La plenitud de la experiencia ancestral encuentra en Santos López a un genuino representante del imaginario de los orígenes, el que da paso a la memoria, a un paisaje donde los ecos del pasado se aferran a la recuperación de un espacio perdido, un mundo expresado desde el ánima infantil, la que mira y se convierte en palabras, asidero para regresar a la arcadia, al sitio asignado.
Los buscadores de agua (Casa de la Poesía J. A. Pérez Bonalde, colección La Diosa, Caracas, 1999) es el retorno a un estar en las imágenes donde respiran los personajes y el tiempo de un hombre que se nombra desde un paraíso recobrado a través de la poesía.
Las sabanas de la Mesa de Guanipa conservan el espíritu del que se repite constantemente en las voces de una cultura destinada al olvido. El poeta Santos López, revelado en el silencio de quien ya no lo mira, traduce su interior y nos lo entrega en una oración: “el polvo de un camino profundo”. La muerte comienza a ser en el infante que descubre el mundo desde lo alto de un árbol genésico, “recordándome la vida”, único en él mismo, “uno con mi persona”. La voz del poema emerge de alguien reconocido en su propio ser vidente, habitante de la intemperie del pasado.
“Mi árbol está fijo en el cielo, / Sus raíces profundas no tienen sombra. / Y su tallo gira sin tiempo sobre olas de mercurio”. Desde ese sitio, reflejo del que recorre el tiempo telúrico, se ven los misterios y movimientos de los hombres, de los que fueron, de los chamanes traducidos en corteza de árboles, en trozos de nubes, en polvo migrado.
¿No están Chimire, las danzas primitivas, los cantos, sanaciones y travesías por el desierto asentados en este libro que el poeta afirma como “una mentalidad no mental”?
II
Pero es el silencio, constante fundacional en la madre Tierra que contempla al hijo desde la oscuridad. La página que nos inicia en la lectura, precisamente, una “experiencia desértica”, como en alguna parte afirma Guillermo Sucre. Y desde esa infinita motivación por preguntar, el poeta cuestiona y abandona el lugar que después es sueño, tránsito por “el silencio del silencio”.
¿Qué busca este libro en quien lo construyó? ¿a quién persigue cargado de polvo, que “era un jaguar y podía atravesar / el día y la noche con un solo salto?”. ¿Acaso no encontramos en este universo abierto de la Mesa de Guanipa el reflejo, la lectura del mundo en la boca del poeta? El mito es una abreviación del universo, la sustitución de la realidad, de lo que no se ve y se siente en lo invisible e indivisible, en la muerte: la casa donde antes estuvieron las voces de la heredad.
Quien habla se deshace en el aire. Los puntos cardinales del nacimiento, la movilidad del horizonte en sus cuatro nominaciones aparece en la clase de geografía de la abuela, sabia en estrellas, sabia en los cambios del cielo y de la tierra.
Entonces la casa comienza a tomar forma. Detalles de rincones, pertenencias, la historia de una tinaja donde no sólo hubo agua sino los secretos de los orígenes, de lo primigenio absoluto. No obstante, la voz dice guardar el secreto de aquellos que regresan de un viaje, “del silencio que en vano / intento descubrir”. En el fondo de la vasija, donde habla el corazón, reposa la quietud, el agua buscada, la que sació la sed de la herencia.
Un vocabulario se hace sintaxis en el paisaje, el mismo que sigue allá en la extensa llanura, en la respiración intransigente del trópico, en el día escogido para buscar el agua sin alterar las fuentes. Los que viajan por el desierto llevan la carga del tiempo, “guardan la certeza de que morirán contemplativos”, y el paraíso crecerá en la articulación expresiva de los dioses, en la historia que Santos López narra con los ojos puestos en quienes atraviesan el polvo bajo el sol, entre temblores, con la sed infinita en la boca y la mirada, atados a un paisaje donde la sombra sólo abunda en el recuerdo. Un solo día dura el viaje entre corrientes adversas, el tiempo borroso iluminado, a la deriva de una felicidad que fue anterior y aún se siente al final de las horas.
Quien busca agua se encuentra, regresa a lo que fue y desea seguir siendo. Ese es el caso del autor de este recuento de memoria doméstica y universal, quien se mira en las voces anteriores para que la madurez halle la sed que lo llevará a la fuente donde abrevan los silenciosos, los perdidos en el cosmos y vienen “hacia nosotros”.
III
El tema se multiplica en Los buscadores de agua. La herencia de la palabra busca en el barro ancestral. Se tropieza con el paisaje interior de los muertos, pero también con las ciudades donde los sedientos, los que se iluminan con el agua buscada, dejan rastros para ser encontrados.
Si bien no se advierte una unidad —el poemario se abre al yo de la muerte, a los sueños, a un personaje anclado en una historia de aparecidos y diálogos, al dolor en el mito, la confusión babélica, el caos, la locura y un ars poética que define y abre la posibilidad de otra lectura—, sabemos que ella está en el silencio de los fundadores: “La poesía es respiración / Y recuerden siempre: / Las respiraciones de cada quien están contadas”.
El agua es la vigencia. Dentro de ella, como el cielo, se respira el tiempo y la muerte, la contemplación, el silencio, el fuego.