Un solo disparo bastó para que Manuel Cachutt conociera la muerte.
Luego de la provocación, el hombre corrió hacia el vehículo donde tenía el arma que lo ayudaría a salir del incómodo momento.
La bala horadó ruidosamente el cerebro de Manuel.
Fijadas las acciones, veremos el cuerpo de Cachutt irse lentamente contra el tablero del carro, con los ojos desorbitados y un agujero en la espalda de la cabeza. La muerte fue casi instantánea, sólo le dio tiempo a entender que todo había sido, que el resto del mundo que veía a través del parabrisas ya no le pertenecía.
Vinieron otros acontecimientos que revolcaron al pueblo en sangre y degradaciones orales.
El homicida fue encerrado en un edificio donde funcionaba el juzgado, porque la prefectura se había tornado vulnerable por el empuje de la ira colectiva. Hasta allí subió la multitud, destrozó lo que a su paso encontró, hasta dar con la humanidad acobardada del asesino.
(Una fotografía del viejo Isaac muestra la cara del hombre sacudida por los golpes. Una mujer intenta sacarle los ojos con la punta de los tacones de sus zapatillas).
2
Horas más tarde, Juan Manuel Loreto se apareció con la ropa teñida de sangre. Todo el cuerpo, hasta el pelo, era una ducha pegostosa de la sangre del hombre que horas antes había disparado contra el menor de los Cachutt en el interior de la camioneta con la que distribuía cigarrillos.
Mi tío Juan Manuel, quien fue uno de los exaltados asaltantes a la casa donde tenían al Caín —así le decían—, se cambió de ropa inmediatamente y se “enconchó” en una construcción vecina donde finalmente lo encontró la policía, para luego encerrarlo en la Penitenciaría de San Juan de los Morros por varios años. Así, muchos del pueblo fueron sometidos al escarnio de la persecución por parte de los organismos de seguridad del Estado.
Una imagen retardada de Valle de la Pascua, escenario de los acontecimientos antes relatados, nos muestra la actitud vociferante, aguerrida y vengativa de los que conocieron a Manuel Cachutt. Hasta los niños participaron en esa guerra donde tuvieron que intervenir la Guardia Nacional y el Ejército, solicitados por la policía al Cuartel de Roblecito. Yo, que tendría once años, quise hacer lo mismo, pero la fiera mirada de mi padre, Baltazar Hernández Loreto, torció mis intenciones de hacerme protagonista de ese Fuenteovejuna con héroes de película mexicana.
3
Los años no han logrado borrar esta historia. Se enriquece la memoria, vuelven a sucederse los mismos movimientos, los gritos, la sangre. Bajo la mata de tamarindo de la abuela Amelia, donde quedaba su casa de las calles La Mascota y Leonardo Infante, veo hoy a mi tío Juan Manuel quedar totalmente desnudo. Lo miro sorprendido quemar la ropa en el humilde fogón de barro de la cocina. Sin embargo, tuvo tiempo de hacer una broma y de responderle a papá con arrogancia por lo hecho ese día de aciagos intentos.
4
Manuel Cachutt está muerto. Sigue muerto bajo la tierra de Valle de la Pascua.
La tumba se tornó una romería, porque la gente iba hasta el cementerio a llevar flores y a lanzar maldiciones contra el asesino, quien rodaba por las escaleras del juzgado de Valle de la Pascua y a punto de ser quemado en plena calle, hasta que fue rescatado por la fuerza pública.
El cuerpo de Manuel Cachutt se descompone lentamente. Se hace polvo. El rostro del joven pierde belleza y personalidad. Se deteriora. Ya no es el “pavo” de sombrerito de aquellos años 60, buenmozo y simpático que compartía el reparto de cigarrillos con una partida caimanera de pelotita de goma en la calle La Mascota, frente a la bodega de Carmelo Sarmiento. Era y es un cadáver perdido en la sombra de la tierra. Afuera, la gente que lo conoció inició la primera revolución armada contra el crimen. Pero todo quedó así: Manuel, un muerto que se fue deshaciendo con el tiempo, y el asesino, sordo y saturado por la inclemencia de treinta años de condena.
La foto del rostro del pistolero todavía nada por ahí, en las casas de algunas familias que guardan celosamente la memoria de un cuerpo cicatrizado y deforme, como para espantarse el olvido que lo acosa por todas partes.