Nieve sobre Santiago

Si mi amiga Lilian Fernández Hall hubiera estado de visita por Santiago de Chile se habría sentido como en su casa, porque la muy contaminada y congestionada capital chilena se cubrió de una blanca y espesa capa de nieve que desató una variopinta cantidad de comentarios relativos a este raro fenómeno.
La verdad es que a mis casi 42 años, sólo una vez vi caer nieve en toda la capital, fue por allá por los inicios de la década del 70, cuando mis padres me llamaron al patio para que viera nevar y ayudara a cubrir las plantas y flores que mi madre cultivaba con esmero y que, según decía, “se iban a quemar”. A mis cinco o seis años de edad resultaba incomprensible entender cómo la nieve helada podía quemar, pero esa noche inolvidable vi caer la nieve sobre mi patio.
Hace pocos días se repitió la novedad. Los noticiarios no dejaban de mostrar los distintos barrios capitalinos y la reacción infantil de los vecinos celebrando la nieve. Al otro día nos enteramos de la verdadera tragedia agrícola en nuestros campos y vimos cómo nuestras hortalizas y verduras desaparecieron bajo la blanca capa helada. Pero no nos ha importado demasiado.
Lo curioso, en todo caso, fue esa rara costumbre que tenemos de estar mirando siempre hacia el norte desarrollado a la hora de entender lo que nos pasa en nuestras narices. En efecto, diarios y noticieros mostraban nuestra nevada ciudad y casi sin excepciones comparaban el paisaje con la Europa alpina o pirineica. Algunos más atrevidos, con Escandinavia.
Se multiplicaron las imágenes de nuestros cerros nevados: El Blanco, el Renca, el Manquehue, el San Cristóbal, el Santa Lucía y hasta el pequeño y humilde Cerro Navia, todos vestidos de perfecto blanco y con temperaturas de un par de grados bajo cero.
Estas comparaciones, siempre absurdas y antojadizas, me hicieron recordar la Exposición Mundial de 1992 en Sevilla, donde Chile acudió llevando hasta la mismísima España nada menos que un iceberg desprendido de la Antártica. Quisimos, en esa ocasión, recién recuperada nuestra democracia, demostrar al mundo que no somos una nación latinoamericana más (sinónimo de tropical y poco confiable), sino serios aspirantes al gélido primer mundo. Antes como hoy pienso que esa absurda pretensión es, tal vez, la mejor demostración de que somos bastante más parecidos a nuestros hermanos latinoamericanos de lo que nos gusta admitir.
En fin, por un par de días Santiago de Chile fue como los Alpes suizos y muchas “Heidis” criollas disfrutaron de la nieve y no fueron pocos los que andaban cantando canciones tirolesas mientras se lanzaban bolas de nieve a sus gélidas humanidades.
Tampoco nunca les vino mejor el apelativo de pingüinos a nuestros escolares que la mañana del jueves 9 y del viernes 10 caminaban resbaladizamente ateridos por las blancas avenidas de la ciudad.
Pintoresca (¿o tropical?), por decir lo menos, la actitud de las autoridades educacionales que decretaron que los niños podían ir a clases sólo si querían, debido a las condiciones climáticas.
En fin, chilenos somos y por eso queremos ser europeos, aunque nuestro terruño apenas se sujete a la cordillera andina y casi se caiga del mapa en el Mar del Sur.
Habrá sido culpa del cambio climático, del calentamiento global, de Al Gore o, tal vez, nos estamos volviendo por fin europeos (porque chicanos somos hace como treinta años, cuando los Chicago Boys, adoradores del dios Friedman, clavaron sus estacas en esta tierra y la hicieron soñar con billetes verdes) y mañana, quién sabe, capaz que ganemos algún Campeonato Mundial de Fútbol, total para eso tenemos contratado al Loco Bielsa y le pagamos el doble de lo que gana el entrenador actual de Argentina.
¿Quién dijo que no hay plata? En Chile, últimamente, incluso nos alcanza para hacer nevar...