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“Piedras lunares”, de Fedosy SantaellaPiedras lunares

Me senté en mi oficina flamante con el olor a pintura en la nariz y esperé que ocurriera algo. Estaba de vuelta en la Avenida hacía un día. Ese era el principio del segundo día. El tránsito corría y rugía con ruido de batalla bajo la ventana, destellando al sol de la mañana...

Ross Macdonald

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Fedosy Santaella escribe desde la perspectiva de un asesino. O de varios asesinos que se comportan como escritores de ficción. Travestido en narrador, se pasea por los varios ambientes donde la muerte confiesa su presencia. Piedras lunares (Ediciones B, Grupo Z, Caracas, 2008) es el anuncio de una novela donde acontece esta afirmación. O esta duda.

Son once los relatos tramados con distintos nombres, atmósferas, agudeza y precisión de unas historias que advierten, con el rasguño de un cuchillo en la cara, la llegada de alguna novela que tendría como vientre este libro, mención de honor en la Bienal José Antonio Ramos Sucre en 2007.

Sí, Santaella escribe como el que mata con cierta frecuencia y no se arrepiente. Es un homicida relevante, inteligente, peligroso. A tanto ha llegado que creó —para esta aventura criminal— uno o varios detectives que lo encubren. De allí que se haga pasar por narrador. Su trabajo está muy lejos de invocar a un Monk, a un ya casi olvidado Columbo. Se nos aproxima —con cierto disimulo— Philip Marlowe, a la sombra de un Raymond Chandler preocupado, para soplarnos al oído que en Piedras lunares se esconde la mala índole (la perversión es una de las técnicas de este autor). Un sujeto, obsesionado con los grifos, tubos de agua y duchas de la casa, se prepara para acuchillar a su mujer. Una revelación final lo coloca como víctima de adulterio, como un simple cornudo pendiente de la temperatura (“Demasiado calor”).

En el próximo crimen aparece Gonzalo Coronel, un detective que lee y escribe poesía y tiene una mención en un concurso de cuentos. A pesar de ser “un policía de universidad, culto, como los hay muchos en este país”, hay que someterlo a la duda, toda vez que involucra al lector en una peripecia de vampiros malandros, pero que no alcanza a llevarse preso a nadie. Aquí, en “El vampiro de los bajos fondos”, el narrador nos coloca en un sitio y un día, para luego darnos el nombre de Antonio Tasso, personaje que pasó de comensal de espaguetis a traficante de drogas, fanático de El Padrino y de Los Soprano. “Al final se cansó de la Cosa Nostra y se pasó a las películas de vampiros”. Otro personaje, Matías Renfield, aparece vestido de negro y fascina a Tasso, hasta llevarlo a la cueva de los quirópteros chupa sangre. En verdad, la truculencia juega garrote en este material. Coronel, para retomar a un tipo “armado” que sabe cosas que no todo el mundo sabe, nos cuenta parte de la historia que termina en la decapitación de Tasso, traicionado por Renfield, un vivaracho que no creía en mamíferos nocturnos y mucho menos en vampiros marginales. Coronel no es Archer ni Ross Macdonald tuvo la intención de involucrarse en ese rollo caraqueño que salió de Bello Monte y seguramente terminó en una urbanización del este de la capital.

 

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En el próximo relato de Santaella, “Un tal William” —con el pre-texto de que “era el principio del segundo día” y a la espera de que realmente “ocurriera algo”, como dejó dicho arriba Macdonald—, nuestro cuentista nos lava la cara con un personaje fascinante, quizá por ser visto desde afuera como un bobo por los espalderos del comisario Manzano, quien lo había contratado para matar a su ex socio, un traficante como el primero, el negro Meléndez. El relato discurre con la tensión del que “lee” una película. Santaella apunta con maestría, tanto que, como diría mi alter ego esquizofrénico en mi oído izquierdo, “El tipo sabe jugar sucio con el lector, lo mantiene atado al miedo, a los nervios de quien mata, pero también de quien después resulta acribillado a balazos”. Y ese alguien, sabio y despeinado, guarda un correlato en la propuesta de esta historia: el país es un sobresalto permanente.

El hilo que conduce la lectura nos lleva a “Los muertos no sienten frío”: un par de tipos, de esos que salen a batirse con los placeres de la noche y resultan asesinados por una lesbiana con pinta de levantador de pesas. Los cadáveres son asaltados por una horda de huelepegas: se llevan carteras y billetes mientras los cuerpos ya forman parte de las cifras diarias de la muerte. Contada con desparpajo, en una segunda persona que se asoma y se esconde, Santaella arma y desarma la realidad: “Ahora ya sabes la historia, puedes seguir tu camino y perderte en cualquier oficina iluminada, pulcra y segura...”.

Fedosy Santaella es un narrador vocacional, en el mejor de los sentidos. O como lo expresa Francisco Rivera: “Vocación significa llamamiento... Etimológicamente, una ‘vocación’ es una voz que escuchamos en nuestro interior y a la que podemos hacer caso o no”. De allí que sostenga el ritmo y el tono de quienes lo inducen a cometer un crimen, que además relata con soltura y desparpajo.

En “Saña” el narrador teoriza sobre un personaje que “se ha encontrado en una situación en la que ha deseado ser malo”. La oportunidad se le presenta con una vecina, una anciana horrible que lo obliga a regresar a los años cuando deseaba ser como El Padrino o como Los Soprano. El personaje se muda a un edificio en compañía de su familia y su perro Archi, al que se ve obligado a privar de ladridos mediante una operación, porque no dejaba dormir a los vecinos. Aparece la vieja en escena cuando la perrita que le pertenece le da una paliza al perro quirúrgicamente intervenido. Allí comenzó la “tragedia”. Personaje y vieja construyen un odio que se traduce en acoso de lado y lado, hasta que él decide matarla. Un juego técnico mantiene en ascuas al lector. El narrador, tramposo como un asesino, nos deja con las ganas: sólo está escribiendo cómo matar a la vieja. Más allá de los calificativos de este cronista, se trata de una manera de mantener el suspense... No hay muerta, no hay cómplice alguno, sólo “debo terminar la historia, porque esto, no se acaba hasta que se acaba”. Y así, nos queda la duda de si la “doñita” será asesinada fuera del cuento. Maldad de quien lee.

 

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¿Un detective? Sí, aparece otro detective. El cronista advierte que podría oler mal, pero no, está bien, el tipo llega al relato “Rosario caníbal” así: “Y yo estoy allí, yo soy parte de ese guión. Yo policía. Yo, detective. Yo gabardina acalorada a pleno sol”. ¿Será que Hollywood nos tiene acostumbrados a ver detectives con gabardinas porque hace frío? ¿O a los franceses con sus policías afónicos y mal encarados? No; éste busca asesinos bajo los puentes de la avenida Francisco Fajardo, en basureros de Guarenas, en Parque Central. Sin embargo, “estoy cansado y sólo quiero recostar la cabeza en la almohada. Lamento decirlo, pero ya el mal no me produce abominación... Tan sólo me agota”. Su casa no es el remanso de quien ha tenido que lidiar con el crimen en las calles. Su mujer le reclama su falta de atención. Él se justifica. Ella amenaza con buscarse a otro. “...A alguien que esté vivo, caliente y con algo rígido y palpitante entre las piernas”. El detective —no es Marlowe ni Archer, aunque también tienen sus problemas— se molesta y la tira al piso. Ella huye y regresa armada con un cuchillo: se corta superficialmente las venas. “Suena el teléfono, ella se transforma en estatua de sal; yo contesto”. Harry, que así se llama el detective, habla con el asesino en serie. El que le hace la vida imposible. Un cangrejo, pues. Admite tener problemas con su esposa... Cuelga el teléfono y regresa al sitio donde ésta sangra por las muñecas. Entonces, aparece el ser humano, el esposo: le dice que la ama, le cubre las heridas. Se besan, se tocan, se desnudan, revuelcan sus cuerpos. Bueno. Pasa la noche. Suena el celular casi al amanecer. Es de nuevo el asesino: propone matar a la mujer del detective para que se quite ese rollo de encima. Se molesta Harry, lo llama cerdo. Cuelga, la mujer comienza a insultarlo... Suena de nuevo el celular y el detective, seguramente cansado de la casa, contesta. La muerte, el crimen, lo esperan en la calle. Y uno, lector, llega a pensar muy mal de la mujer, quien se buscará a otro, que no a la “Tía Ágata”, donde otro personaje se desata con unas viejas y un homicidio. La otrora joven Ágata se casó con un vago llamado Arsenio Santacruz, un tipo que “andaba en negocios turbios”, según las otras catorce tías de quien relata. La voz habla con el detective, a quien le confiesa cómo llegó Arsenio a la vida de Ágata. La tía tenía un novio, Francisco Rosales, con quien iba a casarse. El día de la boda, Ágata lo dejó con el traje puesto. Hubo golpes de lado y lado de las familias emperifolladas porque se apareció Arsenio y se descubrió todo. Una semana después se casaron. El matrimonio fue un desastre. El tipo la golpeaba. Vivía llena de moretones. Hasta que ocurrió lo que uno se imagina en estos casos: Arsenio apareció asesinado. El narrador nos hunde en la duda: fue Ágata o ella dejó ver que había sido ella, pero no se permitió atrapar por inteligente. “Nadie puede meterla presa. Ella no estaba allí... Y tú, ya sabes, hay cosas que te conté que no puedes repetir. Te las cuento porque a ti también te parece que mi tía es maravillosa...”. ¿Quién mató a Arsenio? Ahí queda eso.

Llegamos a “Al principio fue una idea”, un texto donde la víctima es una gorda (la Vaca). El personaje se dedicó a seguirla: terminó amándola y odiándola a la vez. Anotaba en una libretica todo lo que hacía la mujer. Hasta que “una sombra, una presencia infernal” la mató. El miedo impulsó al personaje a huir. La libretica cayó en el sitio y se convirtió en evidencia. El perseguidor vivía con su madre (con la de él). La vida con ella era insufrible. A cada instante le reclamaba su “relación” con la gorda. Al final del relato, el narrador coloca en el sitio del crimen la voz de la madre. (Hace pocos días finalicé la lectura de una novela del peruano Alonso Cueto, El susurro de la mujer ballena, donde una gorda es la representación de la venganza. No sé si el sobrepeso podría ser sinónimo de maluqueza, suerte de tesis lombrosiana, en lugar de representar simpatía, como nos lo enseñó la tipología pícnica jungiana).

Un asesino invisible busca un detective que lo persiga, que lo atrape. Habla pero no es oído. Se muestra pero no es visto. Desesperado, desea que el policía Ramírez le dedique parte de su vida. Pero nada. Un largo soliloquio lo ubica en una comisaría. Hace de todo para ser advertido, pero nada. Le da un masaje al detective. Se justifica. Y nada. El supuesto asesino (“El merodeador inexistente”) se levanta de la silla y sale convencido —uno no sabe— de que finalmente tendrá un detective que lo investigue. Un buen cuento para un actor de monólogos.

Los dos relatos que cierran el libro (“Un gorila muerto bajo una mesa de dominó” y “Gemelos”) confirman la también venganza de Fedosy Santaella, quien se despide de este libro, ya no como el asesino que muchas veces se nos atraviesa en la conciencia, sino como un sospechoso de haber trajinado con temas tan escabrosos, muy bien contados, que delatan los instintos criminales de todo ser humano. Insisto con Thomas de Quincey (lo digo porque me ha tocado hacerlo en otros trabajos), responsable Del asesinato considerado como una de las bellas artes. En el primero un muchacho que escribe descubre que a Cosme Marchena le hieden los pies. El narrador escucha una tesis sobre este asunto gracias a la confesión de la novia de Cosme, quien afirma que éste es oriundo de un lejano planeta. Un enredo amoroso de Cosme aparece en el texto. Luego, el alienígena desaparece inexplicablemente. Dos casuales encuentros posteriores dieron cuenta del alejamiento definitivo. Sin embargo, al personaje le quedó la manía de buscar los pies hediondos del tipo bajo la mesa, como cuando jugaban dominó. “Gemelos” es un tema que podría parecer anodino: un tipo se empata con una chica gracias a la ayuda de su hermano mellizo. La mujer —llena de dudas— piensa que quien la ayudó es el mismo con quien se acostó. Piensa que no son dos, sino uno con color de ojos postizo. El drama concreta una discusión en la que la mujer pide una reunión entre los tres. Entonces el hermano se molesta y se marcha ofendido. ¿Qué nos quedó? ¿Eran gemelos? No sé. Qué bueno. ¿Será que Fedosy Santaella quiere echarle esos pecados a los lectores? Hay que averiguar.