Una sombría indagación en los cuerpos muertos inicia la carrera de quien es referencia en el título de Marianela Maldonado, con el que ganó el Premio Nacional de Literatura “Orlando Araujo” en 1992, El hombre de la pelota.
Un diario donde la muerte y los cuerpos destiñen la inocencia y afirman indefectiblemente el destino de la carne, de la carroña, tan preciada por la sombra y sus habitantes. Diario de iniciación en el que un Fray Junípero también es parte de esa insistencia sin aliento.
Anatomía de Bruck Millember descubre el discurso de los profanadores, de la inocencia macabra a través de dos personajes que recrean la vida en los ojos opacos de un cadáver adolescente, porque la muchacha que ha sido sacada de la tumba dejó de serlo y es su cuerpo la imagen erótica de la juventud, simulada en las palabras que ella misma sustrae de la imaginación de un aprendiz de médico en la oscuridad de 1500 y tantos días más.
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Esta lectura nos lleva a tantos referentes, a múltiples distancias en la que la muerte es el hueso desnudo, el rostro distraído de quien ya no dice y se explaya en el reposo.
Solar de cadáveres, el tanatorio de un hombre que busca en el interior de la carroña los significados de los músculos, el polvo del hedor, el rito fibroso de la carne descompuesta.
Diálogos lúgubres, los de un diccionario de la muerte tomado del más meditado silencio en el que un cementerio es el acopio de conocimiento y curiosidad. Octubre es una noche y todos sus días sobre el vientre nuclear de la muerte.
Cuento negro, como los demás, este libro de Marianela Maldonado nos regresa a las hojas amarillas de Poe, a lagunas lecturas de Bierce, a los primeros parpadeos del Golem. Vocablos reveladores de que la muerte es un ensimismamiento, una muda reiteración de tejidos que descubre el alma con pústulas y coloraciones de la carne sometida al abandono, porque toda muerte es una mirada con un solo ojo, el que no mira, el gusano que no existe pero que se advierte en la metafísica de las muecas de una calavera: rostros indescriptibles, ensoñaciones, levitaciones orales:
—Tú deberías saber que en mi condición de cadáver no puedo decir mis oraciones en la noche. Por eso sería un gesto muy hermoso de tu parte si tú rezaras por mí. Es más, deberías rezar por ambos.
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Vieja rutina en el cuenco que contiene las vísceras. Cuchillo y dedos para tasajear la sombra interior de la muerte. De los egipcios, de los tibetanos, el ojo agudo.
¿Qué no reserva el nombre de Olivia en el primer cuento de este extraño y asombroso libro? ¿La Olivia del disimulo, la sordomuda gemela, triuna por ser dos que hacen unidad, es la misma del cadáver en otro cuerpo, la de los ojos vaciados para llenarle la cuencas con diamantes?
La valenciana Marianela Maldonado ha reconstruido la reverencia, ha sacudido el desollamiento. Desde la más sombría elegancia, ha creado una lectura donde convergen el espanto y una belleza dotada del más humano de los aciertos: saber que la muerte no necesita epitafios ni escondrijos. Un texto para la soledad, para negar el sueño e inventar la herejía, esa perfección que sólo es comprensible en los ojos de revés, por donde aparece el miedo.