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Lucas Guillermo Castillo Lara
Porfía de punto cardinal

Todo este tiempo nuestro vive ahora
su plena sencillez, desnuda y tierna.

Miguel Ramón Utrera

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Sur profundo el de Lucas Guillermo Castillo Lara, el de ese San Casimiro de Güiripa donde abunda la tierra como la luz en la labranza. Diríase, por entrega y testigo papel de sepia sin vigilia, que aquel 23 de junio de 1921, bajo la teja roja del invierno, vendría al mundo para hacerle seguimiento a las cosas atinentes al ser que discurre por la vida, esas que son la semilla y luego la tupida vegetación de la palabra donde habitan la crónica, la historia, la reseña terrena y la poesía como trasunto vital. Y es que tanto camino lo hace llegarse a Guardatinajas y unir en el afecto las aguas del Caramacate con las del Tiznados. Profusión que ha sido siempre práctica de este hombre aragüeño, destacado en la Academia Nacional de la Historia, donde arranca hojas para entregarlas a los pueblos en los que una vez estuvo la insignia del olvido.

Tantas son las aventuras de este Lucas Guillermo Castillo Lara, que en San Sebastián de los Reyes, desde que se anunció su fundación en 1585, el nombre de este majador de voces se anunciaba en el recreo del tiempo, el que habría de marcarlo con todas las letras de un territorio que lo verifica.

 

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Desde su Fermín Toro, Castillo Lara sabe de brillos y labores históricas. En 1942 fue reconocido su trabajo sobre Toro por la Academia. Luego, Cuando los pasos afincaron su rumor, Los hombres y sus muros, Una tierra llamada Guaicaipuro, San Casimiro de Güiripa: crónicas de la tierra y la sangre, La Grita, una ciudad que grita su silencio, José Laurencio Silva, viaje alrededor de una lealtad, Villa de Todos los Santos de Calabozo, Ocumare, Choroní, valle enamorado del sol, Materiales para la historia provincial de Aragua, Santa Ana de Coro, símbolo de la fe, Nuestra Señora de La Victoria, Pueblos y hombres de Aragua; el libro de poesía Del agua mínima, entre otros, hasta arribar airoso a los colorados arrecifes de Guardatinajas, cien años de su acontecer (Caracas, 1996).

Lucas Guillermo Castillo Lara tiznó su imaginación con la mágica presencia de una tierra que aún mantiene intactos los trozos de una memoria, conducida a seguir indagando lo ido y las riquezas espirituales tanto del pasado como del inmediato presente.

 

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Guardatinajas, cien años de su acontecer constituye para los que tenemos la vida puesta en esos llanos y terronales, una obra de alcances porque da a conocer las dudas y los pocos vestigios del pasado que muchas veces conducen a equívocos y sinrazones.

Los tantos estudios realizados por este sancasimireño empujan a trazar un nuevo mapa afectivo sobre la tierra de Guardatinajas. Con este trabajo el autor renueva la pica borrada.

Morada de hombres y mujeres, hechos con el barro indígena del Tiznados, Guardatinajas es para Castillo Lara pueblo de Misión Viva.

Desde la aferrada y permanente voz de los que habitan bajo el sol colorado del llano, Guardatinajas seguirá siendo —y más en este libro— el lugar donde habitan el agua, el aceite de la vida y los líquidos de la embriaguez creadora.

Sea entonces para el poeta y hombre de crónicas, Lucas Guillermo Castillo Lara, el pueblo, su otra patria chica, donde seguramente será habitante y embajador de nuestros más anchos terraplenes.

 

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Un nuevo libro se suma a la larga lista de quien es considerado uno de los cronistas más brillantes de nuestra lengua: Maracay colonial, tierra y hombres en función de una esperanza (Publicaciones de la Gobernación del Estado Aragua, Maracay, marzo de 2001).Una vez más, la lujosa prosa de Castillo Lara nos asombra. En el prólogo de esta voluminosa experiencia, el de Güiripa escribe:

Primero fue la tierra y el agua azul a su costado. Los árboles tenían desde ya, una función gozosa de limpia clorofila. El cobre de los soles tostando la piel del aire y el cobre de los hombres dialogando entre el cielo y nubes. Después el alucinante trajinar de los metales en las voces blancas.

Aparecieron las casas cercadas de mastranto y el verde tierno perfilando espigas. El oscuro verdor del tabaco y el cenizo dormir de los añiles. Cada casa fue isla perdida entre árbol y verde, sabana y montaña espaldera. La codicia alumbraba colores en las dolidas espaldas esclavas. El agua cantaba sobre los terronales y se hacía espejo en la laguna.

Así, entre la belleza de la geografía del Valle de Aragua y los vaivenes del espíritu de los recién llegados, se instala la “Ciudad Vegetal”, donde abrevaron todos los que después dieron en llamarse “fundadores”, por el carácter colectivo del nacimiento de la aldea. Nombres variados que después de la intermediación de la Iglesia suenan en todos los rincones del país: Güere, Güey, Tocopío, Tapatapa, voces de la indianidad que se hacen castellano en la palabrería de los intereses y destinos del nuevo paisaje.

La fe de los moradores frente a las distancias entre poblado y poblado y la ausencia de una capilla obligan a los cristianos a elevar una solicitud a las autoridades eclesiásticas a través del obispo Baños y Sotomayor. Es José de Oviedo y Baños quien intercede ante el alto prelado. Desde ese instante, marcado en el calendario, la fecha señala el 5 de marzo de 1701 como el día del nacimiento de la pequeña comunidad.

El prolijo cronista cuenta, con la gracia de su castellano, detalles de ese alumbramiento. Un poco antes, se entrega deslumbrado a los instantes del inicio: los primeros españoles, los aborígenes marcados por el milagro de un clima movedizo entre las laderas de las montañas que cubren el mar y las aguas de un espejo de agua interior alrededor del cual vivía una cultura cuya huella encontramos en la mirada de sus habitantes, en los toponímicos y en el enigmático transitar de pigmentos corporales sometidos por el espíritu de costumbres, virtudes y ambiciones.

Los primeros pasos españoles que hollaron las tierras vallearagüeñas, fueron los de la expedición de Juan de Villegas en su periplo descubridor de la laguna de Tacarigua. Llenos de asombro descubridor los conquistadores orillaron la laguna rumbeando el Este, pasaron por los aledaños de Tapatapa, Maracay y Turmero, hasta llegar a la región de Cagua, en donde soñaron se podía levantar una ciudad.

Entonces, lo que miraban aquellos hombres era espejismo. En cada recodo se encontraban y extraviaban, hasta que el sueño se hizo cuerpo en Borburata y Valencia, en un reverbero de sobresaltos: después viene el corretear de las huestes conquistadoras que traficaban valle adelante hacia el inconquistable reducto caraqueño...

 

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Cada pueblo, cada rasguño de la mirada, atiende al señorío que la boca pronuncia. Castillo Lara nos conduce por senderos donde la flora y la fauna disipan cualquier mesura. Pero más puede el andar de esta nueva estirpe en tierras de los Tacarigua, Teques, Terepaimas, Meregotos. Y en esa carrera contra los agravios del trópico, también hollaron Francisco Fajardo, de ida hacia El Tocuyo; Pedro Miranda, Juan Rodríguez Suárez; el Capitán Luis de Narváez, el gobernador Alonso Bernáldez, el Mariscal Gutierre de la Peña, recogedor de nativos, bestias de abastecimiento y vituallas en los predios de Tapatapa. “Allí se le juntaba el español Francisco Martínez de Madrid con indios y un nutrido matalotaje”.

Y así, con el triunfo del capitán Diego de Lozada, nacía Santiago de León de Caracas. “Allá en los Valles de Aragua quedaba el polvo de aquellos pasos conquistadores, que traficaron por esas rutas tradicionales en busca del valle caraqueño”.

Larga la travesía, largo el aliento del cronista que nos interna en el afán por encontrarse con lo desconocido.

 

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De las tierras pisadas, entre las encomiendas y los tropiezos que la naturaleza les imponía, hasta el deseo de encararse con Dios, aparecieron las leyes, las que las propiedades crearon para la herencia y riqueza familiares.

De esa heredad quedaron los nombres y apellidos en “una intrincada red de sangres e intereses”, que el historiador aragüeño reseña con aguda riqueza:

...Los matrimonios entroncaban familias sobre familias y los parentescos se multiplicaban en una enredada urdimbre de sangres y de apellidos. Los Fernández de Fuenmayor, que encabeza en Venezuela el Gobernador Ruy Fernández de Fuenmayor, se unen a los más rancios apellidos mantuanos de la Provincia, entre ellos con los Tovar y los Mijares de Solórzano. El Gobernador Ruy Fernández de Fuenmayor se casa con Doña Leonor Jacinta Vásquez de Rojas y Díaz de Alfaro... Su hijo Domingo Baltazar contrajo matrimonio con Doña Isabel María de Tovar y Mijares de Solórzano y se unen así esos apellidos nobiliarios.

Más tarde, ya asimilado el asombro, arribaban a Caracas en 1640 tres sobrinos del obispo fray Mauro de Tovar, quien los traía de España: Manuel Felipe, Ortuño y Martín. De esta rama, los apellidos invaden pueblos y campos, arrabales y plazas mayores: Tovar y Mendieta, Pacheco Maldonado, Hurtado y Monasterios, hasta llegar al primer Marqués de Mijares, de cuya hacienda aún se conversa en estos valles.

 

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Pero Castillo Lara no se queda detenido. Como un río desbocado entra en el poblamiento y Maracay, aquel nombre de sangre, tierra y barro, encuentra propietarios. Con ellos, muchos dispersos y ofrecidos a morir por ella, nace el momento de la capilla, la iglesia donde todos buscan congregar la historia. Entonces, la pequeña urbe es adscrita a Turmero por el obispo González de Acuña en 1676. Por años, los pisatarios de Tapatapa y Maracay se cobijan bajo el techo de la iglesia de la población vecina, hasta que aspiran ante “las altas Autoridades Eclesiástica y Civil, la elevación de su comunidad rural a una feligresía independiente, con su propio Cura y su propia jurisdicción separada de Turmero. A este efecto se hizo una reunión de los vecinos y se elaboró un padrón de esos habitantes con sus respetivas familias... Con fecha 22 de marzo de 1700 otorgaban la dicha escritura ante el Escribano Real Pedro Sánchez Valiente. Allí también conferían poder a Don Joseph de Oviedo y Baños, para que dada su condición y cualidades, les gestionara el asunto ante el Obispo Gobernador”. En ese instante, comenzó Maracay a ser, sin sello de fundación ni asentamiento de señorío.

 

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Largo respirar el del cronista. Corajudo en su búsqueda, da con los rostros, nombres, motes, laderas, sabanas, pecados y haciendas de quienes en lo adelante se dieron a conocer como pioneros en los asuntos comunes que más de las veces intrincan el horizonte de esta tierra de litigios, titularidades, donaciones y la Compañía Guipuzcoana, provocadora de las primeras rebeliones con 3.500 pobladores que avanzaron a las puertas de Caracas.

Mientras todo esto acontecía, “el oro verde del añil” le cambiaba el rostro a la ciudad mediante una floreciente economía de cultivo. Bajo los samanes y entre el tupido campo sembrado, pasó el obispo Mariano Martí en su afán de ponedor de nombres.

Pasadas muchas décadas, aún en 1815 los rebeldes asomaban sus ansias de libertad desde la calurosa ciudad. El cronista viste de vigor cada uno de los detalles de los que —curtidos entre diversas sangres— dieron al traste con la sujeción.

El libro cierra sus páginas en la Segunda República. Bien merece el lector entrar en Castillo Lara para leer:

Durante los primeros seis meses del año 14, ejercerá su dominio el régimen republicano, que logra mantenerse en pie en medio de un azaroso y cruento guerrear, que lo hieren y golpean por todos los costados. En esa época terrible de la guerra a muerte del año 14, la dirigencia eclesiástica de Maracay vuelve a cambiar al vaivén guerrero. Otra vez se impone la reacción realista, que se hace terrible en manos de Boves, Moxó, Quero y después Morillo. Será tiempo de venganzas y retaliaciones, que del campo civil llegara también al eclesiástico aunque no con el mismo signo de muerte (...). Ya mediado el año 14 un Boves triunfante, sanguinario y vengativo se apodera de Maracay y luego de Caracas y el resto del país...

Abundosa es la tierra en los ojos de este escritor aragüeño, cronista excepcional, buscador de secretos, de dones poéticos en su tejido verbal.

Hablar de su obra es encarar unos ochenta libros que revisan el país en cada uno de sus momentos, pueblos y eventos en los que una nación germina entre las manos de los lectores. Queda para otros darle rienda al tiempo para seguir encontrándose con Lucas Guillermo Castillo Lara, venido del sur de Aragua, esperado en todos los puntos cardinales posibles de inventar.