma?)
En el homenaje al Inca Garcilaso de la Vega participaron los expositores peruanos especialistas en la materia, Carlos García Bedoya y Luis Enrique Tord —moderador—, quienes coincidieron en destacar que la sociedad inca es comparable en su racionalidad con la Grecia y Roma antigua, todas grandes civilizaciones.
El Inca Garcilaso de la Vega, según García Bedoya, dice que no hubo conquista en el Perú y que los indios se sometieron pacíficamente a los españoles. Para el profesor García Bedoya es tesis del Inca Garcilaso de la Vega, apuntaba a que los nobles indígenas fueran tratados como sus pares españoles. “Si no hubo conquista, no tenían derecho a despojarlos de sus derechos”, ni a cobrarles impuestos, como ocurría con la nobleza hispana. “Súbditos en igualdad, no bajo una tutela de segunda clase”, apuntó. “Nobles indígenas tan nobles como los nobles españoles”. Para Bedoya se trataba de una postura reivindicativa, social, que llevó a la Corona española a prohibir la lectura de Los comentarios reales. En el siglo XVIII, como bien apunta García Bedoya, hubo 100 movimientos de protesta y en 1781 se apagó la vida y la sublevación de Túpac Amaru. El coloniaje español fue verdugo de Túpac Amaru, ajusticiado con su esposa, hijo, familiares y partidarios. Túpac Amaru luchaba contra la humillación y esclavitud a la que eran sometidos los indios.
Cuando se produjo la Conquista, a nuestro juicio, con el perdón del Inca Garcilaso de la Vega, que partió de Panamá con Francisco Pizarro y su grupo evaporado en la ilusión (poco más de 100, cuentan que eran), Atahualpa fue detenido en medio de un charco de sangre en Cajamarca, una matanza de indios que llevaban en hombros su litera camino a la trampa de la conquista. Atahualpa se desplazaba en medio del jolgorio, la danza, canciones, un ritual digno de su investidura, que encabezan muchos indios y más cerca de su trono ambulatorio otros grupo de danzantes. En la retaguardia, cerrando el camino hacia el Inca, protegiéndole, otro grupo grande con patena, coronas de oro y plata, accesorios que el sol ponía a brillar en la mente de los españoles, que más bien enloquecían.
La litera de Atahualpa estaba forrada de plumas de papagayos de todos los colores, adornada con chapas de oro y plata, los maderos recubiertos de plata y el Inca iba sentado en una silla pequeña con un hermoso cojín. La litera estaba revestida completamente de oro. Previo al baño de sangre, el dominicano fray Vicente de Valverde en compañía de un traductor le entregó un breviario (¿Biblia?) a Atahualpa, quien lo arrojó al piso, “respondiéndole con enojo”. Allí comenzó entre los gritos del fray el ataque español y los indios cargaban en hombros la litera del Inca con sus manos cortadas. La historia siguiente es conocida, Atahualpa se dio cuenta de la codicia española y llenó una pieza con oro en pago por su libertad y vida. Fue en vano, porque lo ejecutaron posteriormente.
Ahí comienza una nueva historia en lo que fue el imperio inca con la muerte de su emperador y señor de esas tierras. Luis Enrique Tord enfatizó más en los orígenes de Occidente, el mundo platónico y neoplatónico, la importancia de las ideas y cómo coinciden de alguna manera esta visión cristiana con las percepciones indígenas entre la razón, la magia y el espíritu. Los indios analfabetos, apunta, visualizaban imágenes y por eso nacieron las iglesias, como representación del mensaje de este nuevo Dios.
Esta trampa que tiende a la historia real el Inca Garcilaso de la Vega, me pregunto y lo hago a los expositores, de no llamarle Conquista a la Conquista sino aceptación pacífica, contrasta con la sangre derramada y el fin del Imperio Inca. Más contrasta aún con la historia de los mapuches de Chile, que dieron dura batalla, nunca reconocieron el imperio inca ni español y tampoco en su momento a los colonos criollos de la frontera. Dos historias diametralmente opuestas, porque los mapuches, araucanos según los españoles, barrieron con las ciudades, iglesias y todo lo que construía el invasor. Nunca hubo dudas en el cacicazgo mapuche de quiénes eran los españoles y a qué venían. No aceptaban un Estado extranjero, quizás porque eran “políticamente salvajes” o creían en sus propias reglas y, pienso, amaban entrañablemente su tierra. La Araucana de Alonso de Ercilla, que funda épicamente Chile, da cuenta de esta historia, donde se reconoce al mapuche por su valor y gallardía.
El descubridor de Chile, Diego de Almagro, también partió de Panamá. Descubriría lo que sería la Capitanía de Chile, un territorio pobre del que pronto regresó a Lima, donde en un enfrentamiento con Pizarro perdió su vida. El hijo de Almagro al tiempo mataría a Pizarro. La conquista tenía sus bemoles entre los españoles. Todo lo demás fue historia sangrienta, de acomodos, y en Chile, una feroz campaña armada contra los mapuches, simplemente interminable.
Los Comentarios reales del Indio Garcilaso de la Vega fueron un documento para el futuro, de acuerdo con García Bedoya, quien consideró que aún no se suturan las heridas del pasado colonial en el Perú. La historia tiene estas luces y sombras, a veces oscuras o nítidamente claras. Evidencian más de lo mismo y nos persuaden de que es la hora de un gran cambio. Toda la inmovilidad del presente es un paso hacia el pasado.