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Leszek KolakowskiConversaciones con el diablo

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Para el escritor polaco Leszeck Kolakowski, hablar con el diablo no es cosa de otro mundo. Satán nos habita, recala en nuestros muelles, nos inunda con sus tentaciones. Levitar a su lado, entre el fuego de su infierno, es castigo para quienes lo invocan. Belcebú es la esperanza de los poderosos. La política es la más diabólica de las ilusiones.

En Conversaciones con el diablo (Monte Ávila Editores, Caracas, 1977), Kolakowski recorre las brasas del averno en sermones y oraciones del padre Bernardo, en las de Eloísa, amada del padre Abelardo, “un canónigo y teólogo”. También se apresta a revisar las consideraciones dialécticas de Schopenhauer, así como un estenograma de una conferencia metafísica en Varsovia. En estas mismas páginas, el Diálogo del doctor Martín Lutero con el diablo, la tentación del Santo Apóstol Pedro, entre otros trabajos que nos acercan un poco más al abismo donde comienza el infierno.

¿Por qué el diablo en estos días?  

 

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“¿Qué quieres, puerco sarnoso? ¿Para qué viniste aquí? ¿Para asustarme? Tú no me das miedo, me importas tan poco como el estiércol de los establos principescos. ¿O pretendes tentarme? ¿Hacerme pecar, susurrarme obscenidades al oído, incitar mi concupiscencia?”, así inicia el escritor polaco el diálogo entre Martín Lutero y Satán. De este fragmento se podrían desprender tantas hipótesis. Una, la que roza la herida de la sensibilidad del poder, tan delicado como una niña desnuda. El diablo se acerca a hacerle proposiciones deshonestas. Muslos peludos que se convierten en piernas de doncella. Hasta aquí lo fácil.

Miremos de dónde viene Kolakowski: expulsado del Partido Comunista y separado de su cátedra de filosofía de la Universidad de Varsovia, este pensador recurre a la ironía para terminar de deslastrarse de los dogmas. El marxismo fue religión, el diablo su Mesías. Por ese abstruso reverbero aparece Belcebú, en las barbas de la dictadura de un proletariado que terminó derrumbando las estatuas del presente. Esclavos de la ideología, fueron tentados para acabar con un régimen ya enjuiciado por la historia, pasado por el fuego de la vindicta.

 

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Por su parte, el padre Bernardo dice en su gran sermón: “El horrible príncipe del infierno no eligió mejor lugar para sentar sus reales que vosotros mismos, sí, vuestras almas y entrañas. Allí está acuclillado, allí ha encontrado una segura guarida, allí mora en castillos de principesca comodidad, desde allí trama para pervertiros, acecha vuestra inocencia, amados míos. Desde allí dispara sus maldades y destila su veneno”.

Atrapado en el interior de cada humano, el diablo maquina sus perversiones: inventa gobiernos, persigue, acosa, no afloja en el perdón, encarcela, empuja hacia el abismo incendiado. Reposa en cómoda cama, cuidado por cancerberos y mirones.

Una tesis temprana nos aguza el oído. El coplero Florentino lo inventó y se lo entregó al colectivo, a quien le fue arrebatado por el poder. Allegado al conversador, Satanás invadió la sintaxis de un mapa entregado a la dejadez. “Allí, amadísimos, carísimos míos, lleváis la peste satánica, la fuerza diabólica o más bien la debilidad...”, reza el sacerdote. ¿Quién se atreve a negar que, justamente, el diablo forma parte de un país extraviado, perdido en el fanatismo, en la adulteración de los valores, en la formación de una moral sin ética, de una ética sin moral? Eros y tánatos, nadie se atreve a emplazar el ethos. El tizón que imaginamos en la armadura nacional compromete mucho a los que invocaron al diablo. Para los expertos, “no tendrán paz hasta que se lo saquen del alma”. El país ha sido diabolizado, martirizado.

La razón está entrampada entre Dios y la brujería, el diablo y sus tentaciones. El discurso cayó en la trampa, y mientras más dure más sacrificios tendrá que sufrir. El diablo tiene mucho talento. No es feo, como lo dibujan. La tentación se maquilla, es bella. Detrás de la máscara, la podredumbre, el gran incendio.

“Yo me he convertido en diablo por el gran amor que os tengo, porque sabía que ningún ángel ni poder alguno, ni principado ni dignidad real, ni querubín ni serafín os revelará el secreto más grande...”. Más le vale a los que lo invocaron, arrodillarse para espantarlo.