El desagravio es la oración por todos los pecados,
por todas las faltas,
por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas
las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la superficie da la tierra.
Víctor Hugo (Los miserables).
1
Esta vez otra “zona de sombra” llega a las manos del lector con el título de Escuela para pobres (Random House Mondadori, Caracas 2009), de Alejandro Padrón, un escritor venezolano que construye historias sorprendentes, tanto que dislocan a quien se atreve a desentrañarlas. No deja de ser una peligrosa aventura someterse a las páginas de esta novela de Padrón donde un personaje, Gerardo Almeida, un hombre pleno de privilegios materiales, rico, para no usar muchas letras, decide ingresar en una extraña escuela donde aspira a graduarse de pobre, de miserable. Y así lo acompañan otros —incluyendo mujeres— provenientes del mundo burgués, quienes un día, malo o bueno, toman la iniciativa de hacerse de un pensum de estudio, más práctico que teórico, y convertirse en mendigos, en sucios aspirantes de esa demencia tan celebrada por algunos regímenes llamada pobreza, miseria crítica.
Confieso que he me ha subyugado este libro. Confieso, no sólo que he vivido, sino que he sufrido estas páginas, porque Alejandro Padrón las ha vertido con toda la crudeza de una imaginación libre de espasmos o retruécanos. Se trata de una realidad tan desafiante, tan demencial, que nos convierte en parte de la inmundicia, del hambre, del sufrimiento que vemos en barriadas y calles de nuestros países.
Estas páginas nos arrastran a olernos el cuerpo y el alma. Las pústulas bajo las axilas o en las entrepiernas, la suciedad de quien desde la portada del libro nos interroga, nos ausculta, nos obligan a entrar a esta historia, nos someten igualmente en esa sordidez que se me ocurre inteligente, terriblemente audaz, de una desconcertante intrepidez.
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Gerardo Almeida —desdoblado en Alejandro Padrón— nos lo advierte desde la primera página: él no es él, es el narrador hecho presentador. Almeida anuncia la novela desde la perspectiva del autor. O al revés, Padrón se dice Almeida desde unas líneas que nos mantienen todavía fuera de la anécdota, razón por la cual es una “advertencia”: corremos el riesgo de formar parte de lo que está en el libro. Al final, seremos indigentes de nosotros mismos. Seremos nuestros pordioseros, nuestras miserias. Lectores egresados de una Escuela para pobres, ficción que desnuda la ocurrencia de lo que a diario vivimos desde muy cerca, espantados por las moscas y el temor a ser infestados.
Para engañarnos, Padrón dedica la novela a Mario Bellatin, y tres centímetros más abajo escribe: “A mis compañeros de aventura donde quiera que estén: Rosa, Mariíta, Luis, Pedro, a Esperanza, mi compañera de infortunio, y a su José, que en paz descanse”. Es decir, uso de la ficción para llevarnos sin permiso alguno a la vida de los prenombrados, como cómplices de sus desgracias. Digo: la novela comienza en la “advertencia necesaria” y en las dedicatorias. El lector, de la manera más ingenua, cae en la trampa. Caemos en su abismo. Da gusto el truco. Este escritor sabe lo que hace. De ahí en adelante comienza la agonía provocada por quienes respiran, hieden y sufren en estas páginas bien estructuradas.
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¿Cómo no creerle a alguien que quiere huir de la riqueza, de las comodidades que da el dinero y hacerse un miserable en medio de la basura, la mierda, el hambre y los golpes diarios del hampa en los barrios de esta geografía que nos dibuja esta geografía? ¿Cómo no aceptar el ingreso de estos personajes en una institución clandestina que gradúa pobres a través de un pensum de estudio que “nos aguaba la boca, sobre todo por la última materia: Fundamentos del Odio”? A este extremo nos lleva el autor: “la pobreza como un apostolado”, gracias a la sabiduría de un grupo de profesores que se encarga de adiestrarlos en tan exigente paso. “¿Te interesa ser pobre? Contáctanos”, reza la nota que Almeida encontró en el parabrisas de su lujoso carro, un Mercedes Benz 300. Oferta que hace de mampara de una ONG, registrada con todos sus papeles para encontrarle trabajo a los pobres. Así, los dueños de la escuela evitan “sospechas de otra naturaleza”. La ironía, esa tenue burla que exige un leve pujo del alma, revisa la idea del peso exigido de los aspirantes: 44 kilos.
Como la mencionada materia era la más relevante, los estudiantes de la mencionada escuela, nuevos como tales, destacan que “Nos odiábamos a nosotros mismos, pues todavía éramos ricos aunque en proceso de desintegración”. Así, “Se nos llegó a demostrar que los pobres existían porque había ricos”. De modo que “La relación entre odio y propiedad privada terminó por despejar mis dudas al respecto”.
Para alcanzar el grado de profesional de la pobreza, los estudiantes debían pasar por los barrios más terribles para así cubrir las pasantías. Allí aprenderían la Psicología de la pobreza, el Lenguaje y la Sintaxis Instrumental de la Pobreza hasta convertirse en lo que añoraban: ser indigentes, pedigüeños, recogelatas, tener “conocimiento práctico del hambre”. Todo como experiencia académica y poder ser reconocidos por la escuela como aventajados miserables. El “Himno a la pobreza crítica” forma parte del aprendizaje.
Los nombres de los protagonistas ofrecen una línea de lectura: Rosa Engaño, Mariíta Dispendiosa, Pedro Avaro, José Corrupto, Luis Triquiñuela. Cada uno en ejercicio de su libertad para llegar a la pobreza, se reúne en una convención de aspirantes alrededor de una fogata, a orillas de un río pestilente para discutir los últimos asuntos relacionados con los estudios que realizan para alcanzar “el escoñetamiento generalizado de todos”. El “Decálogo de la Pobreza” destaca para alcanzar la sublime existencia del verdadero miserable.
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La vida discurría entre disparos, malandraje, velorios y entierros, limosnas, dolores de estómago, llagas en la piel, perros pulgosos, legañosos... es decir, la placidez del orgullo de la pobreza académica. La novela de Padrón inaugura un espacio de lectura que podría propiciar una discusión sobre este tema y otros que asoman en estas páginas.
Al terminar la lectura, quien leyó se anima a entrar al baño, luego hacerse de un desodorante, pero sobre todo espantar la grima que la realidad le inyecta a este libro del narrador Alejandro Padrón. Una buena oportunidad para sabernos parte de una locura no muy lejos de la que a diario vemos y sentimos.