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Fernando Rodríguez
Fernando Rodríguez.

La Ópera prima de Fernando Rodríguez

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En algún lugar y tiempo de El libro de las horas, Rainer María Rilke escribió: Creo en todo lo antes dicho, en una suerte de desprendimiento de sus “sentimientos más devotos”. Así, vertido en palabras plenas de esta convicción, Fernando Rodríguez ingresa en el mundo de la poesía con Ópera prima (Ediciones TalCual y Editorial Libros Marcados, Caracas 2010), trabajo que confirma que lo “antes dicho” ya era parte de esta primera aventura donde la poesía se muestra con La mañana fresca y asoleada de todos sus sonidos.

Presentado en dos partes, La prosa del cielo y El tiempo de la prosa, el poemario recoge la presencia de Dios y de los hombres, quien habría cometido el crimen perfecto, el de haber dejado la horrible sospecha de una culpa, y el devenir de los sonidos humanos, aquel que Hace tanto ruido en este tiempo / tanta palabra y tanta imagen/ que el silencio es oro verdadero.

 

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Y así como el nacido en Praga dice amar “las horas oscuras” de su “ser”, nuestro poeta recorre los instantes de Dios, aquellos que ocupó para moldear la especie y luego condenarla al sufrimiento por los siglos de los siglos, / a la culpa, el dolor y la muerte, la dividió en víctimas y verdugos. Y preguntarse, en medio del silencio del poema: ¿Quién quedaba en la escena/ sino el gran solitario, / a lo mejor aburrido y malhumorado/ ese día sin faenas?

¿Recorrían estas ideas “todo lo antes dicho” hasta convertirse en la primera obra o ya el poema había elaborado en el poeta su propio tiempo y memoria para colocarlo ante los ojos de quien hoy lo lee? Queda pensarlo, pero ya poco importa. Allí está el poema, pleno, vivo, angustiado, más como un ser vivo que como el artefacto que definiera Octavio Paz.

Una Ópera prima viene a ser, más allá de cualquier amago, la obra concebida con “lo antes dicho” y donde el autor vierte sus “sentimientos más devotos”, lo que hace Fernando Rodríguez con creces, con mirada frontal y periférica, porque si bien No retengo los rostros de los ciudadanos, es capaz de advertir El mismo desamparo en todos los hombres: los amados, / los conocidos, / los desconocidos, / la especie, la de ayer, ahora y mañana...

 

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Fernando Rodríguez es filósofo. Es decir, se trata de un hombre que ama y trabaja las ideas, que las almacena, las pule y luego las suelta, una vez saboreadas en el interior de su existencia. Este hombre que hoy nos visita con este poemario carga en su espíritu la suma de los hombres, la palabra. Por eso ha dicho: En síntesis, es propio de la especie humana / que nos topemos con una ínfima parte suya / y sin embargo seamos miembros plenos de ella.

Leemos una poesía donde estamos como lectores, como habitantes que vivimos ese “desamparo”, con la obsesión con la que también vivió André Gide, la de la idea de la muerte, tan tema de la poesía como el silencio. Por eso no deja de estar en los autores que ha leído, con los que ha respirado y se ha ahogado en la soledad, en aquella donde Dios se encerró mientras trataba de entender al hombre que hizo con las manos.

En estos versos están Goethe, Unamuno, Gide, Blaise Pascal, Descartes, Machado, Saint-John Perse, Federico Riu, San Juan de la Cruz, Horacio, Spinoza, una presencia plural que nos regresa a Rilke: “Lo leo en tu palabra, / en la historia de los gestos / con que tus manos se redondeaban / en torno al devenir, limitándolo, cálidas y sabias”.

La poesía es parte de esta ambición humana: el pensamiento resume la belleza, la exalta, la celebra. A veces la opaca, la regresa a su lugar de origen, al silencio, pero ya ha sido memoria, ha sido dicha, ha sido soñada, ha sido hecha voz.

 

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Un paseo por “Corolario”: Que la vida sea un sueño / sin principio ni fin / es una hipótesis razonable. / Descartes la enunció en la Primera Meditación, / esa breve caída de su alma tenaz: / pero así como el día / necesita de la noche, / un sueño sin vigilia / no es un sueño. / Es algo diabólico, / inimaginable.

Se desliza el poema por el Soliloquio de Segismundo, de Calderón, y se acerca a la realidad cuando incorpora la vigilia, el instante entre un mundo y otro, entre la oscuridad y la sombra, lo “inimaginable”. No hay desperdicio: el poeta ensaya su presencia en un sueño —o fuera de él— como una “hipótesis”, lo que lo hace parte del regusto del autor, filosofa.

Otro paseo por estas líneas: Todos los hombres somos bilingües: / hablamos el dialecto de la vida / y el lenguaje de la muerte. / Lo terrible, / dicen lo académicos, / es que son absolutamente intraducibles. Un texto aforístico, develado por el contenido, lleva a juicio los extremos de una conciencia: la vida y la muerte. Un texto de estudio, basado en ese mayestático en el que se advierte un sujeto confundido bajo el cielo de Dios.

 

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De ese ruido que el tiempo hizo palabras e imágenes, hasta alcanzar la impecabilidad del silencio, emergen Mondrian y Machado en un paisaje donde está También la perfección de un árbol / del parque de la vecindad.

Recorro los pasos de esta parte del libro, la segunda, en la que la posteridad de un poema pasó por la acción de un instante que se creía irrelevante:

Pozo de lluvia
si yo no hubiese
metido mi zapato en tus entrañas
tu brevísima vida
hubiese sido intrascendente y roma, casi una nada.
El sol te hubiese secado en minutos fenecido incógnito,
en cambio viviste en la ira que me acompañó un buen rato.
Y ahora eres poema o antipoema.

El tiempo, el tiempo. Incorpora el autor —de familiar manera— el sustantivo antipoema. ¿Será por haberlo borrado, en anticipo con el pozo (¿lo antes dicho?), donde habitaba la imagen del poema, o a la manera de Nicanor Parra, herramienta “imperfecta, irritante, corrosiva” como prefijara José Ibáñez Langlois en plena cara del autor chileno? Me dejo llevar por el sabor de los contenidos: la antipoesía es poesía, para disgusto de muy serios catedráticos fijados en la cartelera de los insectos con agujas de oro clásico. Pero eso es tema para otro pozo donde habitan poemas y hasta espejos.

El erotismo alcanza altura en algunos textos de este libro de Fernando Rodríguez. Una imagen feliz aturde el deseo: Pero nunca olvido, / nunca olvido / que se dio vueltas / y me pidió que me adentrara en sus tersas colinas, en tiempos de juventud, en otros tiempos, ella más adulta.

Y la patria, la tierra donde se nace o se desnace, se vive y se desvive, se muere y se hace polvo el cuerpo y la memoria. El poeta se formula varias preguntas y cierra para decir de un país donde el dolor se afinca contra la memoria, contra los afectos. Por eso, A veces ella me deslumbra con amaneceres diáfanos / y pájaros amarillos, al hablar de la patria, más allá de la áspera y diaria realidad.

Nos leemos en este hermoso libro de Fernando Rodríguez. La última página podría ser la primera. Volver a ellas, con la misma fuerza de sus imágenes y sonidos, habrá de ser la convocatoria de los futuros lectores.