Doce son las voces que transitan por las páginas de El ojo errante, el nombre escogido desde la cercanía con Umberto Saba para inventar un libro donde cabe una docena de poetas, habitantes de un taller que Edda Armas ha sabido concebir con el vagabundeo de las palabras, los lugares y las imágenes del mundo. Doce, entonces, hacen de esta aventura el sitio que la editorial El Pez Soluble convirtió en libro para gusto de quienes son cómplices, inocentes o culpables, de la poesía. Podemos decirlo con Manuel Casado: “...el pensamiento —como también el mundo— es inseparable de la red de los lenguajes, y la poesía consiste en crítica que el lenguaje se hace a sí mismo, disidencia de lo codificado, puerta para la posibilidad de cambio”. La puerta, como el pensamiento, está abierta.
Y muy bien que lo afirma Edda al comienzo, en una suerte de declaración en la que dice de quienes son en este poemario plural: “El errante se atreve. Renuncia a ser perezoso, aunque reconozca la perentoria necesidad de tiempos de reposo y de silencio”. Ciertamente, quienes escriben aquí, quienes despellejan palabras para sacarles brillo, son ciudadanos de variadas pintas y oficios, caminantes y viajeros cuyos códigos emergen como distintivos de una emergencia llamada poesía, porque ésta siempre estará en una sala de parto, en el lugar del alumbramiento, pero también en el centro de la tristeza, de la alegría y del olvido. Por eso trabaja, a sabiendas de que el cuerpo se cansa, como asedia Pavese y amenaza un río sobre la tierra yerta.
Los doce del patíbulo poético (juego de palabras para imaginar que le rebanan la cabeza al cisne); los doce apóstoles, los que cortan el pan con las manos y lo llevan a la boca plena de versos y sonidos poco comunes. En fin, son doce poetas que han escogido “el oficio más peligroso del mundo”, donde no caminan “de manera idéntica” los miembros del taller. Edda Armas dixit.
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Los doce son Rubén Ackerman, Hildegart Acosta, DMargot Baptista, Tere Casas, Ligia Colmenares, Leonardo González Alcalá, Ruth Hernández, Aymara Lorenzo, Georgina Ramírez, Marcia Reverón, Anabela San Vicente y Héctor Vera.
Los ausentes
Rubén Ackerman es un poeta que ora. Ackerman es de esta tradición. Ser judío es ser una oración interminable, errante. Leemos a un hombre que habla con los que no están, como él mismo ha declarado. Habla con Dios y los ausentes. Ora desde el silencio. La belleza de sus textos conmueve por la sinceridad familiar con que los escribe. Una voz que canta desde el dolor, desde la invisibilidad de quienes un día fueran parte de la casa. La sangre que ya no está. La poesía, códice de una cultura en la que Dios es una metáfora: “Un tío muerto cava una enorme tumba en las nubes por / si el destino es aciago y nos dice / Vamos a dormir hasta que termine la guerra”. Porque Dios se muestra de distintas maneras: “El Dios que partió para siempre con tu muerte”. Un poeta encajado en la carne del silencio. La ausencia es una voz que no se borra.
Peregrina
La palabra ambula en el tiempo. Es “el río en que me voy haciendo y deshaciendo”. Así lo dice Hildegart Acosta, poeta que “está” en la poesía como ella misma confiesa. Y como vive en poesía hace del tiempo tránsito hacia un horizonte donde se siente la vida y la muerte. Como la pérdida, el vacío mientras sucede la noche. Poeta nocturnal tiene en la sombra, en la niebla, el “grano de sol” que se extingue. Con el paso del tiempo descubre un rostro en una pregunta: “¿Dónde estará la noche, / el fuego de la hoguera..?”. En la brevedad también se encuentra y se desvanece: “Ayer caminaba contra el tiempo / Hoy camino con el tiempo”. Finalmente, el milagro, la poesía, el peregrinar.
Materia voluble
Para DMargot Baptista todo es escritura. Por eso le asiste la razón de la poesía, la que es forma desde la psiquis y la mano que traza las palabras. El cuerpo, la savia de su adentro, se asimila voz y ligamento: alma y carne, espíritu y músculo. Por eso, “en la superficie / el verbo se aniquila / queda sin trayecto”. Es decir, la escritura viene desde una distancia ausente, invisible: “Palabra poblada de silencio”. Materia voluble nos dice que quien habla es “cuerpo maleable dispuesto a / Respirarte / Envolverte / Bailarte / Humedecerte”. Mujer/deseo.
Canasta de poemas
Poeta sembradora, deja correr estos versos: “mis manos cavaron surcos / guardé semillas / un rocío de lágrimas las regó (...)”. La esperanza, digamos, en un pedazo de tierra imaginada, en la fortaleza de la hija, el nuevo ser, quien también cuida la vida pese a la sed que sufre el mundo. La poeta mira desde la mirada que la contiene, sentada en la ingrimitud de una estación existencial. Desde allí observa mientras “navega mi alma solitaria”. O vuela hacia quien desata sus alas. Son poemas/nudos que, finalmente, se hacen pensamientos libres, revelados en sus propios miedos. Después, la serenidad, la “húmeda oscuridad”.
Más allá de la palabra la poesía es
“Blanco sobre blanco / mórbida textura que incita / la palabra...”, en efecto, la voz al ritmo del tiempo, “la vida”, así lo escribe Ligia Colmenares quien insiste en el blanco, en la “menguante luna”, donde el blanco es la luz donde se escribe el texto, el trazo acostado e invisible, el verso, como el aire, el aliento que se somete al vuelo, al pájaro, que es gota de vino, lágrima y caída. Y digo insisto porque Colmenares no deja de nombrar y construir el lugar donde esa palabra suena, existe, es: la casa, “primigenio lugar de los ancestros (...) Casa del Oráculo (...) Casa de la memoria (...) Casa de la poeta”. La poesía de Colmenares destaca la presencia de la “tribu”, la familia en el padre, de Dios, de la sed, donde abreva el “Ojo de camello” y su “oblicua mirada”. La poesía —entonces— es un viaje por el desierto.
Estamos aquí para sostener el espejo
Leonardo González Alcalá tiene en la poesía un cuenco de dudas. En ella vierte sus “verbos hostiles para nombrar lo pasado / como si fueses una novedad...”. Este espejo que es su escritura lo refleja y lo calca en la ausencia vertida en los objetos y la puerta por donde una mujer habría de pasar.
El espejo, el motivo de estos textos, colgado en algún lugar de la palabra. Sostenido por un poema. De allí que avise: “para saber que el poema que nace del vacío / es el que va más lleno de nosotros”. Y así, plural, el texto como personaje, como alguien que duda frente a su imagen.
Nocturnidades
Harold Bloom escribió un día que “la lectura es una praxis personal, más que una empresa educativa”. Aquí sentimos, desde esta lectura de los textos de Ruth Hernández Boscán, que “en todo encuentro se paga un sacrificio” y la praxis personal podría ser un sacrificio en la medida en que vayamos asumiéndola como un placer. Se disfruta trabajando. De modo que leemos en soledad para que luego la escuela sea más fructífera. Pero la lectura/escritura nos lleva al sueño, a la infancia, al vacío. Un fantasma invade el poema, ese que viene por quien inventa los sonidos, la “tormenta (que) va por dentro” y se hace “destino” personal. Todos los sueños conducen al despertar. He allí la poesía, luego el poema nocturno, oscuro, vivo.
Cuerpos paralelos
Poemas carnales unidos al deseo. Esta aventura de Aymara Lorenzo la hace ver en una penumbra en la que el cómplice es un olor corporal. Y así, la muerte en otras líneas que se hacen segundo día. Un calendario de instantes, de ecos perdidos, el misterio de un cuerpo que es otro al día siguiente, como Otro se es en el poema. El día quinto es el abandono y el dolor. La aridez de una piel. La hora infértil. Finalmente, la soledad, la invocación. Un “cuerpo áspero”, relegado. Dos poemas se saltan el tema, como una estación para olvidar. Luego, la pérdida para decir “Te rozo en el aire // no te alcanzo / mis ojos sienten tu frío / en la hoja en blanco”. Vendrá otro poema sobre esa hoja, como otro cuerpo.
Degustación
Degustar es saborear, gustar un sabor. En el caso de Georgina Ramírez estamos frente a una voz que ilusiona, que degusta búsqueda y pérdida, porque se vale de una mirada absoluta que más tarde hace que descubra “que sólo la nada / me pertenece”. Luego de estar, “de tanto tenerte”, la lengua que aquí habla se aleja hasta la pérdida. El amor, ese absoluto riesgoso, pesa y pasa por estos versos donde dolor y miedo son sometidos al escrutinio de la sinceridad: “Quiero esconderme / en los rincones / de tu vientre”, dice en un deslizamiento. Y aquí: “Tu cuerpo / esférico / lunar / se irriga en mis entrañas”. El cuerpo asumido como salvación o como despojamiento. Ausencia sensible, vacío, olvido, desesperanza. Así respira esta voz.
Con Vivaldi
¿Cuántas estaciones pasan por Marcia Reverón para titular sus versos con Vivaldi? Que no son cuatro las estaciones, sí la fuerza con que amanece y se toma un café mientras el compositor italiano se riega por la casa. Y así los poemas, húmedos de Vivaldi, recién despiertos con la música: “me lanzo al sueño desnuda / como una bailarina sin velos / en las profundidades del agua / inicio la apertura / mi vientre suena a fragua / engendra adagios fugas / guarda dulces concavidades...”. Un viaje en sueños, la memoria y un camino, el valle donde nace el amor o la llegada de un ángel contemplativo. Todo o nada: la música activa estas imágenes. Vivaldi en un “círculo de fuego”, en las manos de Marcia Reverón, mientras “una copa de Malbec / frente a la luna / despeja la noche / y mis pies / se convierten en lugares”. Allá, afuera de la cocina, danza el Monje Rojo, Vivaldi en el poema.
Alas
Anabela San Vicente da “vueltas y vueltas” sobre las palabras, pero logra estacionarse y escribir el poema. Su poesía alude muchas cosas, no se detiene, es totalmente libre. No obstante, se exilia en dos islas y allí cavila, hasta decir frente a las mareas: “—Me parió la madre, me parió la mar— / la misma tierra traga cenizas”. Y sigue, sin parar, a pleno vuelo, sobre las crestas oceánicas: “No sólo en el aire se vuela / también un destino se persigue / en el tiempo / cuando anhelas un puerto / se personaliza la eternidad”. El tiempo, un lugar para llegar o advertir el extravío: “Naufragar, cuidar esa nostálgica distancia / Hasta siempre...”. Dos estados del alma vertidos en versos hasta arribar a La consagración de la primavera, de Stravinski y cerrar el telón.
Flor y piedra seducente
Clausura el libro Héctor Vera, quien ha declarado un poco antes que se busca en el yo del otro, en el que no se reconoce. Y así, “La duda severa”, vertebrada en estas líneas: “la espada que decía engullir, / lo que creíamos / sin un dejo de duda”. Declara en un denso texto en prosa: “La palabra, el umbral de la nada, por eso el escribiente”. Vera es un poeta que se maneja bien en verso y en prosa. Se recoge en los juegos cotidianos y logra tomarse un helado con mucha seriedad. “Porque nos sabemos inferiores, requerimos de los dioses, sus odios, sus helados”. E insiste en el “círculo de las dudas” hasta incendiarse y mirar el entorno con su “ojo errante”, el mismo que Saba entregó a doce dialogantes en estas bellas páginas.