Fray Tomás Roca, en la aprobación de Sueños de verdades descubridoras de abusos, engaños y vicios en todos los géneros de estados y oficios del mundo, dice sin apañamiento alguno que “...tengo por cierto que de la agudeza de ingenio, fértil de tan varia erudición, declarada con lenguaje tan limado y terso, quedarán contentos los que leyeren, y, aun los que bien saben, aprenderán muchas cosas de provecho”, con lo cual igual quedamos contentos porque, ciertamente, los que hemos leído algo de nuestro padre Quevedo no dejamos de alabar su talento y presencia en nuestra diaria locura.
Es válido aceptar lo dicho por Fray Tomás, toda vez que en las páginas de estos Sueños ydiscursos aparecemos, unos ahogados, otros llenos de aliento para añadirle a la lectura la trascendencia de quien escribió por aquel año dicho por el cura, 1627, esta obra que hoy, entre tantos abusos y vicios, nos toca de cerca.
De la mano de Fray Tomás quedó escrito: “Die 25. mensis Ianuaria. Imprimatur. Io, Episcopus Barcinonis Don Michael Sala, Regens”. No cabe duda, Quevedo no fue un fantasma, escribió, y cómo lo hizo.
II
En uno de sus discursos, Quevedo desliza: “Yo que en el Sueño del Juicio vi tantas cosas y en El alguacil endemoniado, oí parte de las que no había visto, como sé que los sueños, las más veces, son burla de la fantasía y ocio del alma, y que el diablo nunca dijo verdad, por no tener cierta noticia de las cosas que justamente nos esconde Dios, vi, guiado del ángel de mi Guarda, lo que se sigue, por particular providencia de Dios; que fue para traerme, en el miedo, la verdadera paz”.
Pareciera contradictorio. La última frase: “en el miedo, la verdadera paz”. Pero no es así, dice que Dios esconde cosas que no somos capaces de advertir. Pero más allá de la premura, de la angustia natural del hombre, el miedo forma parte de esta sacudida: somos hechos de miedo, aunque nos desatamos en la paz para que el miedo deje de ser o se apodere del pinchazo en la espina.
El miedo se anida en la paz, pero si ésta no sabe detener los riesgos, el miedo se aposentará sin que Dios sepa que Él mismo forma parte de esa coyuntura que avanza sin derrotero.
Quizás Quevedo no escribió con esta intención. Pero como el miedo es libre, entonces vayamos por él para retarlo y hacer posible la idea de que el miedo es una estructura natural, un archivo de imágenes sordas y mudas que se activan con la realidad.
III
Más terrenal, menos apegado a su ángel de la guarda, Quevedo se alista: “Todos íbamos diciendo mal unos de otros: los ricos tras la riqueza, los pobres pidiendo a los ricos lo que Dios les quitó. Van por un camino los discretos, por no dejarse gobernar de otros; y los necios, por no entender a quien los gobierna, aguijan a todo andar”. El autor destaca la palabra gobernar, porque duda de quienes dicen gobernar, como todo creador. Historia vieja, restitución ñángara de la vendimia de la injusticia.
Pero más adelante, nuestro padre Quevedo precisa: “Las justicias llevan tras sí los negociantes, la pasión a las mal gobernadas justicias, y los reyes, desvanecidos y ambiciosos, todas las repúblicas”. No tenemos reyes, pero como si los tuviésemos: gobernantes desvanecidos y ambiciosos: invisibles en sus desempeños y ganosos de hacerse más al lujo y al buen vestir que al trabajo, que para eso se les da de yantar. Y de las “mal gobernadas justicias”, ni se diga.
Entre nosotros, Quevedo sigue cantando, desnudando cuerpos enfermos. Lo que se glosa no tiene desperdicio. Por el camino de los sueños y discursos, leemos hasta el hartazgo lo que nos huele mal.
Entre unos y otros, aquel desparpajo: “¡Camaradas, qué trances hemos pasado y qué tragos!; lo de los tragos se les creyó porque hacían fe recuas de mosquitos que les rodeaban las bocas, golosas del aliento parlero del mucho mosto que habían colado”. Y de los que hablan mucho, ¡pardiez!
Quédase el tiempo colgado en la percha. Pero para Quevedo, aquello de quedarse no va: recorre con sabia decisión lo que otros dejaron de lado.
Abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo, el que gira alrededor de las ideas, de esas que hoy se colocan en la puerta y dejan pasar tanta estupidez.