Borges debe estar muerto de la risa

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María Kodama y Pablo Katchadjian

Jorge Luis Borges debe estar muerto de la risa con esta idea y acusación de plagio a su obra maestra El Aleph. Un escritor lúdico, laberíntico, insaciable lector y “deudor” de todas sus lecturas, recreador original, personaje de todos sus borges, autor de una impecable obra contaminada, concisa, trasgresor de sí mismo y con un lenguaje de rigor espartano. Solo se miraba en el espejo de su obra descreídamente como si no le importara el reflejo de los otros borges que decía ignorar, pero amaba sólo por desconocerles y saber que nunca le pertenecerían.

María Kodama, su viuda, avalada por su matrimonio en Asunción, Paraguay, cuando viajaba Borges como un elefante guiado por su instinto hacia su última morada, Suiza, ha interrumpido una vez más el concierto sublime de la creciente ópera prima de la obra de Borges, desde su muerte en 1986, para demandar a un joven escritor e impresor argentino de 34 años, por editar El Aleph engordado. Pablo Katchadjian, el demandado, propietario de la pequeña editorial Imprenta Argentina de Poesía, añadió 5.600 palabras más de las 4 mil originales del texto, sin cambiarlo. El tiraje de la obra es para gourmet, solo 200 ejemplares, porque sin duda los tiempos no dan para más y se trata de un escritor con más recursos literarios que económicos. El gran juego de la literatura no requiere de millonadas de ejemplares, el público se concentra más en los casinos, estadios de fútbol, malls, centros de belleza, cruceros, best-sellers coelhianos, cines, Internet, celulares, TV, nintendos, en cualquier lugar de entretenimiento inclusive solitario frente a una pantallita en un aeropuerto de paso hacia alguna parte.

Jorge Luis BorgesAl leer algunas notas, rastrear en el trasfondo de lo ocurrido, donde no hay muchas pistas, conociéndose lo que es formalmente un plagio: “Copiar o imitar fraudulentamente una obra ajena, particularmente, una obra literaria, artística” (María Moliner). La otra María, Kodama, en declaraciones a Clarín, zanja, en mi opinión, toda duda sobre la existencia de un plagio cuando dice contundentemente, y cito textual las palabras del mencionado periódico argentino: “Toma todo el cuento sin pedir autorización. Hemos perdido el respeto a nosotros mismos, por eso no respetamos a los otros. Si uno usa algo que no es propio, lo mínimo que puede hacer es pedir permiso”. El autor del engorde da una explicación en una entrevista a Clarín: “El texto de Borges está intacto pero totalmente cruzado por el mío”.

No es plagio lo que alude la venerable viuda borgiana, más bien es una queja de procedimientos, malas maneras, falta de cortesía, consideración, ausencia de protocolos de uso de una obra. La guardiana borgiana esperaba una solicitud y ella sabría si extendía una autorización o permiso para proceder el autor. No sé si existe un manual de Carreño frente a las obras de arte. Duchamp fue el más salvaje, le puso bigotes a la Gioconda. No, al original de Leonardo no, a su propio invento. Donde trabajo, una oficina de arquitectos, un italiano es fanático del ready made del maestro Duchamp y siempre parte de una historia que aplica a sus composiciones de interiores, que recrea con su propia imaginación y apuesta estética. Toma de aquí y de allá, así construye lo nuevo, que es una suerte de pastiche, pero que no lo es. Es el ready made que engorda a través de una obra original.

Qué dice el imputado Pablo K., un personaje al que María K. está transformando en un caso kafkiano. (Ya había ordenado alfabéticamente el intocable Martín Fierro). Tiene cara de turco simpático Katchadjian, pero su apellido me recuerda esas ex repúblicas islamistas ex soviéticas que comienzan con la letra K. Para María K., los procedimientos de este experimentalista per se deben ser de terror. Veamos qué opina el autor. Son declaraciones al diario La Tercera de Chile:

Un día, de la nada, escribí en mi libreta: “Engordar textos —p. ej. El Aleph”. Unos meses después empecé a hacerlo. Y fue bastante trabajoso, porque quería permanecer en una posición intermedia al engordar: no ser yo ni tratar de ser Borges, es decir, no perderlo a él ni perderme a mí. Sí deslizarme a veces más para uno y otro lado, pero sin llegar a ser paródico —porque no quería eso— ni tampoco, digamos, hostil y agresivo —ya que el texto me estaba recibiendo, había que ser amable. Y sí: si el Martín Fierro ordenado alfabéticamente está hecho por un robot en un minuto, El Aleph engordado está hecho por un artesano a lo largo de varias semanas.

Sin ver la obra, estamos ante un trabajo habitual en la literatura: la intertextualidad, que es la presencia de un texto en otro. El intertexto es un viejo recurso, y para Barthes todo texto es un intertexto. Las variantes son diversas y el lenguaje tiene esa flexibilidad, riqueza, recurso, y un autor consciente de ello, como el propio Borges, nunca recurriría al plagio sin un aviso previo, que tampoco sería ocupar el sitio del Otro, sino recrearlo en la variante de una nueva imagen frente a un espejo recién creado. La intertextualidad provoca hibridez y da paso a un texto distinto. La intertextualidad es la parte más lúdica del lenguaje tal vez, le pone máscaras y sombreros desconocidos, un rostro para cada palabra, idea, imagen.

Gabriela Cabezón, de Clarín, cita a Borges, cuando descubrió una intertextualidad sobre sus famosos prólogos y dedicatorias, muchas veces falsas. El padre de El Aleph hace gala de su ingenio, modestia y humor, y con esta respuesta apaga las velitas del incendio que quiere iniciar María K.: “No recuerdo haber escrito la generosa y acaso justa epístola que me atribuye el señor Álvaro Menen Desleal, a quien no conozco; sospecho que se trata de un ingenioso mosaico de frases mías, tomadas de diversos textos y amplificadas por el mismo señor A.M.D. Ya que el volumen consta de una serie de juegos sobre la vigilia y los sueños, queda la posibilidad de que mi carta sea uno de tales juegos y travesuras”. Borges se refiere al escritor salvadoreño Álvaro Menen Desleal, quien escribió un libro que tituló Cuentos breves y maravillosos. El primer cuento se llamaba “Prólogo de Borges”: el centroamericano tomó frases encomiosas de, efectivamente, distintos prólogos de Borges, las mezcló, cambió los apellidos de los autores encomiados por el propio y listo, de acuerdo con la periodista de Clarín.

Según el diario Clarín, la cita legal será la Secretaría 110 del Juzgado Número 3. El título, “Demanda por infracción de los artículos 72 y 73 de la Ley 12.723” —la de propiedad intelectual. Es un delito de la familia de las defraudaciones. La pena, hasta seis años de cárcel. Pablo Katchadjian, comenta el diario, “es un escritor argentino nacido en 1977 y apreciado sobre todo por otros escritores, por su diestro manejo de diversos procedimientos literarios y el cultivo de una poética del absurdo”.

La defensa ya tiene padrinos como testigos, los escritores: César Aira, Beatriz Sarlo, Jorge Panessi y Leonor Acuña. Ellos saben que Pierre Borges Menard fue el Otro autor del Quijote. Lo único en contra de Pablo K. es que entre los sueños de Pierre Menard estaba luchar contra los turcos. Pero PM se dio el lujo de escribir los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte y un fragmento del capítulo 22 de la obra magna del Manco. Los capítulos de Pierre Menard son idénticos a los del Quijote, pero no lo son. La literatura nos lleva a caminos desconocidos, es como el amor, siempre hay un destino escrito y otro que lo reescribe. La verdadera autenticidad de Menard, sobre el que se inspiró Borges, también está en entredicho. El maestro nunca dejó su oficio de ficcionador y ser un autor de homenajes a la literatura como fuente de vida, existencia y compromiso con todas las realidades. Su truco consistió en enseñarnos todos sus trucos.

El AlephLa reescritura es la firma original de Borges a una parte importante de su obra. El autor de El hacedor rehizo el fin del propio Martín Fierro. Borges no pensaba en Borges, ese escritor era un tipo demasiado desconocido y listo para él. ¿Cómo controlarlo? Lo dejó ir hasta cuan lejos pudo llegar. Me pareció una apuesta arriesgada, pero necesaria. Seguramente, si se va a juicio, Borges estará allí, como Pepe Grillo, soplándole a la oreja ideas a los defensores del turco K., perdónenme los lectores esta licencia literaria y amical. Desde luego sin que lo note María K., lo consideraría una traición. Pero el tema del traidor ya es otro tema que Borges manejó casi a la perfección. Después de este improbable paréntesis, un poeta chileno nos relata una experiencia notable y que viene al caso, cuando él estuvo en vida.

Enrique Lihn, poeta chileno, en su comentario Las vicerrealidades de Rodrigo Lira (1984), nos abona sobre el tema. “A veces —dice Borges— creo que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos que los buenos autores”. ¿Este es el caso? Lihn, autor de La pieza oscura y uno de los referentes latinoamericanos de la poesía, nos da cuenta de su propia experiencia de hace ya 28 años. “Sin ser quizás yo un buen autor, tenía yo mi tenebroso y singular lector”, relata. Rodrigo Lira, joven poeta chileno que se suicidó, le confesó a Lihn en una ocasión que “no se consideraba poeta sino diestro manipulador del lenguaje y con facilidades para aprender idiomas”. Una vez, relata Lihn, llegó a su hatillo de General Salvo con un ejemplar de su novela La orquesta de cristal corregida, más bien editada por él. “En una edición hechiza sumó páginas en blanco que se inundaron de las enmiendas, inserciones o eliminaciones y sustituciones a que había sometido mi novela a partir de un solvente trabajo de corrector. Algo me halagó abrumadoramente. La correctiva lectura, el retoque humorístico de la portada del libro. La reproducción parcial de Les Musiciens á la orchestre de Degas y un proyecto ocurrente de la portadilla: la célebre etiqueta del Vermouth Cinzano en la que se había sustituido una leyenda por otra —la marca por el título de la novela— enmarcándolo con una guirnalda de las banderas replegadas de todos los países consumidores del mundo”. “El reeditor espontáneo de La orquesta”, en palabras y reconocimiento de Lihn, “me aseguró que mi libro no había llegado a su merecido público, debido a la forma indebida que lo había publicado la editorial Sudamericana; doble enunciado en que tenía la mitad de la razón”. Le pedí a Lira el ejemplar de la novela para revisarlo, interesado en conservar esa curiosidad, pero no me pareció que se tratara de una propuesta realista ni me detuve a pensar qué se ocultaba detrás de ella, cuál podría ser la meta propuesta. Lira, en opinión de Lihn, era un erudito de la contracultura, del pop y del pop art. Lo describe como un sabueso del rock o del nuevo jazz, con sus patillas de Sherlock Holmes y marco grueso de sus anteojos.

Lihn llega a una conclusión: la escritura de Lira era su modo de intervenir la realidad. En el contexto de la obra de Lira y sus parodias, actuaciones en el escenario, en sus textos hiperliterarios, Lihn acude a Lacan y lo cita: “¿Qué encuentra el hombre en la metonimia, si ha de ser algo más del poder de rodear la censura social?”.

Lihn no solo es un poeta indispensable, sino un crítico inteligente, acucioso, tenaz. Vuelve a Borges en varios escritos, en 1977, y sostiene que desde el comienzo o casi de su carrera literaria, supo atribuir su obra a otros. “Si las páginas de este libro permiten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo previamente”. Lihn advierte que solo “los ignorantes o los tontos pueden creerse, si son, además autores únicos en su género o productores agéneres de una obra única en su especie”.

Lihn, que no traga nada sin digerir, se pregunta si Borges no ha invertido parte de su escritura en autofabularse. “Sus textos antioriginales”, remacha, “tienen (aparentemente) la virtud de remitir explícitamente a otros textos en lugar de ocultar sus fuentes, y, además, se citan unos a otros, encuentran cada uno de ellos, parte de su fuerza de extrañeza y de persuasión, en la comunidad de una intertextualidad borgiana”.

Todo lo que he hecho, remata Lihn citando a Borges, está en Poe, Stevenson, Wells, Chesterton y algún otro.

A mis lectores conocidos y desconocidos, me atrevo a remitirles a mi texto “El insuperable Gordo de Carver”, un autor que, después de muerto, al parecer sufrió varias cirugías literarias y sobrevivió. El Gordo de Carver es el mismo pero Otro en mi texto, que le acompaña en su real y circunstancial existencia, cenando una noche en un restaurante. Desde el título no me he separado del autor con un elogio merecido, con el superlativo insuperable. Es un Gordo que vive en Denver, además, una connotación intertextual que nos lleva a Rolando Denver. Es un diálogo, en que acompaño a su autor, entre el Gordo y la Camarera, realzando esos bellos momentos de afectos propios del buen servicio y la comprensión humana. Son horas aparentemente muertas, pero reales. Carver no dice estas cosas, yo, en mi relato, trabajo una serie de momentos como si todo fuera en un mismo ascensor, pero en ese subir y bajar nos damos cuenta al final de que cambiará una de las vidas. El Gordo de Carver seguirá siendo el mismo, no dejará de vivir en Denver y ser quien es, por más mano que metamos al lenguaje.

Nicanor Parra, el último primer vedette mundial de la poesía chilena, Premio Cervantes con retraso y morosidad, es un antipoeta de la intertextualidad por convicción y alevosía, mediáticamente retirado en el avispero de sus 97 años. Tiene una cita algo incierta, para este 23 de abril, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, con los reyes de España, Cervantes y la poesía. Su nieto, Cristóbal Ugarte, ha informado a los medios que ha renovado su pasaporte, pero que no ha pensado en subirse al avión. En principio será este nuevo descubridor de España, Cristóbal, quien leería un supuesto discurso de su abuelo. Él mismo ha dicho que a veces envía un año después sus discursos, que demora tiempo su investigación. Ha dado algunas pistas al diario chileno La Tercera y su enfoque sería el Quijote de Avellaneda. Ya no está el Manco de Lepanto para denunciarlo. Sin embargo, cuenta Milán Kundera que cuando en 1614 apareció el Quijote de Avellaneda, Cervantes reaccionó acusando de ladrón a quién la escribió, pero sin pedir secuestro de la misma, sólo lo obligó a modificar un prólogo. ¿Un guiño intertextual al genial Cervantes y a su obra como a la historia que lleva en su memoria tamaña obra durante tantos siglos? Cristóbal dice que su abuelo no está listo. Lleva tres meses recopilando libros, anotando en sus cuadernos, reflexionando como un Quijote seguramente en Las Cruces, donde cohabita con el siglo XXI. La Tercera revela que Parra, entre sus investigaciones que no son pocas, “ha escuchado referencias muy lúcidas que vinculan al tango con la obra de Cervantes”. ¿Alcanzará Parra a elaborar su discurso? Una gran interrogante aún no dilucidada. El capítulo sexto es una de las grandes pistas que anuncia el medio chileno, porque allí Cervantes se refiere al libro fundacional de Chile: La Araucana, de Alonso Ercilla y Zúñiga. Yo “esp(e)arraría” un discurso culto, popular, con humor, dedicado al autor y a su obra, original y absolutamente parriano.

Nicanor ParraInternet es una pista sin límites para el plagio en todas y cada una de sus acepciones. El famoso copy-paste merece un altar y es un ídolo de barro que debiera pasearse en una procesión por condenados al infierno del olvido. El plagio y el anonimato son dos espantos de un mismo sueño, acariciar la perversidad con la punta de la lengua, sin quemarse. El plagio pareciera ser un bocadillo irresistible. Internet es como la Gran Manzana, todos la muerden hasta saciarse, porque consideran que es un nuevo paraíso recobrado en la palabra.

Existe un plagio, uso y abuso, silencioso, en la red, de personas que inclusive dan conferencias, dictan cursos en las universidades, escriben libros, discursos, se farolean en la TV, etc., con un material que no les pertenece. ¿El plagiador tiene dios, pero no ley? Las ideas, pareciera, no tienen padre ni madre, son huérfanas de nacimiento y las usa cualquiera que forme parte del vecindario global, no importa dónde habite, si tiene acceso, es suficiente para arrojar su primera piedra como si fuera propia. Antes de Internet, mucho antes y después, como en las antiguas fábulas, el plagio ha funcionado como una máquina selectiva fuera de control y en ocasiones ha alcanzado a escritores laureados con prestigiosos premios. Alguien me comentó de un plagio sin contemplación de la Biblia, supe de un poema de Gonzalo Rojas, de una conferencia sobre Neruda que una cónsul chilena se despachó delante de mis narices y me dijo: “Es que iba a citarte”. Hay plagios de todos los colores, sabores, tamaños e importancia. Desde las simples ridiculeces del ego a los actos “maquiavélicos”, elucubrados, pensados para entrar con saco silencioso a las páginas violadas de autores que usaron el magín, y desvalijarlas. Existen rateros y artistas de la simulación. El plagio es un trofeo de barro. Es inevitable que el mediocre usurpe lo que no es capaz de elaborar, y no solo ocurre en literatura. El arribismo es una de las piezas maestras que maneja el individuo con énfasis en la sociedad del siglo XXI y con anterioridad, pero ahora impulsado por el poder y el lucro per se, esa avidez que descorazona, es decir, deja sin corazón a su autor. El consumismo impulsa y promueve una mentalidad hedonista insaciable y para contentarla se expone a toda suerte de juegos ilícitos, poder, azar y entrega. Es un escenario que vive por y para el mercado farandulero de gran y medio pelo, ese pequeño actor de la banalidad y sus múltiples máscaras, que copia con las uñas sucias, porque reescribir requiere de talento.