Raúl Ruiz baja el telón Inclasificable, dentro y fuera de la pantalla
El Tercer Ojo del Cine Chileno La historia es la imagen
“Supongo que todos los muertos se van a Chile.
Tengo esa vieja idea paranoica:
cuando uno se porta mal
en vez de irse al infierno se va a Chile”. RR
Raúl Ruiz, la versión cinematográfica de Matta, Huidobro, Arrau, de nuestros chilenos virtuosos y esenciales, bajó el telón en París. Era, sin embargo, el Neruda del cine total. Nuestro Fellini, me parece, desmesurado, surrealista, infinito, barroco, obsesivo, delirante, vanguardista, autor erudito de todos los rollos posibles. ¿El último renacentista del celuloide? Lo cierto es que fue un sureño vertical, nacido en Puerto Montt, y residenciado en el celuloide universal, un tipo con imaginación pantagruélica, delirante, así recuerdo a Raúl Ruiz, el autor de Tres tristes tigres, quien murió en Francia y regresará definitivamente en los próximos días a Chile. El presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, país que le acogió tras su exilio, dijo que Ruiz era un digno heredero de los Lumière, hermanos que crearon el séptimo arte. Hijo de la Ilustración, añadió. El secretario de Estado de Cultura portugués, Francisco José Viegas, donde Ruiz realizó varias películas, lo calificó de un “realizador único” que tuvo con Portugal “una relación casi umbilical”. Chile declaró tres días de duelo. El director del Festival de Cannes, Gilles Jacob, también rindió homenaje al director y su poética única. Fue candidato en cinco ocasiones a la Palma de Oro de Cannes, certamen que lo premió en 1983 por el filme Las tres coronas del marinero. “Sarkozy considera que prueba de la diversidad de fuentes del chileno son “sus adaptaciones de los grandes novelistas franceses que él amaba (Balzac, Giono, Proust)”, o su Misterios de Lisboa, “su última obra, una inmersión laberíntica en la sociedad lusitana”, palabras recogidas por la prensa internacional y parisina. Ruiz lega una obra inmensa, inagotable, incodificable, ruizable por los cuatro costados más el largo de Chile que transforma en cinco los puntos cardinales.
El balance de 48 años de su cinematografía, son 113 películas y otros tantos cortos realizados en Chile, Portugal, Francia y Europa, que suman unas 150 obras. Casi nada hemos visto en esta parte de América cautiva por Hollywood, pero tuve la oportunidad de asistir a la premier de Tres tristes tigres en el cine Marconi en Santiago del 68 y que patrocinaron tres capitanes de barco, entre ellos el padre de Raúl. Tarde memorable para el nuevo cine chileno, que integrarían Miguel Littín y otros cineastas emergentes en los sesenta.
Hablo como un extra de su película La colonia penal de Franz Kafka, estrenada en Italia muchos años después, cuando todos andábamos en algún exilio, y Raúl filmaba a los chilenos en París y relataba las historias que pasaban por la pantalla de su memoria infinita. Filmaba la enrarecida y desolada atmósfera del exilio. Documentaba este nuevo vacío que las imágenes y su visión de cazador de los hechos en bruto, sin actuaciones premeditadas, tanto le apasionaban para armar su rompecabezas con el cual nos llegaría a perturbar, sorprender lisa y llanamente. Un inclasificable, diría, dentro y fuera de la pantalla. Autor de culto, clásico, chileno raizal, universal. Hombre de mitos y realidades, por ahí enfocó la cámara como pocos, hasta hacer crecer tal vez una historia dentro de otra historia o una película dentro de otra película. Italia, recurro a su historial y palabras, fue una de sus patrias de experimentación para su cine más puro, libre, alejado de cualquier cautiverio.
Como Extra de un filme kafkiano que nunca vi, les aseguro que Raúl Ruiz es un personaje interminable, fascinante, porque ninguna punta tiene inicio ni fin. El hilo conductor siempre será Raúl Ruiz, un director fenomenal de una historia atravesada en los sueños de su visión rabeliana asistida por un ciego de la calle Ahumada. Raúl Ruiz se paseaba por la vieja historia occidental, de Chile y la propia, con sus guiños personales, y al vuelo del rodar de la memoria del presente y futuro, asumía la más fresca expresión de un verdadero testigo de su tiempo, rodaba sin tiempo, atrapado en el propio escenario que construía, como arquitecto del nuevo espacio vislumbrado. Barroco al barroco deslumbrar / de imágenes inconclusas, aire desdoblado al ojo / luz del objeto / ¿Alguien nos mira o somos nosotros mismos / la ventana ciega al pasar? ¿Un espejo es la otra imagen del paisaje? No sé ni adivino / solo el ojo circula sobre el mar / que agita la espesa geografía / y deletrea la palabra oscuridad / Nadie piensa en nadie / La imagen fija la imagen. / Nada / está más fuera de foco, Maestro / que la realidad / y sus múltiples sombras.
RR nos sorprendió con su olfato trasgresor desde sus Tres tristes tigres y de ahí en adelante no se detendría ni para coger impulso. Las filmaciones en Francia, Portugal, Italia, Holanda, los premios y reconocimientos no se hicieron esperar en San Remo, festivales de Orleans, París, Berlín, Cannes, San Sebastián y Chile siempre se aplazó a sí mismo como en los viejos tiempos ya conocidos: se amputó las manos, cortó la lengua, tapó los ojos, no vio prácticamente las películas de Raúl Ruiz. Nadie dijo nada. No se olviden que yo hablo como un extra, sin pelos en la lengua, haciéndome eco del Chile post mortem, siempre festivalero con los artistas ausentes. (Estuve a punto, es un paréntesis, de ser contratado en un papelito de expendedor de alimentos en una tienda o un bar, y con paga esta vez, pero muy miserable. Los horarios terminaron por no coincidir, pero volvía al estrellato, al menos, por insinuación del destino. ¿Todo acto fallido puede llegar a ser una salvación?)
Sigo con nuestro personaje emblemático, premiado en Estados Unidos como un autor de culto por el Círculo de Críticos de New York; en el festival de Rótterdam,1986, se le reconoció como uno de los veinte cineastas del futuro. Profesor visitante en Harvard y en otras prestigiosas universidades norteamericanas y europeas, como en la Católica de Valparaíso.
En los ochenta comenzaron a reconocer internacionalmente al cineasta chileno, de acuerdo con los estudiosos, por dos de sus obras más emblemáticas: Las tres coronas del marinero y La isla del tesoro.
En su gloria más cinematográfica contó con estrellas norteamericanas y europeas: John Malkovich, Marcello Mastroianni, Isabelle Huppert, Catherine Deneuve y John Hurt.
Los extras hablan sin libreto, son como un bulto blanco o una sombra más pálida que su reflejo. Es decir, no se notan, han superado la sombra. Están casi detrás del espectador. Deambulan por la imaginación del gran telón. Se les puede encontrar en algún pasillo. Nadie los ve. Ni ellos se miran. Caminan por la vereda de la ausencia. Son parte quizás de una nostalgia acumulada por el insomnio. Lo que cuenta es el duende del director, el reflejo de un camino que nadie ha trazado. Por ausencia nace el monólogo. La voz en off fue una de mis pasiones. La rótula del cojo del cine tras la silbatina de los espectadores. Cojo, cojo, cojo. Viejos biógrafos, teatros, cines de la infancia y adolescencia, historias del beso casi robado a las estrellas frente a la pantalla, en las sombras tibias de las butacas.
Fue el 87 cuando regresé a Chile y caminando por la calle Ahumada me encontré a Raúl Ruiz, quien había sido autorizado por la Junta Militar para que pudiera ingresar a Chile. Les habían borrado la poderosa y enigmática L de su pasaporte, la letra más poderosa que se traducía como exilio. La K, de Kafka, siempre me pareció la más adecuada. Un abrazo, la sonrisa franca y me dijo, vamos a tomarnos unos tintos y a comer empanadas al Rápido. Nos sentamos en una mesa en medio del bullicio y contar y escuchar historias. De pronto le trajeron su caña, copa de bar, y tenía una trizadura que marcaba claramente una letra L. Nos reímos. Creo coincidimos en pensar que el futuro se estaba aclarando y que vendrían días mejores para Chile, como en efecto ocurrió en menos de tres años.
El viernes en la mañana contaba a mi mecánico unas anécdotas sobre Raúl y le hablaba de su descomunal vocación artística y fílmica, y lo despistados que andaban los chilenos de Chile al no percatarse del tamaño de este personaje. El mecánico también es chileno, si no para que estaría hablando sobre un tema que se lo llevaría el viento. No sabíamos de lo que ya había ocurrido en París.
A los extras nadie los toma en cuenta. Sus actos son transitorios, leves, ejercicios necesarios. Sigo pensando que Raúl era distinto y por eso esta es una conversación entre nosotros. Una manera de pasar revista a un tiempo sin poder recobrar. Marcel Proust ya había hecho por escrito ese trabajo y Ruíz lo recobraría fílmicamente. Yo acostumbraba a hablar, referirme a Raúl Ruiz, cada vez que había una oportunidad. Era mi personal reconocimiento a un artista total. Durante años tuve la peregrina idea de que se debía hacer un esfuerzo y traer alguna de sus películas. Me olvidaba que era un extra. ¿Quién te escucha? y pone atención, menos. Francia es la dueña de sus derechos, es algo difícil, engorroso. Esas fueron alguna de las respuestas. Siempre me hacían ver un telón negro. Cero público. Silencio de cine mudo. Aquí no ha pasado nada. No formamos parte de la taquilla. Hollywood, Hollywood. ¿Quién es un extra para plantear estas cosas? El extra rema, rema y nunca llega a la orilla. Su esfuerzo es casi ridículo, nadie le presta atención, sólo si falla, ahí se cae toda la escenografía sobre su humanidad. Mientras cumpla, quizás un palmoteo en la espalda. Pero un extra, tengo el pálpito, es un ser bien nacido, jamás olvida que forma parte del guiño de un director. Por algo lo escogió a él. ¿Uno entre la multitud? Un guiño dentro del guiño del espejo multiplicador de Raúl Ruiz, no es poca cosa. La cámara sigue las grandes escenas y también se detiene en un pequeño tic tac. Santiago era tan joven como nosotros. Me recuerdo a mí mismo, a Raúl, Waldo Rojas, quien me lo presentó, a un camarógrafo que asesinó el régimen militar tiempo después. Ruiz partiría al exilio. ChileFilms era la hoz y el martillo para el régimen militar. Estaba prohibido pensar, él, una de las almas más libres que ha dado Chile. Ni pensarlo en quedarse en la zigzagueante provincia de Chile, hijastra del capitán general. Le habrían borrado todas las películas. Hasta las huellas digitales. El cine era el telón de Aquiles de la Junta Militar. ¿Demasiada luz para tanta oscuridad? Tantas preguntas, en un país que fue una sala de interrogatorio de punta a punta. Hasta los gorriones debían cruzar un retén militar. Recuerdo esas cosas al sentir piar los pajarillos en mi ventana. Es el canto de la libertad, Raúl. El cine, si no es libre, termina siendo una fotografía de familia o una mala película. ¿Cuántas escenas plásticas? ¿Ficción dentro de la ficción o de los efectos especiales? ¿Cuántos libretos sin carne ni huesos? Imágenes que nadie reconocerá ni siquiera en el mercado de las Pulgas de las imágenes. Ahora sé que, detrás del ojo de Raúl Ruiz, estaba la realidad de lo posible, un sueño siempre por realizar, la pura y simple imaginación, un gramo de libertad en la balanza de todos los tiempos y aquellos por venir.
Del epilogar
La noche de enfrente, basada en cuentos del chileno Hernán del Solar, fue su último filme y trabajó contrarreloj en su montaje en París. Un título sugerente. La noche que no deja de mirarnos. Las líneas de Wellington y El niño que enloqueció de amor eran dos proyectos en los cuales ya estaba soñando. Si me alcanza la vida, alcanzó a decir y advertir con la poderosa voz de la imagen final.