Ilustración: ImageZoo“Chita”, la mordida diaria

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Yo vivía en la calle La Mascota Nº 56 de Valle de la Pascua. En esa casa, que después fue de mi tía Carmen de Loreto, pasamos la infancia mis hermanos, primos y yo. Y aún hoy día la seguimos pasando porque la memoria se ha quedado anclada en esa esquina. En la que hacen las calles La Mascota y Leonardo Infante.

Vivíamos rodeados de buenos vecinos, quienes con el tiempo se hicieron parte de la familia, como Aníbal y Julia Castillo, Jesús y Aura Lasaballlet, Carmito y Mercedes Martínez, Silvina Sotillo. Rita Moncada y su prole, que era bastante numerosa. La familia Azócar. Rosita y Coto Vargas. Y, por supuesto, los hijos de quienes he nombrado. Los que andan por el mundo y siguen siendo parte de ese universo pequeño pero intenso de Valle de la Pascua.

 

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Eran años en blanco y negro. Porque la TV que veíamos no tenía otro alcance. Los que no teníamos televisor invadíamos las casas de quienes sí gozaban de este privilegio, entre ellos Aníbal Castillo, doña Joaquina y José Azócar. En esas pantallas aprendimos a soñar con los bellos rostros de nuestras actrices. También nos hicimos superhéroes con Superman y otros voladores, así como aprendimos que esas pantallas, con tan poca resolución, se llenaban de insectos, decíamos, por no conocer la terminología técnica, toda vez que más eran los sueños que la realidad.

Como éramos asiduos de la casa de Aníbal Castillo, que era la misma casa de doña Justa, en la que también vivía nuestro condiscípulo Antonio Higuera, éste que escribe era la víctima diaria de la perra de esa familia. “Chita” la llamaban. Era un hermoso ejemplar. Una liga de pastor alemán con otro bicho que pudo haber sido caribe, porque me mordía todos los días. No me podía ver la perra de Aníbal. Me perseguía, me acosaba, me miraba y saltaba sobre mí, me acorralaba. Casi que le di un hijo. Ese animal era mi más terrible pesadilla. No podía verme porque hasta con los ojos me mordía. Pero no dejaba de ir a ver televisión en la casa de los Castillo. Recuerdo que allí veíamos el canal 13, de Valencia. A veces se asomaba Radio Caracas Televisión. Nos relajábamos con la lucha libre donde los hermanos Bahtat, creo que así se escribe, hacían de las suyas y de las nuestras. Y allí vimos al Dragón Chino, a El Santo, a Lotario, a tantos otros de aquí y de afuera. Y siempre estaba “Chita” al acecho. En el momento menos pensado, zuás, el mordisco, la carrera, el susto, la arrechera. No me dejaba disfrutar de la estranguladora de ese instante. O de la vista panorámica de aquel Clark Kent convertido en pájaro sobre una ciudad de cartón. Yo soñaba con ese animal y casi la vida se me había convertido en un imposible. Y mire que hablo como en una telenovela, porque en realidad era eso, una telenovela real, muy real.

 

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A pesar de “Chita” fueron años felices con Antonio Higuera, Chuíto, César, Neyda y la bella Eva Lasaballet, de quien siempre estuve enamorado. Pero yo le tenía mucho miedo al papá, a Jesús. Aunque siempre fue amable con nosotros y un gran jodedor con todos los muchachos de la calle. También estaban Ben y Man, los hijos de Carmito y Mercedes y nietos de doña Ángela, una señora a quien quisimos mucho, como a doña Ten y a Silvina, la madre de Simón, Héctor e Israel Sotillo, nuestros hermanos de patio.

 

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Y allí estaba “Chita” con los dientes pelados. Menos mal que me acordé de ella y escribí esta croniquilla dedicada a todos mis amigos, parientes y hermanos de crianza de La Pascua.

No recuerdo la fecha en que “Chita” dejó de perseguirme. Un día se murió. Ese día descansé, pero también me dio mucha tristeza porque se me hicieron las horas fastidiosas, pese a que podía ver televisión sin sobresaltos. Creo que los hijos de Aníbal y Julia, que eran tan niños como yo, la lloraron. Después creo que tuvieron otro perro, pero no era igual. No me ladraba, no me perseguía, no me mordía.

Aquella mordida diaria, aquellos ojos saltones, aquella lengua húmeda, todas las carreras que daba para cruzar la calle y ponerme a salvo continúan como un fantasma cada vez que me tropiezo con una perra con las características de la legendaria “Chita”, que Dios tenga en la gloria.