Comienzo esta lectura con el último poema, el que le da título al libro de Alejandro Cardozo, el que lo guía por algunos rincones de la tierra y lo estaciona intacto —al poema y a su autor— en una línea que le aporta “la medida de la palabra”, suerte de recreo en el que se oyen los motores de algunos aviones en un aeropuerto egipcio y se siente el calor de África en un verso donde pastan un ñu y una cebra. Poema vertebrado, por la solidez de sus imágenes y por la ósea participación de semovientes de gran y poco tamaño en un poema cuya extensión se advierte al descubrir “cada punta / de este mapa bárbaro / y perfecto”. Entonces, después de esta mirada, busco la primera página, el primer poema para atar los extremos de Con esta palabra descubro (Ediciones Mucuglifo, Mérida, Venezuela, 2010). Ufano entro en “Época” para encontrar un espacio donde se confrontan dos tiempos: el que nos agobia y nos facilita muchos asuntos y aquel que quedó atrás, donde (digamos que es un lugar también) “soy un trozo / de papel lleno de fechas...”, como un mapa inundado de nombres y accidentes topográficos. Los versos que abren el poema se recrean en la contemporaneidad del correo electrónico y otros inventos que dibujan la hora de hoy. Ambos poemas, el último y el primero, son uno solo: hacen el resto del libro, lo estructuran, son una imagen total, orgánica.
Así, el autor se pasea por la memoria, por los sentidos que acuden en auxilio para asentar olores, sonidos de relojes, formas de vestir y aquella maravilla geográfica llamada Choroní, donde están —imagino por el apellido— las referencias familiares, los atuendos de los afectos más cercanos. Se trata de un texto muy abierto donde hacen vida también algunos referentes ideológicos que le restan cierta fuerza y densidad a un hermoso poema que luego recala en otra parte de ese mapa: “Siglo XX Venezuela”: “Mi país / sigue siendo / cuadro tras cuadro, / desde que aquí paren las mujeres, / las escalinatas de Odessa de Eisenstein, / la catarata humana no cesa / atropellando al niño caído, los cosacos fusilando a la madre, / y el Acorazado que no llega”. He aquí el mito, la rutina por aquella vieja película soviética, convertida esta vez en superficie donde el país que nos vive y nos mata resulta un extravío: el Potemkin que nunca llega a puerto. La belleza del poema golpea la misma lectura.
2
Esta experiencia del lenguaje, como escribió Guillermo Sucre en su monumento La máscara, la transparencia, alude a una realidad adjetiva, marcada por la precisión de un contexto cercano, visible que, a la vez, pretexto, oportuna la imagen y la hace parte de una escritura “comprometida”, verbalmente expuesta a una lectura sin complejos, si queremos salir ilesos de ella. Digo, la irreverencia y el tratamiento inteligente de las imágenes en este libro obvian lo que sería sobra en otro texto que podría ser calumniado de panfleto. Nada, en éste que leemos, “Militancia”, el autor disfruta de ella, de la “militancia”, hasta convertirla en parte de la aventura de darle forma al poema. La militancia es el mismo texto. O mejor, la poesía.
Me convocan a militar, porque hoy estamos de buenas / porque los idos lloran / porque la arenga es fuerte / porque hay que firmar algún pacto de poder / porque si no estamos no hay lucha. // ¡Pero no! Si la causa no está perdida no voy y no camino. // Prefiero esta militancia mía silenciosa, / ésta que se queja de todo, / eterna inconforme, / que se quema de arrechera a cada momento / que sabe de derrota, que no se alza en la victoria, / porque no hay victoria ni bandera / hasta que los perros hablen / y los elefantes fumen por voluntad propia.
Poema militante, que ansía el silencio. ¿Qué poema no es inconforme? La conformidad, la tranquilidad, la felicidad, hace tiempo dejaron de ser temas de la poesía. Y quien hace poesía de la felicidad, miente. Esta “experiencia del lenguaje” relata una experiencia anímica (la arrechera, la arrechera) que desemboca en una visión surreal, la cual induce al lector a ser correlato pesimista. Allí está el poema, desnudo, abierto, libre de ser lo que quiere.
(Claro, si tocamos la llamada narrativa de la felicidad tendríamos que caer en otra discusión. Resultaría interesante afirmar que la felicidad muchas veces es un fastidio, pero será mejor dejarlo hasta aquí, no vaya a ser que luego seamos acusados de formar parte de una rebelión).
3
Leo los poemas cortos. Los largos son viajes, reminiscencias. Claro, fueron expuestos y repasados como travesías que dejaron un buen sabor de boca. Los cortos resumen las imágenes de los largos. En los primeros se siente más al poeta, más al individuo, al comprometido con él mismo: A veces, con un café basta / para empezar de nuevo / y tintar las hojas blancas y ocre, / recurrir al viejo verso amarrado / entre nosotros / en esta casa tuya / y mía, / llena de mariposas que salen de tus ojos / y de las flores que brotan a tu paso (“Isabel”).
Y así este otro: Debe mi alma pesar menos, / ocupar menos espacio / —media silla en la nube izquierda, de ser posible— // debo hablar más bajo, / reír más suave, / tropezar menos, / consumir menos aire, / robar mi piel menos luz, / abrir menos mis brazos, / acortar los segundos de estirar / y bosteza breve. // Debo simplificar / mi existencia / en este mundo, / como un acto ligero y cuidadoso.
Confieso que este libro merece muchas lecturas. Ésta que hago me arrima al fuego de las imágenes de Alejandro Cardozo, quien no se arredra ante la realidad, la confronta y la hace sustancia de los sentidos. Pero también debo agregar que nuestro autor tiene todas las vías para destacarse, digamos, como ensayista, universo donde la narrativa también podría brillar.
Más allá de otras páginas, cierro con este poema:
Al borde de las letras / queda un precipicio / ajeno a los actos: // al borde del continente / de la palabra / ya no hay casi nada, / sólo bestias y fantasías / que agonizan / cuando suena la pólvora. Como en Pound, el poema causa un estruendo cuando cae por el Cañón del Colorado.