Enamorado del silencio,
al poeta no le queda más recurso que hablar.
Octavio Paz
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Aquella primera vez, el poeta Manuel Cabesa supo de su relación con el silencio. Fue en Vida en común (Fundarte, 1980-1982), espacio del cual tomamos la primera hora de un texto que se hizo eco en otras lecturas del mismo autor. La aventura de este libro coincidió con dos respiraciones, la que abre la obra y la que la cierra. Así:
La mañana escribe el poema.
Demora en el umbral
nuestro corazón pastando sobre las aguas
Bajo un cielo de hojas caídas
el rumor de la tierra despoblada
nos habla del aroma fértil de este amanecer
**
Una palabra al amanecer
La relación de la primavera
al otro lado del mundo
La plenitud de los gremios
aflorando en las pupilas
Los colores de la tierra guardados
en un cofre de piedra y espuma
Y aun para la noche un poema de amor
escrito con el sudor de nuestros cuerpos.
Dos ejemplos que comienzan el proceso de una poética concentrada en la palabra como promoción del silencio concebido metáfora (el amanecer), para luego convertirse en herramienta donde el afecto toma el cuerpo del otro y lo reinventa.
Esta promoción se hace síntesis en el tomo que Monte Ávila Editores acaba de lanzar al público con el título Un lento deseo de palabras (Caracas, 2010), que contiene, además del ya mencionado, cuatro libros que han alzado la voz de este autor caraqueño radicado en Maracay: Secreta permanencia (1982-1988), Los amores contrariados (1981), Tu nombre es un signo (1982-1993) y Distante mundo ya perdido (2002-2003).
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Esa “primera edad” de Cabesa impulsó una vocación que hoy se encuentra convertida en oficio en este tomo del cual extraeremos algunos sonidos que nos pondrán a tono (o en camino al extravío) con los días de una nueva lectura.
Guillermo Sucre, a tono con Paz, escribió una vez en su La máscara, transparencia, que “El silencio, por una parte, sería el regreso a las fuentes mismas de las palabras. Ese regreso es un punto de partida; lo original, en efecto, es el silencio”. De allí que Manuel Cabesa, atraído por la adolescencia de su hora verbal, dejara sobre la página estos versos reveladores: “De tanto nombrar el silencio / de tanto apartarme a orillas del sentimiento / de tanto negar las razones del fuego / he puesto ante mis ojos una venda / ocultándome tu voz”.
Tal ocultamiento viene precedido por un vacío que se consolida en la ausencia de la voz producto del temor a expresar lo que se llevaba en el interior afectivo. De allí que el aliento poético sirva para mostrar la relación entre la palabra y el tiempo, en el que el amor sería una suerte de correlato vivificador: “La poesía como el amor / funda lo que permanece”. Un poco antes el poeta se asomó a un paisaje donde la metáfora traza el momento de abrirse camino entre ese silencio tantas veces preconizado:
Un poema habla del otoño
del árbol cae una hoja
apenas perceptible.
“Apenas perceptible”, el árbol en su conclusión temporal se despoja del cuerpo, lo lanza a la tierra, lo hace silencio desde una estación, que es el mismo tiempo. Una razón para señalar que si bien las palabras habitan nuestra presencia, también es cierto que estamos hechos de sueños. Y de olvidos.
Para no dejar atrás el tema que nos ocupa, el silencio, proponemos la lectura de este texto que confirma el antes y el después de la palabra, en medio del vacío, del silencio:
Toda palabra es anterior
a la figura que designa
Un rastro entre las hojas del tiempo
Un vértigo de silencios y miradas
perdido en la noche del lenguaje original
Toda palabra
es anterior a sí misma.
Silencio antes. ¿Silencio después? El porvenir de una voz está, precisamente, en la pausa de su temporalidad. Y afirmo porvenir porque el futuro de las palabras está, precisamente, en saber que no estarán, mientras que el porvenir las aloja en la memoria. Por alguna razón el poeta ha dicho: “El nombre no es más que una apariencia del instante”. La palabra que designa cuelga del tiempo, de un relámpago, un momento imprevisto. De todo lo anterior surge el destino de la palabra, por eso “Las cosas siempre están allí / esperando ser nombradas”.
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Y paseado por el desierto, el autor toma conciencia de su labor como trazador de imágenes. Desde el silencio que pregona, sigue la ruta de la hora que lo trajo a este lugar, el de la poesía convertida en arma para evitar el olvido: “Volver los pasos en el tiempo / no es la razón de las cosas. // El destino ha sellado / su pacto silencioso / con el olvido / condenando a las tinieblas exteriores / todo motivo de lucha. // Es imposible / regresar al principio”. ¿Al primer silencio, al primer instante en que la palabra se asoma y se convierte en motivo de poesía o de amor?
He allí entonces el cuerpo presente, la idea que enlazó dos textos para terminar en el cuerpo del otro, de la amada, de la destinada a formar parte de ese mundo donde el silencio juega sus cartas. Guillermo Sucre cita a Ramón Xirau: “El silencio esencial es el que está en la palabra misma como residencia, como su morada; es el silencio que, dicho, entredicho, visto, entrevisto, constituye nuestro hablar esencial”. Así, agazapado en el poema, hecho poema, el silencio tiene dominio sobre los temblores del mismo texto, que podría ser el cuerpo de quien recibe las caricias o la voz, unas veces extraviada, otras asimilada por “la transparencia del mundo”.
Corramos al encuentro del instante en que la síntesis muestra su verdad:
“Cómo será su cuerpo / cómo serán los contornos de su cuerpo. // Ese espacio que acaricio y deseo / en su carne tibia y sacramental. // Ese cuerpo como un cofre que guarda / el tesoro de los pensamientos fugaces / concebidos a ras de la tiniebla que me acompaña”. Un trecho más adelante, el poeta reconoce que ese mismo cuerpo no se pronuncia, que es parte del silencio el cuerpo guardado como tesoro, como pensamiento: “De la innombrable / sólo se conoce / una ascendencia sin memoria”. Pese a todo, a ese desgano por no decirla, o por haberse hecho parte del olvido, es “el principio de la esperanza”.
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Ejercicio de la plenitud, el silencio se asume como una vertiente que decanta la palabra. Si bien para algunos se trata de una purificación propiciada por la metáfora, podríamos señalar que esa limpieza está en el mismo sonido, que el sonido inventa el silencio y lo transforma. El silencio es una energía, una actitud poética.
De aquella emergencia, el poeta insiste en el poema atado al tiempo, que lo regresa o lo trae al silencio, a esa inmensa metáfora tan inmaterial que suena en su propia ausencia.
Al final del tomo, donde se congregan las aguas de su poética, el autor escribe: “El día germina / sus propias palabras // Inventa formas / a su imagen y semejanza // Delirios y amores / silencios y extravíos / a la medida de cada anhelo. // Cada día prefigura / su propio ritmo / descubre sus propias metáforas”.
La coherencia de esta voz, la de este Manuel Cabeza aturdido por la eternidad de su hora verbal, lo lleva a redondear la imagen inicial, la de una estación como edad conclusiva en el árbol que emerge del bosque: “Con el tiempo / las palabras del poema / se marchitan / como las hojas de los árboles / durante el otoño”. He aquí la imagen que lo acerca a la anterior: “Conforme pasan los años / y el cuerpo se embarca / hacia su último quebranto / la memoria parece detenida / en ciertos instantes”.
Cierra el libro, el silencio, de esta bella aventura:
Al final
todos somos rehenes
de los días.
Por eso habla el poeta, para seguir hecho en el silencio de su hora, de su instante vital.