Estamos en temporada de verano en Chile y las escuelas y colegios están de vacaciones. Sin embargo, para molestia de varios estudiantes, desde los primeros días de enero aparecieron a la venta en supermercados y tiendas los uniformes y útiles escolares. He escuchado a muchos niños y jóvenes quejarse de que no deberían recordarles la escuela en los meses de vacaciones. Pero la cosa va más allá aun, leo en un artículo de una revista una fundada opinión respecto de lo negativo que es que algunos colegios, especialmente particulares, hayan dado para los dos meses de vacaciones lecturas obligatorias. En lo personal, jamás se me habría ocurrido semejante aberración y tuve la fortuna de que mis profesores de castellano cuando fui alumno tampoco lo hicieran. Me sorprende la cantidad de colegios que, según la nota, usan esta práctica.
Siempre he recomendado a mis alumnos leer en verano, pero nunca les he dado lecturas obligatorias ni menos les he dicho que les voy a controlar lo que lean. El artículo presenta luego opiniones de especialistas que señalan que dicha práctica aleja a los niños del placer de leer y me surge la pregunta de difícil respuesta que siempre nos hacemos los profesores de lenguaje: ¿por qué los niños no leen?
En mi opinión, hay tres razones fundamentales:
La cultura audiovisual, digital e hipervinculada es mucho más atractiva por la enorme cantidad de información y variedad que ofrece.
Los padres, en general, que tampoco leen demasiado que digamos, no se constituyen como ejemplo de lectura.
La escuela, como institución formadora, hace rato que no logra adecuarse al mundo moderno y sigue entendiendo la lectura domiciliaria como un hecho obligado, forzoso, academicista y aburrido.
Vamos por parte:
Si le preguntamos a un niño qué prefiere hacer y le damos como opciones la televisión, el mp3 o mp4, el computador, el play station o algo similar, un DVD o, incluso, los juegos del teléfono celular o bien un libro, probablemente lo último que elija sea el texto tradicional. Nos vienen entonces todas las complicaciones, remordimientos y hasta algunos enojos y terminamos, muchas veces, castigando a los niños. Es más, en pocas ocasiones los padres se detienen a verificar si sus hijos están leyendo o escribiendo en el PC, algo que en esta época es bastante más común de lo que pensamos.
Si los niños ven que los padres leen algo más que la sección deportiva del diario o el horóscopo, probablemente les llame la atención. Si los niños ven que sus padres leen continuamente libros y revistas, tal vez encuentre que son raros. Digo esto porque muchos especialistas recomiendan leer frente a los hijos para dar ejemplo y creo, firmemente, que eso no sirve de nada en los tiempos modernos, si no va acompañado de otra acción: comentar en familia lo leído, convertir la lectura en motivo de conversación, porque eso sí le entrega valor al ejemplo y permite socializar los contenidos alcanzados a través de la lectura incluyendo entre ésta, por cierto, los libros y textos digitales, que hoy hay de todo tipo, género y para todos los gustos.
La escuela, por su parte, ha desarrollado una magnífica campaña anti lectura dando a leer textos obligatorios, generalmente aburridos y luego, casi como castigo, tomando pruebas o exámenes dificilísimos, preguntando detalles insignificantes y complicando las respuestas en demasía. ¿Qué conseguimos con esto? Convertir la lectura en una tortura doble, la de la escuela y la de la casa, porque probablemente muchos padres le dicen a los niños: “¡Apaga la televisión (o el PC, o el DVD, etc.) y ponte a leer!”.
¿Alguien puede encontrarle sentido a esto?
He tenido buena acogida cuando mis alumnos eligen los textos y sobre todo cuando las pruebas o controles de lecturas son entretenidos y dinámicos. Convertir el texto leído en comics, instalar la posibilidad de intervenirlo a través de cambiarle finales, agregarle capítulos, poner y quitar personajes, modificar épocas y ambientes, dibujar un momento del relato, suelen ser buenas maneras de evaluar la lectura sin provocar temor o aburrimiento. Por cierto que es más trabajo para el docente. Pero somos profesionales.
Otra forma de incentivar la lectura con un valor agregado enorme es el Programa de Lectura Silenciosa Sostenida, de Mabel Condemarín, cuando se aplica como corresponde, y sin los acomodos de la improvisación o restricciones genéricas, funciona a las mil maravillas. Cuando los niños pueden elegir entre un libro de ciencias, un Condorito, un cuento o lo que quieran, están formando lo que yo denomino su mirada lectora, su gusto, su capacidad para elegir.
Finalmente, los seminarios socráticos, el uso dinámico y creativo de las lecturas de los libros de texto y la combinación de estrategias de lectura con comentarios digitales, son altamente entusiasmantes para los niños.
Por cierto, de todas estas ideas señaladas, probablemente algunas no funcionen con todos los hijos o alumnos, pero más de alguna funcionará para nuestra alegría y sorpresa.
Lo más importante es que los niños puedan captar, por sus propios sentidos, que la lectura es un placer y no una tarea, obligatoria, aburrida, prescindible o, peor aun, castigadora o amenazante.