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“Los adioses”, de Juan Carlos OnettiLos eternos adioses de la novela

La novela en América Latina ha sido una gran protagonista, por su ausencia y continuas lamentaciones sobre el boom y el anuncio de lo que no llega: una gran novela. “Realista, ficcional, urbana, un texto híbrido con algo de aquí y allá”, no importa su definición, sino que se escriba.

Más viajados que la imaginación de Julio Verne, pontificadores a destajo de lo que fue y viene, es y no es la novela, “los nuevos” le asignan un reloj especial al tiempo que le queda y un espacio donde debiera ocurrir. La novela latinoamericana no tiene, en opinión de quienes dicen representarla o al menos encuentran el espacio para ser su vocero, una geografía propia, un lugar de origen, un punto de partida dentro de los límites del subcontinente, porque las fronteras se desmoronaron y quienes realizan este oficio sólo nacieron y residenciaron por estos lados, pero ya no pertenecen, son ciudadanos del mundo. La novela, un género fantástico y realista, se presta para todo tipo de especulación. Sobre todo, las que dicta el mercado de manera autoritaria, discrecional y cínica, desde luego, que dice proteger en los best-sellers como colchón a la verdadera literatura cada día más arrinconada. 2009 ha sido un año de diversas y reiteradas declaraciones sobre el abandono del realismo mágico, del distanciamiento del boom, el surgimiento de una novela escrita por “escritores cosmopolitas”. Me pregunto qué diría JLB, Borges, quien ignoró la novela como género. Juan Rulfo, que no hablaba, porque lo había dicho todo en Pedro Páramo. Juan Carlos Onetti, ignorado prácticamente en el boom y ahora podríamos hablar del año de Onetti, a 15 años de su muerte. Todos los escritores del boom o no reconocidos en él, como Augusto Roa Bastos, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, José Donoso y Cabrera Infante, Ernesto Sábato, escribieron grandes novelas y dijeron cosas importantes relacionadas con la vida, la literatura y algunos, la política. ¿Otra época? Sin duda. ¿El mundo ha cambiado? Sí y mucho, pero los problemas esenciales del hombre permanecen intactos, sólo varían de color. Mientras algunos novelistas continúen con su óptica del reduccionismo de la gran novelística latinoamericana, como Cien años de soledad, Rayuela, Pedro Páramo, La vida breve, Los pasos perdidos, Los jefes, Tres tristes tigres, entre otros, continuará este especie de limbo de la novela, que encuentra un gran momento renovador en Roberto Bolaño. Y 2009 también fue un año para Bolaño, y hablamos de dos escritores desaparecidos que ocupan la atención de los verdaderos lectores. Hay quien cree que Onetti pasó toda su vida en cama con una botella de whisky y olvidan que llegó exiliado a España y que ya contaba con una obra sólida construida entre Montevideo y Buenos Aires. Y estas pendejadas, como diría un personaje caribeño de cualquier novelista de este lado del mar caliente y transparente, tienen grandes tribunas y se asolean por sobre la realidad y la historia.

En épocas de farándula literaria ocurre y se disemina todo tipo de anécdotas. El escritor está más preocupado de la imagen, el mercado, ni siquiera del lector, que de realizar una obra contundente sin concesiones. Los “clásicos” escribieron algunas de sus grandes novelas no precisamente en sus países de origen y no tenían el olor a pólvora en sus narices para retratar aquellos días, porque, en buenas cuentas, toda literatura verdadera se nutre de la convicción y fuerza de sus personajes, del lenguaje, de las lecturas y memoria del autor, sus visiones, emociones, verdades y mentiras, de lo que la ficción es capaz de rescatar de un mundo a veces borrado, perdido o por nacer para ser construido.

Cuando divisé Aracataca y vi sus calles polvorientas, como cualquier pueblo bananero perdido en el Caribe, me pregunté cómo Gabriel García Márquez había construido tamaña historia y novela con sólo la memoria familiar, la historia del pueblo, de la casa de sus abuelos y de una Colombia siempre en guerra, desgarrada por las sombras humanas que la habitan como fantasmas hace dos siglos. Por eso me regalé para Navidad la biografía del inglés Gerald Martin: Gabriel García Márquez, una vida. Aunque he leído mucho acerca del nieto del Coronel Márquez, quien le llevó a conocer el hielo, esa magia que sólo disfrutan a plenitud quienes vivimos en tierra caliente. Una novela nace del lugar menos pensado, arranca de una mirada desde el corazón, las vísceras, el olfato, del tacto de los cinco sentidos, porque es toda la piel que poseemos en ese instante la que se transforma en palabras, diálogos, situaciones, días clavados como en un insectario. La novela se vive a sí misma, todo intento por diseccionarla es inútil, porque ella nació de las entrañas y es irrepetible intentar rehacerla, a no ser que la leamos como un viaje personal. La novela se alimenta a sí misma, su escenario es también su propio cuerpo.

Los entendidos siguen explicando el “nuevo panorama, escenario, manera de hacer novela”, como si no bastara desarmar y armar un gran sueño, correr el velo y seguir mirando adentro de la ventana de uno mismo. “Realidad postradicional”, dice el venezolano Gustavo Guerrero, y de algo se tiene que vivir y ganar la vida, imagino. Los críticos de prestigio obtienen los premios de las casas editoriales que venden el producto ya prestigiado. En este solemne mundo, donde la idiotez cava su propia fosa común y sonríe al despertar desnuda y en huesos, luego se arrepiente de anunciar su propia defunción. Así sucedió con quien dijo lo que no dijo, que la literatura latinoamericana yacía amortajada, ya no amordazada como en tiempos de las tiranías.

Se habla de un boom de los años 60, si entendemos bien la fecha, ha transcurrido medio siglo, y uno piensa que en ese lapso debió haber sucedido algo. Se sitúa La Habana como “capital del boom”, como si la literatura respirara por una sola agua y tuviera una sola cabeza. Los padres del boom son hijos de Faulkner, Joyce, de lo mejor de la novela y ficción norteamericana e inglesa, como técnica, y sobre todo de su propia, rica y compleja imaginación. Proust, Flaubert, dieron pasos de animal grande con la novela latinoamericana, que también tuvo la influencia de la poesía de Pablo Neruda.

Nada queda más atrás que el tiempo. Durante una época la narrativa giró en torno a no más de cinco escogidos, es cierto, a pesar de que aún no vivíamos la furia del marketing y la globalización no se manifestaba como la varita mágica del mercado y progreso. Los novelistas tenían presencia y palabra, voz, opinaban, viajaban, y hacían opinión pública porque se pronunciaban frente a la realidad y escenario internacional. No dejaban de escribir buenas novelas. Borges, fue siempre la excepción, distante de la novela, era el maestro y ficcionador por naturaleza. Su narrativa y ensayística, como su poesía, contaba con otros apoyos para trazar su propio laberinto. JLB descendía de otros autores, aunque era un lector universal: Stevenson, Kipling, Schopenhauer, Spinoza, Berkeley, las sagas nórdicas, y desde Macedonio Fernández a Las Mil una noche(s). Aunque Borges hacía su propia excepción cuando se reescribía y leía a sí mismo. Y, en el plano de las ideas, Borges no dejó de disparar, con su clásica ironía, desde la derecha conservadora. A pesar de su ceguera, no escondía la cabeza como las avestruces actuales de una literatura que pretende ser más avanzada que El Quijote de La Mancha. Las épocas cambian, el hombre, los géneros literarios se enriquecen, mezclan, sucumben a un nuevo asombro, la palabra puede llegar a ser nueva (es una condición del cambio), el tratamiento de las obras se renueva, puede un libro tener otro espíritu y forma, sin duda, porque es la esencia de lo nuevo y la literatura también “progresa”, la novela se camalonea. La literatura es todo el pasado, un presente perpetuo, pero también lo nuevo, lo que viene y de lo que sospechamos que alguien escribirá. Es la confirmación de una vieja huella que siempre exploraremos. La novela es la invención de todo y nada, y de nada servirá expulsarla de América Latina, ambientarla en otros lugares, porque novelar es un bumerán en nuestras propias vidas. A veces pienso que la novela es virgen, siempre nos espera para inaugurarla. Esa es su gracia oculta, no ser lo que parece y tener un destino errante de estrella con brillo propio. Qué puedo decir, los grandes novelistas me han puesto a soñar sin límites, a amar la aventura y a creer que todo es posible mientras vivimos sin límites. La literatura es libertad, ¿por qué debiéramos de preocuparnos, entonces, por las fronteras, o el lugar donde se escriben y recrean los personajes? Más bien agradezcamos que ningún camino es seguro y que continuaremos tanteando como si estuviéramos dentro de un pozo oscuro, porque la luz nunca desaparece del todo.