Gonzalo FraguiGonzalo Fragui
Viaje a Penélope en una botella de mar

I

Un lector se sumerge en el mar. El ahogo —esa ironía propia de las mareas— lo invade y lo arrastra hasta una orilla de verbos, de imágenes flotantes. Un lector se asegura de un salvavidas, consciente de que su vida no está en peligro, pero lo hace. Desde el fondo del mar, desde las mesetas tectónicas del océano, se siente el devenir de un personaje, hinchado por el tiempo; cubierto de musgo; lamido por la lengua de una invisible ballena, la del paciente Job, un barbero bajo una lluvia de segmentos aéreos, pero también un personaje diario que se nos compara, que se hace un adentro y un afuera.

Digamos, lectura en mente, que quien sabe nadar sabe respirar bajo el agua. Y aunque suela eludir maremotos y esos asuntos internos de la zoología marina, también sufre los embates de la imaginación, mejor, de la realidad, tan dada a convertirse en damisela, en poema, en mujer desnuda, en mito, en revelación, en sobresalto.

En esta vertiente se encuentra Gonzalo Fragui, un poeta merideño, un convaleciente de la ironía, del humor, el favor y el amor por las palabras. Un hombre amarrado al poste de un barco fantasma, como pudo haber dicho Eli Galindo. Un hombre atado a la elaboración de universos, mundos perdidos y encontrados. Un poeta que es capaz de procurar, en descargo de una suerte de felicidad desprendida, como toda felicidad, traslúcida, inasible, hasta voraz, por soñar lo menos y no caer en la tentación de ser felices a fuer de creerlo.

El mar seco de aquel verano largo
se mojó con las primeras lluvias
de este invierno corto
que más que corto fue efímero
y más que primeras lluvias
fueron primeras lágrimas.

La poesía de Fragui se concentra en los títulos De otras advertencias, El poeta que escribía en menguante, De poetas y otras emergencias, La hora de Job, Viaje a Penélope y Dos minutos y medio, donde imperan la mirada cotidiana, íntima y pública, y el juego de dados de la ironía, esa inteligente desmesura que emerge de cualquier mar y recurre a todos los desiertos.

 

II

Abrevamos en cada uno de los momentos de la obra del poeta andino. Se nos atraviesa una lluvia, un “otra vez”, una constante en la que es posible la soledad, un lugar para lamer el tiempo, la voz de otros días: “Otra vez llueve / y estoy aquí / Solo en esta sala / a mi lado hay un teléfono / que como fiel perro espera / echado a mis pies / Quisiera tener el número de Ninoska / hoy la vi más hermosa / le dije / que parecía como salida de un cuadro de Gauguin / ella sonrió / yo que abandoné la pintura a los diez años”.

Un poco más adelante en estas mismas advertencias, la lluvia continúa su trabajo, y para consolidar lo afirmado arriba, se vale de un epígrafe de Éluard en el que la soledad navega en la misma soledad, en esa espera que ya es permanente: “Llueve sin culpa / anegando los días de recuerdos / si fuera poeta escribiría / amándote de nuevo / pero sufro tanto cada verso / que el poema me desangra”. En esta entrada, el texto juega papel protagónico: forma parte de esa intemperie íngrima y soledosa, de esa estirpe consumida, la de un hombre que escribe para que el dolor sea breve o extenso en su persistencia. Por eso afirma: “El día que escampe / posiblemente ya no estemos”. La metáfora de la lluvia es un encono, un vacío, una forma de decir que el mundo puede cambiar, como la vida cerca de un precipicio.

Este libro continúa su cauce navegable. Entre revisiones y un momento en la infancia, Gonzalo Fragui desata el nudo socorrido: “Falso que la historia se repita / simplemente advierte desamparos / dejándonos su cuota de amor / unos ojos tristes / unos labios tiernos / y un olvido certero”. La soledad, esa punzada indolora.

 

III

Con El poeta que escribía en menguante vertebramos el libro anterior. Un poema largo, numerado como el aliento de quien no tiene reposo, un canto en el que quien escribe se percibe horario y escalofrío, animal y sudoración de los días, parte menguante de un estadio vital, de claras referencias, de personajes vistos como en un fresco: “Se sintió solo y quiso abrazar a Manuelita / la amaba tanto como el Libertador / la encontró un día muerta de frío en un taller / habían pensado ponerla en una plaza / pero los moralistas se opusieron / ¡cómo era posible una libertina en una plaza! / mejor / ahora viviría para siempre con el poeta”.

De esa hora a esta que nos conmina, De poetas y otras emergencias, en la que quien escribe levita o cabalga, se reconoce en lecturas y autores. Con Cesare Pavese, por ejemplo, el viaje definitivo: “Pretextó un viaje / y se marchó efectivamente / alquiló una habitación / en el hotel del pueblo / llamó a todas sus amigas / ninguna acudió al llamado / apagó entonces el teléfono / desnudó sus pies / y emprendió el viaje / no hubo disparo alguno / pero su marcha silenciosa / aún retumba”. ¿Existe alguna simulación, un pretexto, una ubicación como espectador para ser testigo de la despedida del poeta italiano convertido en imagen de quien escribe desde Mérida y desencadena la ironía, el silencio necesario, la pasión de mirarse en el espejo y parecerse a quien se marchó, con la única diferencia de que el poeta de hoy, el que nos desmenuza con su acento, no precisa desaparecer, toda vez que su imaginario lo intenta?

 

IV

¿A qué hora llega el reloj de arena, a qué hora es el tiempo de Job? ¿cuánto dura un poeta frente al espejo de una palabra? ¿qué silencio evade para no ser, deslastrarse de lo que pasa demasiado advertido y se sumerge en un mundo de langostas? La poesía no explica, se hace con los huesos, las cáscaras y la médula extraviada del mito, la realidad y sus asuntos, la no realidad y sus otros asuntos. Un barbero anónimo, para el lector, es la justificación. Nada es más significativo que lo inexplicable: “Anoche volvieron las langostas / Millares de langostas como bombarderos caza / se lanzan sobre mi trigo / y cuando pasan junto a mi cabeza / veo que son hojillas gillete platinum plus / pero es sólo un momento / porque luego dan la vuelta / convertidas en langostas otra vez / hasta que pasan de nuevo frente a mis ojos / y la misma historia de las inoxidables”. ¿Cuántos Gregor Samsa respiran en las pesadillas de un sujeto que tiene que entrar a la barbería? ¿cuántos miedos o relámpagos para saberse invadido por el desasosiego surrealista de un instante de realidad? ¿Y si la locura lo visita, le sirve la mesa, la tiende la cama o lo despide a la hora de ir al trabajo? Es la hora de Job, no sabemos si alguna ballena perdida entra y sale de la casa. No sabemos. La paciencia también forma parte del extravío. Pero después llega el verdadero Job, el melenudo, el negado a ser vegetariano, el que no le teme a la muerte sino al dolor. El capaz de ubicarse en estos días y confiarnos su identidad, ser nosotros. Finalmente, entre el ropaje nocturno, hizo pensar a Dios: “Un poeta es más peligroso que un país”.

 

V

Pese al mar, están las mujeres. Pese al olvido, están sus piernas, sus senos, el amor, la cabellera de Circe, sus miradas, o una sola para bastarnos y después huir. Su filosofía y hasta los gatos reflejados en la luna. Ese es el Viaje a Penélope, un texto para viajar al lugar de una mujer, a un pasado que es tan presente como lo que no decimos. He allí los personajes de nuestra común tragedia y gracia. Somos herederos de Grecia, de la mitología y hasta de las sirenas. Depositarios de estos versos: “Recréate con los olores / el olor a naranjas de las manos / el pino de su cuerpo / el jengibre de su boca / el incienso de sus hendiduras”. Los aromas de varias culturas, de varias posiciones corporales, de varios aposentos visitados.

En Dos minutos y medio continúa la escritura de la mujer, la pasión por decir de ella y hacerla con las manos. Por eso repetimos: “Donde hay piernas / hay esperanza”, y nos basta con desnudarlas para evitar el estallido de la bomba atómica. Y como la esperanza nunca se pierde, al cierre de cualquier digresión, el poeta Gonzalo Fragui ajusta sus cuentas: “Andamos siempre / en busca de una mujer / que nos ajuste / o nos elimine”. Suele ocurrir que nos ajuste. A fin de cuentas podría tratarse de una eliminación.

En todo caso, y para no olvidar la botella del mar, quedamos para leer: “Toda la noche el mar estuvo rondando el lecho de los amantes”.