Seguramente volverán las voces, aquellos vocablos detenidos en la noche, a enrumbar el polvo dejado por los hombres que encontraron la poza, pero también la palabra precisa para existirse.
Seguramente, sin dejar rastro en la persecución, ese hombre de a caballo detendrá el sonido de su corazón para espantarse las sombras. Y será en ese momento cuando la estatura de Enrique Mujica, trajinador de poemas y guitarras, se estará en el vano de la puerta para preguntar por esos personajes encontrados.
Seguramente con el señor de las distancias verá de nuevo el infinito, sin olvidar a Francisco Lazo la noche de un viernes en Calabozo, pueblo de capítulos que también están en el libro.
1
El contador se sentó bajo el alero, y Enrique Mujica empalmó con sabia paciencia cuentos, consejas, murmullos, chasquidos de la mata, lamentos de titirijí, huellas de jumento. Toda suerte de sonido y pasión que le dieran tiempo para hacer completo el mosaico de una tierra airosa en la boca de su padre.
¿Cuántos días de silencio el poeta gastó como auditorio? ¿Cuántas lunas de zancudos para que el padre desgranara todas las historias que iban y venían en su memoria calenturienta de días y de noches?
Lo cierto es que Enrique Mujica Álvarez estuvo allí copiando, grabando, sorteando geografías, remendando sonidos, como cuando agarra la guitarra o el cuatro y suena entonces bandola o arpa de fantasmas.
2
Acento de cabalgadura (*) es un libro que no sorprende, pero le deja a uno la resaca de las palabras marcadas en la lengua, porque es un libro para pronunciarlo, para hablarlo como en el llano. Es un libro de la casa porque nos tiene a todos en sus hojas.
Cuánto tiempo para hacerse palabra tuvo el llano en la mano del poeta Enrique Mujica, si supo de los días y noches de su padre para clarear un libro que probablemente no le llame la atención a los incitadores de la urbana literatura. Cuánto espacio y cuánta muerte lenta para decir después que se escribió o se oyó un libro no para hacer literatura ni vana composición, sino para contar con la intención de dejar sentada la forma de decir esas cosas.
3
Luis Alberto Crespo dice que el libro es un círculo de tierra y cielo, porque tiene en la palabra meandros que dan vueltas en los temas de siempre, temas de aparecidos, de tierras de miedo en la noche, de faenas y caballos heroicos, animales que desaparecen del ojo humano y se meten en la piel para de nuevo desaparecer convertidos en palabras recién fundadas. Allí está el valor de este libro de Enrique Mujica, en la forma de decirlo, de inventarlo, de oírlo para nosotros, con la mayor pronunciación de un hombre que un día se sentó bajo el alero a decir una conseja.
Seguramente volverán las voces, aquellos acentos que los belfos del caballo trasuntan en el polvo del tiempo.
(*) Ediciones del Ateneo de Calabozo/Palmaven, 1990.