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Diálogo con J. M. Briceño mientras espera un avión
El lenguaje es una bestia salvaje

“Me he descubierto en Calabozo a través del llamado más bello, verdadero y urgente hecho por poeta alguno. Francisco Lazo Martí irrumpe con palabras y crea un espacio verbal y material para propiciar el regreso”.

José Manuel Briceño Guerrero

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La espera fue auspiciosa. Mientras el cielo pregonaba una luz casi marcial sobre la pista endeble del aeropuerto “Florencio Gómez” de Maracay, los que nos mirábamos las palabras, porque éstas comenzaron a hacerse visibles, fuimos advertidos —de pronto— por una lluvia que finalmente no cayó.

El sol entonces reventó contra las ventanas en el preciso instante en que el sanguíneo y canoso hombre de letras entró a la sala de espera del triste y solitario aeródromo.

Y fue auspiciosa la espera porque quien venía casi aturdido por la angustia, tocado con una gorra de hilos vegetales, de humilde franela, rojo por el sol y amable detrás de la barba blanca, extendió la mano e iniciamos una conversación tan informal que no encontrábamos hacia qué punto cardinal dirigir el discurso. Pero siempre hay alguien que salva el momento.

El diligente José Antonio Silva, cronista de la ciudad llanera de Calabozo, un poco empujado por el también nervioso Juan Naranjo, despejó la bruma con su lacónica y muy característica manera de decir.

 

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El buen sabor de la lengua habita en la reposada inflexión de José Manuel Briceño Guerrero, de Holadios, Diario de Saorge, ambos firmados con el seudónimo de Jonuel Brigue, y Amor y terror de las palabras, entre otros trabajos de reconocido respeto intelectual.

“Desde siempre la experiencia vivida en la palabra me pareció más real que el contacto directo con las cosas. No sentí al lenguaje como representante del mundo que los sentidos me entregaban, ni como camino hacia él, sino como ámbito de una realidad más fuerte y más cercana a mí”, álef de ideas publicadas por la editorial Mandala donde se sintetiza la poética de este filólogo y filósofo venezolano nacido en Palmarito de Apure, pero plantado en Mérida donde imparte clases en la Universidad de los Andes.

De paso por Maracay, J. M. Briceño traía en la mirada la cercanía sustantiva de Francisco Lazo Martí, a quien en Calabozo diera sabio tratamiento a propósito del centenario de la primera edición de la Silva Criolla, celebración que auspiciara el Ateneo de Calabozo.

—A Lazo Martí lo afectaron mucho las reglas de la poesía clásica —soltó mientras veía hacia la pista por donde llegaría el avión que lo depositaría en la Ciudad de los Caballeros. La inquietud no favorecía la conversación, pero la ocasión era propicia para conocer y oír a este hombre más parecido a un pionero montañés que a un políglota dedicado a saborear lenguas vivas y muertas con los estudiantes de la ULA.

Con la agitación de quien ya ha sido llamado a ingresar a la sala de chequeo del vuelo, Briceño Guerrero invocó los primeros versos al “bardo amigo”: Es tiempo de que vuelvas; / es tiempo de que tornes. / No más insano amor en los festines...

—Se trata del mejor llamado de la historia. Un llamado a regresar, a volver a la tierra, a la naturaleza, al terruño humano. Se trata del llamado más hermoso, verdadero y urgente.

Entonces Briceño Guerrero retornó al pasado de la colonial ciudad donde naciera el poeta y se extrañó de que no hubiera en Calabozo un periódico que representara la trayectoria histórica, “tan rica e impresionante”, de una comunidad como esa. “Ese reclamo sigue vigente, es preciso que la gente se organice alrededor del pasado y el presente y vitalizar un periódico donde todos hablen”.

 

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El llamado del poeta calaboceño se acerca a la entrega de la palabra a los sentidos. Un llamado que contiene el ámbito de esa realidad tan visible hoy, cuando la tierra originaria ha sido abandonada, dejada de lado para fundar nuevos espacios.

—Calabozo me ha descubierto a Lazo Martí, la convocatoria ha sido para mí una experiencia vital. “En palabras fui engendrado y parido”, en el tono más firme de Amor y terror de las palabras. Invitación a regresar —con cuerpo y voz— al vientre materno de la tierra, de las inmensas casas cuyas ventanas descubren el paisaje dibujado por el poeta, y así abandonar “el brumoso horizonte / que de apiñadas cumbres se corona”.

En este afán, el intelectual intenta recuperar lo que ya en otros es imposible, que la poesía es imprescindible, necesaria para conservar la salud histórica, la vida de un país. “Necesitamos urgentemente de los poetas”.

—¿Hacia dónde nos conducen los discursos actuales, rabiosamente estridentes?

—El lenguaje es una bestia salvaje que domina a las personas. Un potro salvaje que hay que domar. Debemos ennoblecer el lenguaje para ennoblecer a la gente.

El silencio, los ojos inquietos hacia la puerta que da a la pista. La mirada, igualmente urgente, revela la angustia por el tiempo, el que le queda para aproximarse a la última llamada, a la despedida y a la posibilidad de conversar con más calma en Mérida, donde seguramente el clima y la tranquilidad harán posible que las palabras no se desboquen por tanto nervio junto. Así, el tono de quien viaja demuestra “que lo que más me agradaba era quedarme a solas, sin testigos, para desatar las palabras de su significado, para soltarlas”, dejarlas libres, como el avión que decola y toma el camino hacia las altas montañas andinas.