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Edilio PeñaLa cruz más lejana del puerto

I

La mareante realidad de un país entra como una tromba en la ficción. Se hace estructura en la dinámica de un escritor que se sabe parte de un territorio invadido por el mito. Así, La cruz más lejana del puerto (Monte Ávila Editores Latinoamericana / Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico de la Universidad de Los Andes, 2003), de Edilio Peña, revela el tejido de una familia cuya fatalidad transita con el cadáver calcinado de una mujer. Los cuatro personajes “responsables” de ese evento criminal, hermanos para las señas particulares que el lector sabrá descubrir, se imbrican en tensiones tan cercanas que quien entre en la historia será testigo de excepción de la telenovela en que se ha convertido el escenario donde la tragedia se desarrolla.

Esta novela de Edilio Peña bebe de la mitología, de los héroes que han formado parte de la vieja cotidianidad de un país hoy convertido en un miedo agobiante. Aquí nos detenemos, en las imágenes teatralizadas de los héroes de la independencia y de los abortados por la guerrilla venezolana en la década de los sesenta. El mito del héroe es la imagen en carne y hueso de un guardia nacional que se cree el padre de la patria. Y si Bolívar y Fidel son ejes del drama, el presente es el diagnóstico de todos los fracasos. Esta novela es la revelación de ese fracaso, el del romanticismo devenido en retrato del montonero heroico, en estatua ecuestre de libertador agredido por las heces de la modernidad y sus sobras, decomisadas por una milicia callejera, pero más por la interpretación que los nuevos legitimados por la historia hacen de ese pasado cada día más desconocido. El discurso del mito se construye entre la dentadura del poder —a través de las consignas y la amenaza cuartelaria—, el cual favorece el tumulto, la algarabía de una revolución cuya existencia tiene sede en la herencia escrita y en las leyendas rurales alrededor de un campo de batalla aún hediondo a pólvora y a cadáveres insepultos.

La cruz más lejana del puerto es la telenovela de esa familia convertida en la metáfora de un país. Es la ruina y el esplendor y de nuevo la ruina de un tejido social ahíto de largos discursos, de la permanente escolaridad representada en la estultez de la Sociedad Bolivariana.

 

II

Realidad y ficción nadan en las mismas aguas. El imaginario de este universo narrativo contiene tres puntos de vista: el del propio escritor, quien conduce al lector a la certidumbre de saberse escrito por un testigo; la historia de Manuel, quien como personaje sucumbe ante su propia tragedia, y la telenovela de un guionista de TV que crea una meta realidad, un más allá de los síntomas que se mueven en la ficción.

Todos los personajes caben en estas tres miradas. Todos pasan por el filtro de sus puestas en escena. Y todos, sin excepción, resultan derrotados. El mismo espíritu del novelista se ve cuestionado por el discurso, lleno de remanentes verbales e imágenes que lo hacen también personaje bajo el peso del relato. Es decir, Edilio Peña también es Manuel, pero también es la voz de la culminación, de un final que inicia la muerte. Ambos, escritor y personaje, se intercambian de traje, de muertes. Ambos forman parte de la misma ficción, toda vez que el autor de la obra da a conocer sus intenciones cuando corta la historia, la deja para otra historia que será también otra historia, eje de otro narrador para la historia que no ha terminado en la realidad, susceptible de abundar en ficción.

 

III

Coda: La cruz más lejana del puerto es muchas preguntas. Un espacio en el que se asientan las dudas, pese a las afirmaciones que contiene el recado narrativo. El Raro, cadete que se cree el padre de la patria e intenta dar un golpe de Estado, es la imagen más próxima al lenguaje personal de quien nos representa como país, escudado en su turbio pasado. El mito está vivo, habla a diario, encadena por horas a los habitantes a través de un discurso que contiene la unicidad de un sueño a la espera de una última página para convertirse en pesadilla: “Entonces, sin que nadie lo pueda evitar, la imponente y bestial presencia de las hordas se instala también en el espacio de la ficción”. El mito se revuelca en el miedo.