ChileSi vas para Chile...

Comparte este contenido con tus amigos

Al inaugurar esta nueva avenida de Ciudad Letralia, dedicada, como canta un compatriota vuestro, “al último lugar del mundo, luego de la cordillera...”,1 quiero explicar el porqué del nombre que le hemos dado.

“Si vas para Chile” es un viejo vals creado por el compositor chileno Chito Faró y que con el tiempo ha venido a convertirse en algo así como nuestro segundo himno nacional. En efecto, los chilenos en el extranjero se emocionan hasta las lágrimas con esta canción y quienes nos visitan acostumbran a cantarla para agradecer o recordar a sus hospitalarios anfitriones. Al menos eso es lo que dice la leyenda urbana y necio sería tratar de desvirtuarla, demoliendo de paso todo el romanticismo chauvinista y autocomplaciente que genera en cada hijo de Chile.

En fin, cuando el autor creó esta canción, Santiago —nuestra contaminada capital— era poco más que una pequeña aldea con aires aristócratas encerrados por un cordón de miseria que estaba a su vez cercado por otro pintoresco cinturón rural, agrario, campesino y folklórico. De hecho, en el vals se afirma que “el pueblito se llama Las Condes y está junto a los cerros y el cielo y, si miras de lo alto hacia el valle, verás que lo cruza un estero, campesinos y gentes del pueblo te saldrán al encuentro viajero y verás cómo quieren en Chile, al amigo cuando es extranjero”...

¿Qué queda de ello? Vamos viendo. Las Condes no es ningún pueblito, es la comuna más rica y próspera de la capital y del país. Allí viven los grandes empresarios y la socialité de nuestra delgada patria. Hace algún tiempo, la comuna se subdividió en tres: Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea, lo que le dio la posibilidad a la derecha de elegir tres alcaldes en vez de uno y de que nuestro llamado “barrio alto” parezca más grande en el papel.

Decir que está junto a los cerros y al cielo es verdad, pero requiere de una profunda dosis de fe. Lo de los cerros es totalmente cierto, la majestuosa Cordillera de los Andes es parte de esta ciudad comuna, pero no siempre puede verse detrás de los edificios de altura que acogen a los holdings empresariales y a los hoteles cinco estrellas donde se alojan normalmente multimillonarios, mandatarios extranjeros y príncipes y reyes de todos los colores (hace poco el sultán de Brunei repartió millones en propinas a los afortunados mozos y botones de uno de ellos). Respecto del cielo, el acto de fe es mayor, porque la contaminación santiaguina es tanta,, que una cortina negra acompaña nuestra capital durante todo el año (los amigos extranjeros podrán ver la cordillera desde la azotea de una de las torres del ex pueblito o incluso podrán trepar a ella en menos de una hora, pero ver el cielo, ver el cielo será más difícil si no llegan después de un día de lluvia).

Mirar de lo alto hacia el valle será lo mismo, de hecho ya no hay valle, autopistas urbanas ultramodernas donde se paga mediante un dispositivo electrónico adherido al coche (tag),2 automóviles y trenes que circulan en túneles subterráneos, millones de vehículos, especialmente locomoción colectiva conducida por unos señores cuya amabilidad y cultura es inversamente proporcional al tamaño y cantidad de las máquinas que circulan por nuestro gran Santiago.

En cuanto al estero, el río Mapocho, escuálido y sucio ya no baja cantarín ni transparente, en el último tiempo una supermoderna autopista urbana lo ha terminado de ultrajar encerrándolo y siguiendo su curso por debajo de su lecho3 (Pobre Mapocho, cuando Pedro de Valdivia fundó Santiago en 1541, el río tenía dos brazos. Tiempo después le cercenaron uno y lo convirtieron en avenida principal desviando todo el cauce por el otro, ahora encajonaron el que quedaba y le metieron una calle por abajo).

Lo más divertido de todo es que en Las Condes ya no quedan ni “campesinos ni gentes del pueblo” y los encopetados señores que allí viven no son precisamente tan hospitalarios como para salir a tu encuentro ni menos para quererte de buenas a primeras. Si tienes la desdicha de no ser caucásico o no llevas un apellido alemán o inglés, nadie te tomará en cuenta.

Bueno, pero nada de eso importa mucho. Nuestra típica canción de bienvenida y nostalgia es nuestro himno popular y estas crónicas que pretenden hablar de lo que pasa en nuestra “larga y angosta faja de tierra” tienen la intención de mantener al día a los ciudadanos letralianos de nuestras cuitas literarias, artísticas y sociales.

Un abrazo desde Chile, el último lugar del mundo...

 


  1. Canción creada por el cantante venezolano Ricardo Montaner en homenaje al público chileno.
  2. Ese es el nombre del aparatito que nuestro ingenioso y socialista gobierno implementó para seguir esquilmándonos los bolsillos
  3. Dios nos libre y nos guarde de que la naturaleza quiera algún día recuperar la dignidad de su río y la flamante autopista subfluvial se desmorone convirtiendo a los automóviles en submarinos no equipados para sumergirse y a sus conductores en pobres peces que terminarán golpeando la puerta del pescador Pedro para que los acoja en el cielo alegando que su único pecado era conducir por una calle sobre cuyo techo corría un río.