Simón Sáez MéridaLa piedra, nada más

I

Las cosas, los sustantivos, la muerte, el habla poética en quien siempre estuvo cerca del precipicio. Un hombre del peligro ahonda la inteligencia de esa hondura, la epifanía de su paso por la tierra, por sus propias imágenes. La piedra, la estación de los seres allí contenidos.

Simón Sáez Mérida fue un hombre de acción. De la historia reciente de la Venezuela rasgada, de la que continúa rota en estos momentos de confusión. Su muerte, signada por mano anónima, mano malandra, lo acerca más a la piedra o al hierro que hirió su carne: “El / fuego / nos / circunda / y / la / muerte / se / vuelve / una / piedra / encendida...”.

Lo que cayó desde un puente. Lo que traspasó sus músculos y derramó su sangre. He allí el testamento, la prefiguración, la muerte cantada de antemano.

De la poesía de Simón Sáez Mérida sabemos poco. Textos sueltos, relámpagos. Ahora, cuando esos sustantivos, esa muerte inflamada nos acerca a su libro La piedra, nada más (Editorial La Espada Rota, Colección Estación Durable, Caracas, 2005), su presencia desnuda nuestra ignorancia, nuestra postrada ingratitud. Se trata de un pequeño libro donde respiran unos hermosos textos, casi hablados, casi sonados en el corazón de quien los dice, casi callados entre los dientes partidos por el efecto del golpe, por los adjetivos de la violencia de un país donde “la / vida / no / tiene / biología...”.

Madre,
el hermano borró
sus grandes ojos negros.
Hace años
endureció su pecho,
golpeó las letras,
su fecha de morir,
su lápida
y los claveles de papel.

Se revela Sáez Mérida en la memoria, en un tiempo traspasado por las palabras. Quien escribe, quien canta, transita el eco familiar. Marcó la muerte en el lugar donde habrá de estar la eternidad, pero también la silueta efímera de unas flores de artificio. Más puede la memoria. Más puede el vigor de la imagen del hermano en sus propios ojos. Los sustantivos esenciales del tiempo.

 

II

Estas dos miradas temporales, el pasado y el presente, sometidos por el día después de la piedra, el origen y el destino. Los sonidos se decantan luego de haber pasado por el fuego. La “piedra encendida” del comienzo se agota en la “ceniza sideral”. Sentimos en estos poemas el estado de unas visiones que explotan en la cara de los lectores.

Un rostro,
dos,
grandes ojos inmóviles
un rostro,
dos,
la zoología deambula
entre botellas verdes,
un rostro,
dos,
la muchedumbre
no tiene nada que contar,
dos,
tres,
la ceniza no llega aún.

En este texto una realidad se confronta. La ciudad o el desierto: un rostro que mira y se confunde con la bestialidad entre los despojos que descubre otra presencia, otro rostro. Al hacerse multitud pierde su identidad. La masa es sólo lugar, suma de rostros, suma de gritos, suma de silencios.

Y así, el hombre urbano, atado a la muerte de su memoria, regresa en el agotamiento de la muchedumbre. La ciudad es una reiteración de mensajes, un cansancio permanente, una suerte de enfermedad en medio del ruido de las calles a punto de perecer. El poeta, el ser anónimo que canta lo que queda, atisba desde el rincón de sus palabras:

La ciudad
no tiene nada que decir,
sus motores mueren
sin lluvia que tomar,
sin vientos.
La ciudad
mató sus gallos
al amanecer.
La ciudad
es de tierra cocida.

Y así como la madre, reservorio del afecto, el padre, voz de la memoria. El tiempo alivia el olvido. Imágenes desbocadas que reclaman su espacio a través de las visiones reveladas: “Padre, / un siglo pesa mucho / y los gallos no llegan. / Un siglo / tiene ruedas y tórtolas, / naranjas, baúles, / caballos rojos, / alcaravanes / y las burbujas de la lluvia. / Padre, / un siglo pesa mucho, / la alegría sobrevive, / sin embargo”.

La imagen de los gallos, la de un país que se levantaba desde el patio o desde la altura de algún árbol. La herrumbre del tiempo, la destrucción de visiones y hablas. La búsqueda de lo perdido. Sin embargo,

Los amigos
regresan con las espigas del maíz,
con las botellas destapadas,
con las fajinas,
íngrimos,
y se van hacia las lápidas vacías,
allá, bajo los grandes árboles.
sólo los cascos galopan
día y noche.

La muerte reitera. La soledad de quien invoca a los ausentes. ¿Cuántos amigos quedan, cuántos aún no miran hacia el lugar de la muerte?

La metáfora de la piedra, la imagen de lugar para la creación, para la multiplicación, se lee en este texto: “Hoy / mi piedra / se quebró en mariposas / y la vigilia / se llenó de zules. / La noche / floreció transparente, / amarilla, / y el toro, / el viejo toro, / se murió de amapolas. / Nada más”.

No obstante, la muerte/vida, allí, en la casi continuación del poema anterior:

Íngrimo,
veo que dios cabalga
en los gusanos
y la vida regresa
en grandes mariposas,
que hay un alambre
bajo la luna
y la noche se muere
con los pájaros.

El poeta insiste: la vida, la reproducción, el espacio vigente. De aquellas primeras andanzas, la voz aparece en este instante, se vuelve desesperanza: “Nada más, / la vida, / una brizna de hormigas, / del humo, / de la piedra, / una catástrofe / que vive y muere sobre las aguas. / Nada que hacer, / la tierra mueve / sus grandes manos”.

Para el cierre, el libro —con la voz del padre a cuestas— “sólo cuenta las piedras / sólo el tiempo con ellas, / suyo como una cáscara”, y también honra las imágenes que anuncian la anterior ingrimitud:

Ya es hora,
una palabra sobre la soledad.
Qué paradoja,
uno desborda la alegría,
inventa que las piedras
tengan su primavera,
que los pájaros llenen el amanecer,
y luego la soledad continúa,
anónima, perpleja,
quieta sobre el vacío.
La piedra está allí.

La piedra, nada más: toda la naturaleza de la vida y la muerte, del retorno a la primavera del mundo. Piedra y vientre, continente de las más urgentes revelaciones, de los más ansiados instantes de la eternidad.