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Alejandro RíosAlejandro siempre será un color
(Hace 90 años vino al mundo. Hace 10 regresó a sus orígenes)

Pon el oído junto a la piedra
y escucharás el primer llanto del desalojo.

Elizabeth Schön

1

Alejandro Ríos siempre emerge de los colores de su casa. Bueno, es como exagerar porque él nunca ha salido de ella: continúa agachado frente al inmenso cielo de sus telas. La mirada pequeña tras los espejuelos donde aún mora la alegría de Ungaretti, entra en la ligera peregrinación de los trazos, de esos volúmenes testarudos que nos acompañan en nuestra demorada insistencia.

Alejo siempre es un color, no el azul del romanticismo decadente que dieron en llamar modernismo. El color de Alejo nos abriga en una distancia inabarcable. Es un color interior, revelado por el uso de la magia, la que tantas veces el pintor nos regalara mientras soñaba, porque Alejandro Ríos Ochoa nos inventó a todos en un cuadro donde sólo es posible su color alquímico.

Cuántas veces no entramos por su ojo porfiado. Cuántas no salimos por los intentos celestiales porque él nos divisaba en esa como revelación entre las manos.

La piedra filosofal nos oía en cada luz que lo agobiaba —en el llanto silencioso de sus dedos manchados.

 

2

Pigmento, arrojo, aventura: Alejandro Ríos avisado por un torbellino inesperado. Un gato lo roza, lo convierte en desmesura, en altísimo sacramento de verdes y sangrías, mientras el planeta de su conversación revienta en la pared, en esa donde habitan manchas y humedades procuradas por las lluvias sobre Maracay, de ese mapa augural crece con él el imaginario de un rostro bermejo, amarillo en lo que tiene de invisible.

Guedejas de la tormenta, el pintor —aquel padre amable y bohemio que nos dimos— sale a la ventana: tiene los lentes tiznados de polvo y colores de tanto trópico pensado. Nos invita a entrar al cuadro donde Alicia es un duende de desnudo, amasado con pintura sólida.

El desalojo del silencio, en ese cuartito de arriba por donde los pájaros de La Barraca pasan aún y se mimetizan en la mirada del hombre semidesnudo, contemplativo mientras el sol se hunde en la sangre del cielo. (A veces verifica el humo del cigarrillo y canta bajito. Se habla para desdoblarse sobre el inmenso charco donde el mundo renace).

 

3

Hoy, que fue ayer hace diez o más años, entre lianas, altares de montañas, sonidos de veredas y la movediza tentación de su fiesta, regresamos con él a la casa, a la que ya no existe, al eterno esplendor de sus pigmentos, los que siguen existiendo. Los colores arriban en relámpagos magistrales.

Alejandro Ríos —el viejo Ríos— bañado de luz, recién bautizado por la pintura alojada en el eco de su técnica vital, de su eternidad ahora pasajera, en el que la riqueza y los aluviones de ese su río tiznado de imágenes y volúmenes propician la mirada deltaica: corriente y mar en una confluencia plástica creada por aquel hombre que continúa cerca, próximo a nuestras emociones.

Con el oído sobre la piedra tutelar, nuestro pintor revela los misterios de la tierra, la que hoy lo acoge, del aire que circunda sus huesos y la linfa de su creación permanente.

Días de todos los sueños, inmensos formatos donde habitamos desde los primeros tiempos del pigmento alejandrino, como un texto de larga respiración, entre pausas para invitarnos al jolgorio, a la sonoridad de sus trazos, a la irrepetible tradición de sabernos parte de ese sueño que sigue siendo firmamento en las manos de Alejandro Ríos, el color de nuestra siempre savia.

A 90 años de haber brotado del barro de su país yaracuyano. A diez años de haber vuelto a él, en la gracia de la tierra que siempre lo acogió.