Jesús Sanoja HernándezEl día y la huella

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A Jesús Sanoja Hernández le sobraban palabras para hacer de su silencio un río de reflexiones. Su afán recopilador, su inclinación a guardar el país y el mundo en un universo de periódicos, no eran gratuitos. Su porfía periodística por hacer de los nombres de la literatura venezolana una fuente de consulta permanente, lo convirtió en un escritor muy dado al ensayo y a la crítica, escritura con la que trataba con sabiduría y belleza los asuntos abordados. Pero lo que más llamaba la atención era su respeto por la poesía, de allí el silencio que guardaba, hasta el punto de escribir y esconder materiales que algún día saldrán a la luz. De su talento poético sólo conocemos el celebrado libro La mágica enfermedad.

Del trajín de investigar, de su escritura sobre las letras nacionales, queda un título gracias al tesón del historiador Manuel Caballero, quien se dio a la tarea de bucear (obviando alergias) en los viejos papeles de Sanoja Hernández y convertirlos en El día y la huella (bid & co. Editor, colección Intramuros, Caracas, 2009). De esa entrega intelectual y amistosa queda este libro cuyo prólogo corre parejo con algunas de las cosas ya señaladas en este mismo intento: “No es mudez ni enfurruñamiento: es parquedad en el hablar, en contraste con la torrencial escritura de uno de los más empecinados grafómanos que hayamos conocido jamás. No he visto muchas veces a Jesús encaramado en una tribuna; pero en cambio, da la impresión de llevar pegadas en sus dedos las teclas de una maquinilla”.

Ciertamente, Jesús Sanoja Hernández vivió, respiró y luchó con las palabras. Con ahínco, con desesperación, como si le faltara tiempo para revisar el cotidiano devenir de la historia que se agitaba frente a él. Llenó páginas completas, una habitación de palabras, de días y noches en las que sonaban la voz propia y las huellas de los otros, de sus preferidos, de sus lecturas, de sus idas y venidas por la vida de este país engreído, díscolo y desobediente. De allí entonces que Caballero haya, a fuer de amistad y admiración, hecho de muchos de esos papeles amarillos, empolvados por el silencio y el olvido, un hermoso tomo que circula por todos los rincones de Venezuela.

 

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Un texto inicial nos introduce en el problema de la crítica, con un título que desviste una situación a todas luces susceptible de tomar en cuenta: “Entre la loa y la destrucción”, donde el escritor razona: “La crítica oficial en Venezuela asume posiciones generales. Se declara valiente cuando acomete fenómenos vagos e imprecisos, posiblemente válidos para Escandinavia o Siam tanto como para nuestro país, pero es en sumo grado elusiva y huidiza cuando trata de bajar la abstracción al reino de lo concreto”. Tema recurrente en el mundillo de las letras. Tema que se ha paseado con muchas llagas por salas de conferencias y manuscritos transformados en tesis que posteriormente duermen el sueño de los justos en papeleras o archivos universitarios. Nuestra crítica es demasiado amigable, muchas veces; otras, pocas, en un país de pocos devaneos criminales en el mundo de la literatura, es terriblemente destructiva. Por ese camino se va Sanoja Hernández. Para dejar la marca, afirma: “En el país hay ejemplos y a ellos vamos. Miguel Otero Silva, novelista y poeta a quienes algunos admiran como periodista, publicó Casas muertas en los mismos momentos en que un grupo lo clasificaba dentro de un poderoso y ubicuo contragrupo con rasgos financieros”. Más adelante deja en la página este recuerdo: “Desde lejos, cuando vivíamos en México, leímos crónicas laudatorias, apologéticas, plenas de aparente sinceridad, que luego contrastarían con lo que oímos en tertulias y reuniones intelectuales de los postreros días de la clandestinidad”. Sigue ocurriendo. Ahora más, cuando la cresta de esta ola que nos agita devela el verdadero pocillo que contiene nuestra realidad cotidiana.

Luego, nuestro reseñado se pasea por las páginas de Picón Salas, en una suerte de biografía donde sentimos los avatares de quien construyó cánones y propuestas para mirar una nación que a cada momento anunciaba su derrumbe. Picón Salas fue “un gran escritor americano, acaso la prosa más elegante y sabrosa, pero también es cierto que de sintaxis no está hecho el hombre. De humanidad, sí, y el ser artista está muy lejos de eximir el cargo”.

 

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Se deja ir por la historia de nuestra novela, donde Adriano González León y Salvador Garmendia han servido para revisar —con el marco de Gómez a la vista— el discurrir de nuestra narrativa de largo aliento. De este paseo, Sanoja Hernández preguntó: “¿Será ello obra de genios aislados como Gallegos o producto de las llamadas ‘nuevas generaciones’? ¿Contribuirán indistintamente valores consagrados y figuras todavía en formación? Es difícil determinarlo... En novela, al resguardo de la sombra que opaca, Gallegos, muchos esfuerzos loables han parecido secundarios...”. Bien, deja allí su manera de decir que el tiempo podría pronunciar la última palabra. Después de Rómulo Gallegos ha corrido mucha agua bajo el bongo que remonta el Arauca.

Después se asoman Blanco Fombona, José Rafael Pocaterra, Salustio González Rincones, Guillermo Sucre, González León, la generación letrada del 28, Gabaldón Márquez, Pío Tamayo, Pedro Emilio Coll, Ramos Sucre, Teresa de la Parra, Rafael Cadenas, Ludovico Silva, José Lira Sosa, Héctor Mujica, entre tantos otros que han enriquecido la palabra, el silencio y han dejado huellas profundas en nuestra historia y literatura.

Rafael Cadenas, en el epílogo de este hermoso trabajo de Sanoja Hernández, deja este tributo: “Permanece sí su ejemplo como creador que no tenía dejadeces postergadoras en lo tocante a su trabajo. Su escritura perdurable y la imagen que lo resume, donde se vuelca el afecto de todos los que tuvimos el privilegio de ser amigos suyos”.

Un libro que nos toca, nos descubre, nos alimenta. Tan necesario en estos días de enmascaramientos, de lisuras y arrogancias. Bueno para mirarnos en las heridas, puesto que los días que nos tocan dejan huellas muy visibles. Pero también en las cicatrices.