“Unisex”, de Carlos FloresUnisex

1

Uno —lector, taxidermista o proctólogo— amanece en un hotel con los ojos pegados al espejo. Un aguijón de culpa o felicidad gelatinosa aparece en el fondo de las pupilas. No obstante, se mira y duda de quien lo mira, pese a saberse dueño de su virilidad con el condón colocado en el correspondiente lugar. Revisa parte de la vida y piensa en la mujer que respira satisfecha —decir insatisfecha podría avergonzar al protagonista de esta aventura— mientras el día comienza a posarse sobre la ciudad.

Quien lee pudiera pensar que se trata de historias re-creadas por, en este caso, Carlos Flores, autor de Unisex, editado por Aguilar para la colección Llámalo amor, si quieres, que acertadamente lleva adelante el poeta Leonardo Padrón. Pero no es así, es mucho más que eso: son historias de la vida real, como suelen decir quienes al frente de un micrófono relatan los sufrimientos de un personaje de telenovela o el desfile militar de soldaditos de plomo un día cualquiera tomado como patrio.

Otro escenario nos muestra al ¿mismo? personaje que engulle una hamburguesa frente a dos jovencitas del siglo XXI, zumbadas, una por el novio que la dejó, otra convencida de que no pasa nada y hombres sobran a montón. El comensal interviene y sale con las tablas en la cabeza, casi juzgado por acosador, por el solo hecho de decirle bonita a la muchacha en el fragor de una rumba de supuesto despecho. Terminada la hamburguesa, o a punto de abandonarse a sí mismo, le desea: “Ojalá que te dejen preñada”. Y a otro asunto.

 

2

El asunto nos embarca en un ménage á trois. O cuatro y hasta cinco mujeres revolcándose en sus fluidos. Alicia, la amiga lesbiana que también se acuesta con él. Sexo y política saltan a la vista y se convierten en una humorada, en una perversión deliciosa que se transforma en mueca.

Dos instantes dibujan el desparpajo y una sonrisa:

Siempre me gusta criticar a la gente que la está pasando bien... es como si yo fuera el único tipo inteligente que tiene derecho a divertirse, emborracharse, drogarse y joder eternamente.

(...)

Yo sonrío y sigo comiendo pizza sin saber qué decirle.

—Bueno —hago un intento—, te conozco bastante bien, a no ser que me digas que eres chavista. Eso sí sería una tremenda sorpresa y me callarías la boca.

—Mi amor, prefiero, ser puta, bisexual y periquera que chavista.

—Brindo por eso.

Chocamos las botellas y sonreíamos.

La lesbiana y el macho desnudan sus aspiraciones: las de tragarse el mundo, las de no perderse un momento sin que la vida —la que es una novela por capítulos, entre “perico” y licor— deje de andar en dos o cuatro patas, en cuclillas o con las nalgas sometidas a una permanente algarabía.

Escritura suelta, irreverente, falta de respeto a los oídos conservadores, Unisex usa pantaletas o interiores, qué más da, para vacilarse una y parte de otra, sin miedo, al voleo del amor, sustantivo que encaja perfectamente en el juego carnal más que en el romántico. Por ningún lado aparece Gustavo Adolfo Bécquer, gracias a Baco. Eso sí, Eros confirma su capacidad de aventura a punto de ser Tánatos en la jungla urbana —Caracas o Valencia— donde los cuerpos se agitan al ritmo de las mareas y de los husos horarios.

 

3

Vuelta al mismo cuarto del hotel, el 103. Esta vez con la Leona. Es casada y con hijo, pero tan libre que es capaz de soltar perlas como la que aparece en este diálogo:

—¿Qué vas a hacer hoy?— pregunta ella.

—La verdad no sé. ¿Y tú?

—No tengo planes pero estoy segura de que será idéntico a lo que hago todos los días de mi vida. Sin sorpresas.

—¿Y no es una sorpresa que estemos aquí?

—Sabes que no, Carlitos —dice ella y a mí me revienta que me digan Carlitos, y ella lo sabe—. Estas son las cosas que yo hago... hoy contigo, pero generalmente sin ti.

Y la misma ventana por donde la mira sentarse en la poceta. Abrir la llave del lavamanos “para que no la escuche orinar o cagar... Imagino que está pujando y en menos de un minuto toma papel toilette y se limpia. Cierra el grifo, baja el tanque y entra a la ducha, sin verme”. Total, un ser humano vulgar y silvestre, prostituto y complejo: una mujer que se vacila el mundo y caga, como cualquier bestia de la selva citadina. En medio de todo ese berenjenal, del down individual, el hombre de treinta años se queja del mundo, del cosmos, de la Vía Láctea, de la perra del vecino, del aburrimiento que ambos —la Leona y él— sufren “en un país que se está derrumbando a velocidad ultrasónica, donde hay más pobres, enfermos y desamparados que nunca... en un extraño país al que le cayó una diabólica maldición... ¡y yo me quejo porque me aburre mi vida! ...ojo, pero al menos tengo una vida”.

Así, llega el desánimo, nunca falta, y el mundo aparece por la ventana, hecho un desastre en el espíritu de quien fuma en interiores mientras a la Leona se la traga la ciudad, el demonio del aburrimiento.

 

4

¿Qué dice Mary McCarthy mientras repasa The Naked Lunch de Burroughs, que no sea ese espíritu de “utopía agriado”? En Unisex, más allá del desparpajo, de la burla y los deseos de incendiar el mundo, nos topamos con este papel de lija que se desliza por la piel social, por las ganas de saltar por la ventana y no dejar herencia alguna. Y así, la asepsia, la circular capacidad del perro al intentar morderse la cola y agregarle al fastidio una dentellada. “Carlos” o “Flores” —ese narrador que se ubica en él mismo— es su materia prima, su propio razonamiento utópico, en tanto práctica y diseño vital, presto a mofarse para después filosofar sobre la estupidez, la de quien cuenta y “tiene insomnio como Caracas”.

Todo el libro, entre gays, homosexuales, mariquitas, maricones, maricas, fanfarrones, lesbianas, mujeres casadas o solteras y demás especies, se pasea por el “sufrimiento” de estar en lo mismo, en una miseria que podría parecer tragedia a los ojos de quienes se sirven un gin tonic, encienden un cigarrillo y lloran por la ausencia de ella o él. El despecho es sólo un pequeño gruñido. O nada.

En estas “historias rotas”, donde como en Sam Shepard no hay héroes, los “personajes ambiguos” son más reales que imaginarios, encajan perfectamente en las Crónicas de Motel del escritor, dramaturgo y actor norteamericano. Tarantino también se las juega con su manera de dibujar su clima ficcional.

Una tarde en Seattle, el 1 de noviembre de 1981, Shepard “intentó arrojarse por la ventana / y le dije que no valía la pena / no es más que una película estúpida / no tan estúpida, dijo ella, como la vida”.

No obstante, en otro poema, escrito un poco antes, en julio del mismo año, dijo: “La buena suerte / consiste en caer / del lado izquierdo / del azar”. O como el personaje de Carlos Flores —o el mismo Flores—: “Todo el mundo se queja”. Que es como lanzarse, estrellarse.

Personajes escombros, alejados del “amor”, pero locos de amor, viven en la habitación 103 de un hotel de Caracas por donde pasan todos los cuerpos femeninos. Como en discotecas y pasillos, oficinas o retretes. Crónicas de motel, cuentos de desamor, del deseo puro y exacto, como para afirmar que “Nadie está enamorado de nadie...”.