Reconozco que no tengo conocimiento del tomo uno de este trabajo de Vera Kukharava, encargada de recopilar las líneas de esta Microantología del Microrrelato II (Ediciones Irreverentes, España, 2010). Y lo digo sin ningún recato, toda vez que se nos hace difícil acceder a muchos libros de otros países. Una suerte de minificción se agrega a la larga anécdota de un mapa discordante, atajado por el silencio y por algunos quebraderos de cabeza. Para muchos, podría tratarse de un motivo para escribir una nueva antología sobre la felicidad de sabernos dueños de estas pequeñísimas historias arropadas por una solapa negra que le da cierto aire de misterio a este libro de los Irreverentes.
Entro y salgo, cierro la puerta. La abro. El libro nos recibe con un prólogo donde Kukharava se pasea por parte de la vida de los cuentos cortos, los cuenticos, los minicuentos, los microrrelatos, eso que también mencionan algunos estudiosos como las short stories, las short-short stories. Advierte de su desapego a las novelas largas, porque siempre cuentan lo mismo. “Estamos cansados de llevar en la mano un montón de frases aburridas reunidas en 800 páginas que al fin y al cabo nos cuentan, una y otra vez, la misma historia...”. Habría que regresar y tomar por la brida el flaco caballo de don Quijote o andarle con cuidado a las historias de Luis Goytisolo. Que por ahí no vendría tanto el caso para este cronista. Revelarnos contra las páginas del Don Apacible de Mijail Cholojov. O correr sin descanso para evitar a Roger Martín Du Gard y esconder el ladrillo de Los Thibault. Tal vez: los días pasan y los personajes continúan colgados de los párpados de un lector a punto de corroborar si las horas existen. En todo caso, queda en el ambiente el clima de quien lee o duerme. Vale decir que en estos días de sobresaltos los libros exageradamente extensos servirían para nivelar mesas o mesones. No así Gargantúa y Pantagruel, pleno de microrrelatos o de gorduras narrativas que nos pierden y encuentran. Queda afirmar, sin líneas de expresión aparentes, que todo es relativo. Que no hemos terminado de ver el mundo. Que la literatura siempre será una sabrosa peregrinación por las sorpresas. No dejemos en silencio esta antología, que ya ha comenzado a atrapar a quien esto rasguña.
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¿Cómo hacer para definir el esfuerzo en cortas líneas que condensan el universo, que lo hacen más inmenso e intenso en pocas palabras? La investigadora venezolana Violeta Rojo, quien se ha dedicado a estudiar la escritura de ficción corta o cortísima, en entrevista reciente, precisó que le sigue pareciendo “que la incapacidad de conseguir un nombre para estas formas breves es algo importante, porque demuestra que efectivamente es una forma literaria proteica, cambiante, des-generada e inasible”. Ciertamente, no pudo haberlo dicho mejor.
En esta antología de Ediciones Irreverentes nos topamos con “proteicos” nombres desconocidos para muchos de nosotros. La autora de esta bella aventura nos entrega las voces “inasibles” y alejadas de nuestro eco literario. Recoge muestras de poetas “cambiantes” que narraron o dejaron poemas narrados, como es el caso del inglés Yeats. Autores que nunca nos habían sonado. Autores que ya habían desfilado por nuestros ojos, como Ambrose Bierce, el del famoso y deslumbrante Diccionario del Diablo. No faltan Esopo, Kafka, Carroll, Swedenborg, Chejov, La Fontaine, Wilde, Babel, Samaniego, Proust, Tagore, Rolland, Juvenal, Darío, Güiraldes o Saint-Luc. Clásicos y casi clásicos. Fabulistas y fabuladores. Inventores e invencioneros. Realistas y soñadores. Locos y cuerdos. Toda una lista de narradores, poetas y pensadores que alguna vez miraron por una ventana y vieron el fin del mundo. O confirmaron la presencia de un dinosaurio en un McDonald’s. Con el respeto que se merece don Augusto Monterroso. O se alistaron en el diálogo de un gato y un ratón. Víctima y victimario. Ternura y crueldad. Pues bien, se trata este libro de un recado a los lectores que, sin saber del tomo I, tienen en éste una manera de entrar y buscar el anterior para pasar a formar parte de su respiración.
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Vale comentar la presencia en estas páginas del escritor venezolano Juan Martins, quien vive en un escenario como dramaturgo y director de teatro. Hombre de relatos, microrrelatos, minicuentos y saltos al vacío cuando se trata de entender el mundo. “La herida del cerezo” es su presencia en la antología de Vera Kukharava. La elegancia de su texto nos invita a seguir leyendo estas hojas que se nos hacen primaverales, más allá del otoño de algunos autores.
De la primera a la última página. De la portada a la contraportada, viajamos en un libro de sabrosa textura. Una edición bien cuidada y agradable al tacto visual. Sólo una sugerencia: no sabemos de los autores. Una microbiografía de cada uno de ellos habría sido suficiente. Buena razón tiene el Corán al decir que “Dios enseñó a Adán el nombre de todas las criaturas”.
Por ejemplo, sabríamos de Vázquez Rial, Miguel Ángel de Rus, García Tirado, Fernández Argüelles, Nelson Verástegui, Ignacio del Moral, Juan Patricio Lombera, Fornells, Gómez Rufo, María Zaragoza, Lera, Cortés Blanco, Fabricio de Potestad. Sólo para nombrar parte de los primeros que aparecen en el índice.
Una enjoyada mariquita se desliza lentamente por la lisa y plastificada portada del libro. El escarabajo podría ser Gregorio Samsa, en una suerte de lección digestiva. Traga letras y expulsa comas. Otro cortísimo relato para esta hermosa travesía irreverente.