En la boca de la mujer continúa la despedida. Un niño le mira los labios y advierte la distancia que hay entre el muelle y la palabra no pronunciada, pero queda el sueño del beso, el imposible flotando en el olvido. Razón de estar dentro del insomnio de su idioma.
Lenta fulguración de la música en la poca resistencia del somari, el mismo aliento frente al mar, frente a la murmuración sin horizonte. Gustavo Pereira contó el tiempo en los lomos marinos: ella, la perdida en el eco, la negada por desmemoria. Adagio de la desconocida (La Liebre Libre, Maracay, 1994) devela un viaje, suscribe la hora agotada en quien sólo es imagen para inventar la palabra en ella misma. Es decir, sueño compartido desde los cinco años de edad.
2
¿Qué imagina un niño en el momento de intentar descifrar la mirada de una desconocida? La poesía no da respuestas, sólo la despedida, un adiós, podría darnos la pista de aquella quimera donde la mujer navega silenciosamente.
3
La realidad se vierte en la fragmentación. Minimalismo reiterativo, respiración que aparentemente corta en las vísceras del somari, quien habla o calla para virtualizar el fondo del texto: Si lo deseas puedo describir tu cuerpo desnudo / Pero prefiero tu cuerpo desnudo. Aforismo en atención a la circularidad del presente enunciativo. Elipsis, o decir regreso a la suma de sus brevedades.
Se me perdió en el alma tu vientre
y no puedo quitarme de encima
la brasa dormida de seda que eras cuando amanecía.
Hay un tiempo que no se detiene en la soledad, enumerado por la memoria y el deseo.
Para leer a la desconocida es preciso tener ojos para sus ojos. Lectura que aturde los sentidos en demasía si no atravesamos el desenfreno. Primero el amor, un cuerpo encallado en las piernas de carne y verbo, y luego el desamor, la distancia de quien dejó de manifestarse ante quien dice el amor. O lo desdice. Los flujos de aquella boca, una lata de cerveza para entender lo ajeno del beso.
El somari —en esta travesía de Gustavo Pereira— es la cortedad de la palabra no pronunciada, de la voz escondida, acatada como pérdida.
4
Soma/somari de la ausencia. El texto poetiza el cuerpo ausente como vaguedad, viaje, quimera, ensoñación tomada como real. Poema somatizado.
Acude el poeta a los recuerdos para variar el vacío. O despide con una orden la aventura de la última página. Texto de las contradicciones: somación, no se hereda. El poema cambia, se transforma con el tiempo. Es otra lectura, una nueva lectura. De allí que la desconocida siempre sea eso, desconocida, se renueva en ausencia frente al yo como instancia, paso a nivel desde el mismo cuerpo advertido.
¿Quién es la desconocida, quién la ausente, qué cuerpo la hace, la ocupa? ¿Es la de cuerpo revelado sólo para alimento de la memoria?
El poema asiste a la pregunta para verificar la presencia detonante de la creación, de la novedad. Un adagio es un tempo, también un espacio. A lo lejos, donde no hay presencia, suena un saxo. Un hombre silba una nota a medianoche. Una mujer se desnuda en un poema. No hace preguntas.