Miguel Marcotrigiano
Miguel Marcotrigiano.

Esta sombra que nos habita

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En el poema “Un viejo”, Cavafy dice: “En la parte interior del ruidoso café, / inclinado sobre la mesa, está sentado un viejo, / con un periódico frente a él por toda compañía”. Mientras esto sigue ocurriendo en el texto del escritor alejandrino, un poeta venezolano se arriesga y planta ante el lector esta infidencia: “Usted / que en una oscura calle / se encuentra / sin un mísero / cruel / deleznable canto”. A Miguel Marcotrigiano le afecta mucho el hecho de que el viejo esté atrapado en medio del escándalo de un lugar donde la única manera de aislarse es la lectura de un diario. Sabe el poeta que mientras esto acontece “Usted” pasa por la calle atado al silencio, a la miseria del silencio, a la holgura de un lugar donde es imposible ser. Mientras el anciano de Cavafy confirma que vive entre el ruido, el personaje de Marcotrigiano es víctima de esa calle donde el “canto”, traducido en esperanza o en desasosiego, pasa en las ruedas de un autobús, en las legañas de un niño que mira asombrado la torpeza del universo.

Se trata de indagar en las páginas de Esta sombra que me habita (Editorial La Casa Tomada, Caracas, 2004) por dónde anda el autor de este libro, qué espacio ocupa mientras mira pasar a la gente por una avenida, con su rostro desencajado, el pelo alborotado por el viento y el alma en vilo, porque “Ando vacío de sangre / de noches de luna / de hondas canciones seculares”. Habría que guiarlo hacia el hombre de Cavafy para poder entender el destino, ese enfado de muchos filósofos que se niegan a aceptar que las mareas existen.

Así, Cavafy:

“Y en medio del desprecio de su miserable vejez, / piensa qué poco disfrutó los años / en que tuvo vigor, ingenio y apostura”.

Se podría pensar que quien escribe conjetura sobre la base de una analogía o de simples asperezas de imágenes que frecuentan los espacios de los poemas. Nada de eso. Se trata de un juego de lecturas, de traviesa persistencia. ¿Es acaso gratuito pensar que al Marcotrigiano escribir “Tan sólo para darte tengo / este íngrimo transeúnte anochecido / seco de amistad y de sonrisas” no estaba coincidiendo con el personaje de Cavafy? ¿Por qué no admitir que ambos sujetos forman parte de un mismo mensaje?

 

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Dejamos la pregunta a los ociosos lectores que más tarde podrían bombardear a quien esto rasguña, para entrar en otro espacio donde el autor venezolano insiste en salirse del cuerpo, proyectarse en su sombra y agitarse desde el suelo, al ritmo de cualquier objeto empujado por sus pies.

Esta sombra mía / deambula por las calles / patea lo que encuentra en su camino / una que otra lata
una piedra / y algún reflejo de farol.

El libro sigue, se mueve, se transforma. Cada poema leído es una suerte de cabriola. El tono verifica el estado de ánimo del lector, pero también avisa de los sobresaltos del poeta. De esta manera, se dice parte del espejo que lo hace, lo delinea, lo dibuja. Él, realidad; el otro que lo mira desde el cristal, ficción. Casi en susurro:

No eres otra cosa
que yo mismo...

Y continúa su andar perseguido por su propia sombra, la que lleva en el interior y lo revisa, le formula preguntas, las responde, guarda silencio o grita. No obstante,

Dentro de mí
tu rostro...

Es capaz de ser el otro, estar en ella, hacerse a la medida y semejanza de quien lo mira desde el fondo de la sombra o del espejo. Por esa razón, sin olvidar a Cavafy, el de nuestro patio afirma:

A pesar de mi deseo
me oscurezco a tu mirada
me confundo con tu sombra.

No es más que las ganas de estar con ese otro cuerpo o su proyección. ¿Qué tendrá que ver el viejo del poeta alejandrino? Nada y mucho: “Recuerda los impulsos reprimidos y tantas / alegrías sacrificadas. De su necia prudencia / se mofa ahora cada ocasión perdida”. Nada porque son dos soledades y cánones diferentes. Y mucho porque se trata del mismo esfuerzo: Todo poema es la continuación de otro, afirmó alguien por ahí.

Lo que la juventud toca, la vejez lo añora. Son dos personajes: en el fondo se trata del mismo, proyectado. Los poemas no se tocan. Se toca la lectura. Desconocidos ambos textos, se hacen uno solo al saberse poemas. Al leerlos.

Una vez más, Marcotrigiano nos coloca en la ruta de aquel viejo: “Los amores que he perdido / aun los fallecidos / vuelven / y se meten debajo de mis sábanas”. ¿Qué puede hacer Cavafy con el personaje de su poema: “Pero de tanto pensar y recordar / el viejo se marea. Y se adormita / apoyado en la mesa del café”? Después, el otro, el poeta venezolano, poemas más adelante: “No es raro que la vida vaya de prisa / o cambie de paso / y la alcance”. ¿Estará todo dicho? Probablemente, en algún momento, viejo y sombra se tropiecen. Y aparezca otro texto, otro poema. Suele ocurrir. Para eso son los libros.

 

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La segunda parte del libro añade el miedo. Parte del ser humano, éste no abandona la sombra. Él es ella. Y aunque intenta salvarla, sacarla de la calle, trabajoso resulta aceptarlo:

Recoger los pasos / que mi sombra ha dejado / exige un mayor esfuerzo / sin duda

¿A qué le teme, a la noche que pueda cubrirla, desvanecerla? ¿A la muerte tan despiadada? Pese a todo, “El poema / siempre surge / por encima de cualquier historia”.

No obstante, la voz del que escribe sale en defensa de la que supuestamente era presa, de un miedo que es calificado de estúpido, pero que le añade a la existencia otros elementos. Veamos:

A veces despertamos
en medio de un sueño
y queda
atrapada
de nuevo
la angustia
en la palabra “hermano”
en un estúpido miedo
“Hay enfermedades
—poeta—
que no cura
un espacio en blanco
y menos
un silencio.

El silencio. Tantas veces el silencio, tantas veces poema. Tantas veces cuerpo, amor, sueño, pesadillas, sombras. Finalmente, quedan las cosas dominadas por la oscuridad, como el alma, “esperando la aprobación de quienes / aún no saben de la irónica aptitud de sus congéneres / para aceptar ser domesticado”.

No obstante, el miedo está allí, en el último verso.