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Ludovico SilvaPapeles desde el amonio

I

El demonio se asoma por la ventana: al hombre sólo le da tiempo de mirar la curva de la serranía que comienza a agitarlo en medio de una locura itinerante: “una subida violenta en mi cerebro por mi daño hepático y por la ingestión de algunas cervezas”.

Alzado en peso, Ludovico Silva ve el blanco de los uniformes de los cancerberos que en vilo lo sacan de su casa para internarlo en una clínica de locos, desde donde dice una agonía inédita a través de misivas a Beatriz: un país infernal que durante 33 días fue lugar de confesiones a su hermano y camarada crucificado, y como en una borrosa alucinación sigue murmurando que un poeta debe creer en Dios, en los ángeles y en los milagros. ¿Cómo se entiende entonces que un ángel como Ludovico haya sido encerrado en un infierno donde Dante acusa a su Beatrice de tanta tortura? ¿Cómo enloquece un ángel, el mismo que ha dicho: “Señor Dios, Virgen Santa, Cristo, trino en uno: te ruego, padre, que no me quites la esperanza, porque si no voy a estar en el infierno”?

 

II

Los salmos a veces son espinas. Agujas imantadas por el dolor y las palabras vertidas sobre papeles amarillos, servilletas, orillas de periódicos, cubiertas de cajas de cigarrillos, trozos de incuria, dilataciones óseas hechas cartas desde un agujero donde la locura vence las horas, angelados silencios que el poeta intenta descoser, expuesto al tratamiento que el médico aplica en el alma y en el cuerpo de quien se anuda en la única salida: escribir a la amada desde un odio confinado, pensado en una primera persona que escandaliza el universo interior, ese paisaje donde vive el animal, el bicho cósmico, el cero matemático, el único posible que la soledad revela monstruosa, desabridamente.

Ludovico Silva tejió la agonía con hilo invisible, un delirio articulado con la baba del diablo convertido en alucinación, en metamorfosis de sombras en medio de una sala de clínica para dementes.

Algún árbol significó la salvación, la mareante rotación de los astros, y Beatriz entre las estrellas y los satélites artificiales de todas las noches que respiró en tinieblas.

 

“Papeles desde el amonio”, de Ludovico SilvaIII

Tomado de la mano de Rilke: “Todo ángel es terrible”, mientras la brisa de Los Palos Grandes, en su casa de Caracas, pasaba las páginas de Duineser Elegien. Aquel fragmento, revisado tantas veces por su testaruda peregrinación al infierno, anotada en Filosofía de la ociosidad, se hizo verdad incontrovertible: “Tengo el presentimiento seguro de que me voy a volver loco, no sé si este año, o el próximo, o más allá. No me atemoriza. Por el contrario, pienso que será un mundo feliz, en el que los olores que perderé serán más fuertes, los sonidos más puros. Lo único que perderé es el gusto, porque nunca me ha gustado la comida”. Una herrumbrosa alquimia lo condujo hasta Casablanca, hospicio, clínica, hospital, intemperie de locos donde recordaría en la duermevela de un cigarrillo el Ecomium moriae que Erasmo arrastraba en una fábula de cadenas por pasillos y tinieblas: “elogio” que luego sería convertido en dolor, en pesadillas donde los suicidas se confundían con Cervantes y hasta Baudelaire volvería para soplarle a los oídos: “Cuando haya alcanzado el odio y el horror universales...”. El mundo feliz, entonces, fue un legajo de cartas donde el miedo, la soledad, la desesperanza y pequeñas necesidades lo atormentaban. Huxley sólo era un título.

 

IV

Thaís me las puso en las manos. La letra de Ludovico se me hace trazos nerviosos, saltos, sobresaltos, nombres y pedimentos, reclamos de Beatriz, a los hermanos, besos y hasta refrescos y cigarrillos para intentar una ventana al borroso mundo instalado en una habitación hasta donde llegan los gritos de los enajenados. Igual, un laberinto que se deshace en la grafía retorcida e ilegible de quien entra y sale del infierno.

Un temblor aforístico comenzó a revelarme este otro temperamento, distinto al dicho por José Balza, porque se trata del diálogo directo de un hombre quien ha seguido por el silencio de una casa, donde la “locura” lo transfiguró en sudario, en un instante que el mismo Ludovico convirtió en Baudelaire: “¿Cómo se puede discutir con alguien que no crea en los milagros?”.

Y fue, en efecto, un milagro el que Thaís me regalara el honor de tocar esos papeles, hacerlos míos por varios días para escribir sobre este espíritu que sigue danzando alrededor de mis lecturas, de este rictus arrinconado, tocado por un hombre que continúa escribiendo cartas desde otro lugar; astrales, de navegación, de amor y demonio, amonio, la sustancia, el humano ser en una metáfora infinita.

(Del prólogo de la primera edición publicada por La Liebre Libre; Maracay, octubre de 2001).